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Foto: Especial
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LA CAVERNA

El 23 de junio, doce integrantes del equipo infantil de futbol Jabalíes y su entrenador fueron a explorar las cuevas del sistema Tham Luang, en la provincia tailandesa de Chiang Rai. Los sorprendió una tormenta. El agua subió violentamente, obligándolos a ir cada vez más profundo, hasta llegar a una cámara remota donde quedaron atrapados: las aguas sólo permitían acceder a través de pasajes inundados y un largo recorrido en extremo peligroso, en total oscuridad. Esta situación capturó el interés del mundo y la presión internacional obligó al gobierno militar (que tomó el poder mediante un golpe de Estado, el 22 de mayo de 2014) a dedicar todos los recursos disponibles para evitar una catástrofe diplomática. Un día después de la desaparición de los niños se formaron brigadas de rescate; pasaron diez días tan sólo para localizarlos y siete más para lograr su salvamento. Parecía imposible que niños que no sabían siquiera nadar pudieran sobrevivir el recorrido, sin embargo algunos de los buzos de cavernas y espeleólogos más experimentados del mundo diseñaron una estrategia para salvarlos, uno por uno. El trayecto bajo el agua y a través de pendientes y terrenos accidentados tomaría entre cuatro y seis horas con enormes riesgos, lo cual se anunciaba agónico para niños que llevaban más de dos semanas sin ver la luz.

El dilema de los integrantes del equipo Jabalíes invitaba a una obligatoria metáfora platónica. La alegoría de la caverna es aquella en que los hombres están encadenados en la oscuridad y su realidad se limita a las sombras de objetos que alguien sostiene frente al fuego a sus espaldas. Las imágenes de los niños atrapados en Tham Luang podían ser imaginadas como la proyección de una realidad hostil, absurda y prácticamente inasible. Ese grupo podía ser visto como un reflejo o una sombra de otros niños abandonados a su suerte en Siria, Yemen o Gaza, pero a diferencia de estos, el mundo se comprometía a salvarlos. Los Jabalíes se convirtieron en ejemplo de la simpatía y compasión selectiva que invariablemente resulta de casos que construyen los medios de comunicación. Sin duda, el rescate era una causa justa, digna de atención urgente, y una historia apasionante, con todos los elementos para cautivar a un público masivo. Pero aparte de una tensión formidable, del inmenso riesgo de una catástrofe y una serie de símbolos universales, esta historia tenía una vasta red de implicaciones que evocaban el estado de descomposición social, moral y ecológica del mundo (las lluvias que la provocaron son parte de un patrón reciente atribuido al calentamiento global).

El equipo infantil y su entrenador, en la cueva de Tailandia. Foto: EFE
El equipo infantil y su entrenador, en la cueva de Tailandia. Foto: EFE

La imagen inicial, oscura y borrosa, de una docena de jóvenes hambrientos, agotados y asustados pero entusiastas, atrajo el foco de los medios. Cuando la imagen adquirió mayor definición descubrimos que Adul Sam-on, un joven de 14 años, se convirtió en el intérprete del grupo debido a que, además de su lengua materna —el wa—, también domina el birmano —idioma del país donde nació—, el tailandés —sus padres lo llevaron a Tailandia a los seis años, en busca de educación y mejores oportunidades— y el inglés, que usó para comunicarse con los buzos británicos que los encontraron.

Los Jabalíes tienen su sede en el poblado fronterizo de Mae Sai, muy cerca del Triángulo de Oro, un nombre inventado por la CIA para referirse a la región donde se produce opio; además de que también se procesa y trafica anfetamina, hay que sumar varias milicias y movimientos guerrilleros activos entre Tailandia, Myanmar (antes Birmania) y Laos. La gente continuamente cruza las fronteras entre estos países, sin documentos, para huir de la violencia, trabajar, hacer compras y estudiar. Las comunidades en esa región no son reconocidas por los estados nacionales, por lo que viven al margen de la economía y sin protección ante los criminales, que a menudo secuestran niños para integrarlos a sus bandas y ejércitos. Los padres de Adul, como muchos otros, llevaron a su hijo de manera ilegal a través de la frontera, para protegerlo de los horrores y atrocidades en Myanmar; por tanto, es un apátrida indocumentado, como el entrenador, Ekkapol Chantawong (quien pertenece a la comunidad shan) y otros dos jugadores del equipo. La condición de exiliados de estos jóvenes cautivos en la caverna tuvo resonancia instantánea con la tragedia que se desarrollaba en ese mismo momento en la frontera norte de México.

