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Sepa Dios lo que convierte a un hombre en cronista, pero pocos han hecho del oficio un templo como Joseph Mitchell.

La historia del Nuevo Periodismo estaría incompleta sin su figura. Mucho antes que Tom Wolfe hiciera saltar por los aires las redacciones, Mitchell escribía las mejores crónicas en su país. Cuando la famosa disputa entre el Herald y el New Yorker, el único que no encarnaba ese periodismo rancio que atacaba Wolfe era Mitchell. Por una sencilla razón, sin manierismos, sin posturas políticas y sin pátina idealista, Joseph se convirtió en la voz de los desposeídos. Su mejor producción tiene como protagonistas a puros desclasados.

Mitchell pertenecía a la estirpe de los barteblys. Esos seres que en un determinado punto de su vida dejan de escribir. Vila-Matas dedicó un libro completo al fenómeno. Hasta su muerte en