“Los padres de Adul, como muchos otros, llevaron a su hijo de manera ilegal a través de la frontera, para protegerlo de los horrores y atrocidades en Myanmar; por tanto, es un apátrida indocumentado”.

EL MURO

Desde el inicio de su estrambótica y grotesca campaña electoral, Trump empleó la paranoia antimexicana, la obsesión de construir un muro fronterizo, la animalización colectiva de los inmigrantes indocumentados, su estigma como criminales que infestan el país, representados obsesivamente como si todos fueran miembros de la Mara Salvatrucha (“algunos, supongo, son buenas personas”, dijo en el discurso de lanzamiento de campaña).

La instigación del odio a los inmigrantes del sur del continente fue muy bien recibida entre la extrema derecha, la audiencia de Fox News, las poblaciones rurales (algunas de ellas explotan la mano de obra barata indocumentada), buena parte del sur del país, el cinturón de óxido y aquellos que se sentían frustrados tras ocho años de abandono del Partido Demócrata. El refrán por la construcción del muro (Build the wall, build the wall), que aún se repite en todos los mítines trumpianos, fue determinante en su campaña presidencial, a pesar de ser una de sus propuestas más imbéciles. El muro es un reflejo fiel de la xenofobia, el racismo, cinismo (en una tierra obtenida por despojo, donde toda la población es inmigrante o descendiente de inmigrantes) e ignorancia de la turba trumpiana (en términos ingenieriles, ecológicos, migratorios y económicos). Es además una señal inconfundible de la imposibilidad de conciliar con este oportunista. Como su despilfarro delirante sigue varado en el Congreso, Trump recurrió a otras estrategias antiinmigración para congraciarse con su base fanática.

Obama se ganó el apodo de Deportador en jefe por expulsar a más de 2.5 millones de personas, un récord en la historia de este país. Durante su gobierno llegó una cantidad enorme de menores no acompañados que huían de la violencia en Centroamérica (que aumentó en Honduras por el golpe de Estado contra Manuel Zelaya, apoyado por Hillary Clinton cuando era secretaria de Estado del gobierno de Obama). Su equipo consideró una variedad de políticas para enfrentar esa crisis, entre ellas detener masivamente a familias de inmigrantes. Incluso separar a las familias, pero no se atrevió a dar ese paso. En cambio Trump, asesorado por Stephen Miller y siguiendo su lógica racista, decidió una política de tolerancia cero: cualquiera que cruzara la frontera ilegalmente sería considerado un criminal, por lo tanto debía ser encarcelado, y en consecuencia, separado de sus familiares. Así añadió al desastre de los jóvenes no acompañados el de miles de niños separados por la fuerza.

Esta medida se aplicó de manera sistemática entre el 7 de mayo y el 20 de junio, cuando Trump, debido a la inmensa presión, se vio obligado a retroceder y firmar la orden ejecutiva que dictaba que los hijos de migrantes no podían ser separados de sus parientes adultos. Demasiado tarde: el daño ya estaba hecho. Por otro lado, Trump quiso cambiar la ley para mantener indefinidamente a familias prisioneras en centros de detención que, de hecho, cumplen con la pauta de los campos de concentración: los reclusos que permanecen ahí por semanas o meses son de facto prisioneros políticos pertenecientes a minorías étnicas y nacionales, encerrados por presuntas razones de seguridad del Estado, sin cargos ni juicio.

Centro de detención en McAllen, Texas, 17 de junio de 2018. Foto: vox.com
Centro de detención
en McAllen, Texas, 17 de junio de 2018. Foto: vox.com

Más de 2 mil 300 menores fueron separados de sus padres, madres o tutores; así, diversas instituciones quedaron a cargo de bebés, niños y adolescentes. Algunos eran preverbales, no verbales, lactantes, autistas, otros con fobias, temores, problemas fisiológicos, enfermedades con y sin diagnóstico. La mayoría escapó de situaciones de violencia en sus países y ha sobrevivido a una travesía que ha puesto en riesgo su vida, al pasar por ese infierno de rapiña e injusticia que es México para los inmigrantes indocumentados centroamericanos. Una vez que las imágenes de familias y en especial de niños en jaulas comenzaron a difundirse, se desató una de las mayores crisis de la administración Trump. Salvo sus seguidores más irracionales (un sólido treinta y tantos por ciento del país), la condena fue unánime. Es muy difícil defender una política que, por la razón que sea, arrebata hijos a sus familiares para internarlos en campos de concentración dispersos en diecisiete estados. Sin embargo, el jefe de personal de la Casa Blanca, John Kelly, dijo que la medida era necesaria para disuadir a otros; la secretaria de seguridad interior, Kristjen Nielsen, negó sin el menor pudor que existiera dicha política; Stephen Miller y otros lacayos del régimen dijeron que era necesario para defender al país de una invasión; el fiscal general de la nación, Jeff Sessions, lo justificó leyendo el pasaje de la Biblia, Romanos 13, usado por los esclavistas. En general, Trump y los republicanos acusaron a los demócratas de haber creado esta situación. Medios de la derecha dijeron que los niños eran actores o que estaban alojados en algo comparable a un campamento de verano, donde comerían y se divertirían más que con sus padres o en sus países. Trump, por medio de Twitter, puso en claro que los niños eran rehenes para obligar la aceptación de los demócratas a construir su muro.

En junio aparecieron testimonios y denuncias de que algunos niños mayores de trece años habían sido desnudados, amarrados a sillas, esposados, sus cabezas cubiertas con bolsas (igual a como hacen las fuerzas invasoras estadunidenses con presuntos terroristas) y docenas de reportes de abuso sexual. Asimismo, habían sido alimentados con comida descompuesta, golpeados y encerrados en solitario, por días, en el centro Shenandoah Valley, en el estado de Virginia. En un centro de Shiloh, Texas, se les castigaba negándoles el agua y llamadas telefónicas privadas. Muchos fueron sometidos sin autorización a drogas psicotrópicas en supuestos casos de emergencia, argumentando que eran vitaminas.

Si algo caracteriza la inmigración ilegal de los últimos años es la disminución de hombres solos en busca de trabajo y el aumento de familias con hijos pequeños, en busca de asilo. Separar familias, en especial con negligencia, desprecio y sin un plan de reunificación, es un problema con repercusiones a corto y largo plazo. Para tratar de enmendar el desastre, un juez ordenó la reunificación de los menores de cinco años para el 12 de julio y los demás para el 26 del mismo mes. Después de retractarse, aunque jamás lo reconoció, Trump se vio obligado a aceptar la orden del tribunal, pero llevarla a cabo resultó muy complicado porque algunos padres ya habían sido deportados para entonces. Cientos de niños quedaron perdidos en redes caóticas de albergues privados, hogares de adopción provisional y dependencias gubernamentales. Debieron hacer pruebas de ADN, lanzar búsquedas por todo el país, y ocurrieron numerosas situaciones desafortunadas, como aquellas reuniones de madres e hijos, tras semanas o meses de separación, en que los niños no reconocían a sus familiares o los padres no podían creer lo mucho que sus hijos habían cambiado en cautiverio. Y por supuesto, varios medios reportaron sobre niños que no querían ir con sus madres y deseaban regresar con la Miss que los había cuidado durante la separación. Para el 9 de agosto, 559 niños seguían bajo la custodia del gobierno y enfrentaban la posibilidad de quedar huérfanos por un delirante capricho burocrático. Los agentes de Trump descubrieron que no era fácil pedirle a un bebé que localizara, describiera o identificara a su mamá.

Esta política es tan sólo la extensión lógica del despojo territorial de los pueblos originarios de América, así como de la rutina de separar familias de esclavos y tratar a los seres humanos como ganado. El espectáculo aterrador de niños enjaulados recuerda inevitablemente, como señaló Ariel Dorfman, la triste historia de los zoológicos humanos que comenzaron a aparecer en los países coloniales a partir de 1848, donde exhibían a personas de culturas remotas como animales exóticos y pretendían educar al público al mostrar cómo eran y vivían las poblaciones primitivas de Asia, África y América del Sur. Hoy asistimos a un inquietante renacimiento del nacionalismo blanco y una variedad de movimientos de extrema derecha, además de la no tan velada complicidad de quienes aceptaron este trato a seres humanos que el presidente ha llamado alimañas y plagas, en la mejor tradición nazi.

“El espectáculo aterrador de niños enjaulados recuerda inevitablemente, como señaló Ariel Dorfman, la triste historia de los zoológicos humanos que comenzaron a aparecer en los países coloniales a partir de 1848″.

Las imágenes y grabaciones de niños llorando por sus familiares avergonzaron a muchos, sin embargo Trump y su gabinete no sufrieron consecuencias duraderas. Trump
ha alcanzado casi el 90 por ciento de aprobación entre los republicanos, alrededor del 27 por ciento del electorado. Es una minoría, sin embargo el número de personas que apoya
a un presidente xenofóbico y racista puede rondar el 40 por ciento, lo que pone en evidencia la apabullante realidad de la nación. Para sus bases fieles, este episodio será recordado como una muestra de la determinación de su líder para cumplir sus promesas y a la vez como entretenimiento digno de un reality show, con la diferencia de que no es voluntario, no hay premios ni celebridad, sino tan sólo una experiencia devastadora que destruye familias y deja traumas imborrables en muchos.

Una característica de los regímenes autoritarios es plantear que todos los problemas de la nación se deben a amenazas provenientes del exterior. En el caso de Trump, son los inmigrantes ilegales, “violadores” que “traen drogas, crimen”, o bien son terroristas, o los socios y rivales comerciales que estafan y abusan de la buena voluntad estadunidense (Canadá, China, Alemania, México y otros). Lo curioso es que los demócratas comparten esta visión paranoica: creen a su vez que los problemas y amenazas llegan del exterior, mediante la injerencia rusa en las elecciones y el poder que supuestamente ejerce el Kremlin en Trump. Y con eso, son incapaces de reconocer que la llegada de Trump al poder es en gran medida su responsabilidad.

Este episodio atroz coincidió con la aprobación de la Suprema Corte de justicia al veto de Trump contra los musulmanes, el 26 de junio de 2018, una promesa de campaña que logró cumplir tras un par de intentos y evadir la ley, al incluir a dos países no musulmanes, Venezuela y Corea del Norte, en la prohibición. Para esto necesitó de la hipocresía y complicidad de jueces que ignoraron la cadena de declaraciones y tweets en los que Trump y sus aliados definían específicamente esta prohibición en contra de una minoría religiosa.

La inmigración y el exilio son temas tan viejos como las sociedades organizadas, pero en los últimos años su impacto ha sido capitalizado y magnificado por una variedad de demagogos nacionalistas que los han convertido en obsesiones de campaña y temas jugosos para exaltar los ánimos patrióticos. El lanzamiento de ese megaproyecto geopolítico que es la guerra contra el terror (o guerra global contra el terrorismo) justificó el odio a los extranjeros bajo el argumento del terrorismo y la defensa de la nación. Esta campaña militar y económica, que el próximo mes de octubre cumple diecisiete años, ha sido un fracaso con inmensos costos sociales y políticos; ha destruido países en el Medio Oriente y Afganistán, ha desestabilizado a otros como Paquistán, Yibuti y Níger.

Esa guerra de Bush-Obama-Trump no ha cumplido uno solo de sus muchos y cambiantes objetivos. La obsesión de George Bush, Jr. de “atacarlos allá para que no vengan acá” detonó un gigantesco flujo de inmigrantes desesperados hacia Europa y Estados Unidos. Una guerra multinacional con numerosos frentes de batalla que sigue destruyendo ciudades, devastando economías y engendrando más grupos radicales fundamentalistas de los que había antes del conflicto, provocó que millones se unieran a las caravanas de inmigrantes y se embarcaran en frágiles navíos en busca de seguridad y refugio en el exilio.

Por desgracia esta catástrofe, en vez de estimular la empatía o una toma de conciencia de lo que ha provocado esa guerra sin fin, ha sido usada para promover la islamofobia. Así, hoy nos encontramos en el clímax de lo que Adam Shatz llamó el verano del odio. Es un tiempo en que el racismo es cada vez más aceptado en Occidente, en que los líderes autoritarios ganan terreno en diversos países, la tragedia del exilio es vista como una epidemia y las leyes internacionales que protegen los derechos de los refugiados son ignoradas o denunciadas como trampas que destruyen el tejido social de las naciones.

EL ESTADIO

Con el odio, la incertidumbre y las oleadas de calor con temperaturas récord, resultado del cambio climático que en poco tiempo será el desafío más grave para la supervivencia organizada de la humanidad, vino la Copa del Mundo de la FIFA, nada menos que en Rusia. Justo ocurre cuando el gobierno de Putin es acusado por el Partido Demócrata y las masas liberales que se denominan como #la_resistencia de intervenir en la elección de Trump, con campañas de propaganda y desinformación en redes sociales y hackeos. Putin quería la sede de este evento y ejerció la presión necesaria ante una organización al mando de una cúpula famosa por su corrupción. El Mundial es un pretexto para pregonar a lo largo de un mes, cada cuatro años, cuentos de unidad, tolerancia, solidaridad y diversidad internacional, promovidos por campañas publicitarias de marcas deportivas, refrescos y comida chatarra. Aunque no por eso deja de ser apasionante. Este Mundial fue notable por sus 169 goles, nueve de ellos marcados después del minuto noventa, que enfatizaron la emoción y tragedia que caracteriza los mejores momentos de este deporte. Hubo sorpresas y fracasos estrepitosos, como los de Alemania, España y Argentina. Resultó una coincidencia apropiada que Estados Unidos quedó fuera del Mundial en la era del aislacionismo de Trump, quien ha sacado a su país de los acuerdos ambientales de París, de las negociaciones antiproliferación nuclear con Irán y ha hecho lo posible por sabotear a la OTAN.

El futbol, en especial a nivel de selecciones nacionales, ofrece interesantes reflejos de la economía, la cultura y la política; en este caso, del abismo entre las potencias europeas y los países que fueron colonias. Aunque todos los equipos anotaron por lo menos dos goles, ni un solo país africano o árabe pasó de la ronda de grupos y sólo un asiático, Japón, lo consiguió. El continente americano no quedó representado entre los semifinalistas. Una vez más se habló del futbol bonito, valiente y alegre, derrotado por uno duro, defensivo, avaro y burocrático. Lo maquinal contra lo tropical. El hecho de que el grupo de protesta Pussy Riot invadiera el terreno de juego en la final redondeó el evento de manera notable, al ofrecer una visión de la Rusia rebelde que se opone a Putin.

“Presentar equipos de esa diversidad en una competencia planetaria como esta va más allá del simple pragmatismo de incluir a los jugadores más talentosos, ya que la selección es precisamente un símbolo nacional”.

Mientras afuera de los estadios, en Europa y Estados Unidos, se debatía la inmigración como un problema que provocaría el colapso de Occidente, el equipo campeón, Francia, el tercer lugar, Bélgica, y el cuarto, Inglaterra, incluían en sus alineaciones a numerosos jugadores de origen africano y árabe (73, 41 y 39 por ciento, respectivamente). Esto ha dado lugar a interminables análisis, panegíricos y denuncias. Cierto que al margen de su color de piel, religión y apellido, estos jugadores son europeos, algunos de nacimiento; que ahí aprendieron a jugar, maduraron y eligieron representar a esas naciones.

Presentar equipos de esa diversidad en una competencia planetaria como esta va más allá del simple pragmatismo de incluir a los jugadores más talentosos, ya que la selección es precisamente un símbolo nacional, una idea del país y un acto político, sobre todo cuando la demografía y la identidad son motivos de debate público y grandes sectores de la población rechazan a los compatriotas diferentes. El caso de Francia, con su selección black, blanc et beur (negra, blanca y árabe) es muy representativo, ya que el funcionamiento de un equipo depende del talento individual (que estos jugadores tienen por montones), pero más de la comunicación, complicidad y completitud a las que aspira cualquier sociedad y en particular una tan diversa como la francesa. Podemos tener mala fe y ver en Pogba, Mbappe, Umtiti y los demás descendientes de inmigrados la versión contemporánea de aquellos soldados coloniales que Francia desplegaba por el mundo para someter a otros pueblos en sus conquistas. Si bien comparar el futbol con la guerra es muy inadecuado, resulta claro que de una selección diversa a una sociedad igualitaria hay una diferencia inmensa, pero no es poca cosa que los niños y adolescentes hijos de la inmigración vean en esos héroes futbolísticos modelos para trascender sus limitaciones y su marginación. Lo cierto es que el futbol, con todas sus paradojas, injusticias y complejidades, es un ejemplo de integración exitosa.

Y mientras el balón rodaba en el Mundial, los buzos, en otra evidente encarnación del mito, llegaban a la caverna donde estaban los niños y les contaban, por medio de su intérprete Adul, lo que sucedía en las canchas mundialistas de Moscú, San Petersburgo y Rostov del Don.

Integrante de Pussy Riot sobre la cancha en la final de Rusia 2018. Foto: Especial
Integrante de Pussy Riot sobre la cancha en la final de Rusia 2018. Foto: Especial

LA REALIDAD

Como es obvio, la alegoría de la caverna que Platón incluyó en La República se ha tornado en imagen dominante de una cultura mediatizada como la nuestra, en que pasamos gran parte del día mirando pantallas y asimilando la realidad a través de dispositivos que ofrecen visiones de lo real. Al margen de proyecciones e ilusiones, los Jabalíes fueron rescatados en una operación impecable, los niños inmigrantes conmovieron al mundo y algunos fueron reunidos con sus padres. Estos destellos de optimismo ocurren en una era en que la percepción de lo real se ha convertido en un deporte extremo; hoy más que nunca es necesario enfatizar que lo real es lo auténtico y lo fáctico, mientras que la realidad es una percepción influenciada por el observador.

La idea de realidad que poco a poco afecta y contamina nuestra percepción está seriamente influenciada por la sarta de mentiras lanzadas por Trump. El Washington Post estableció que durante un periodo de 558 días, Trump dijo 4 mil 229 mentiras, 7.6 al día en promedio. Pero aún esa descomunal cantidad de patrañas palidece ante lo que dijo a uno de sus públicos amigables, en un evento en la ciudad de Kansas, el 24 de julio pasado: “Sólo recuerden, lo que están viendo y lo que están leyendo no es lo que está sucediendo”. Esto alimenta las obsesiones paranoides y conspiratorias de su base, pero es también digno de la novela de George Orwell, 1984. Así, en un mundo donde los hechos no importan, Trump es la caverna y el mundo entero está atrapado en la oscuridad de sus falsificaciones, entre las retorcidas ficciones de su narcisismo ignorante y perverso. Harán falta varios inmigrantes como Adul para ayudarnos a escapar de este infame cautiverio.

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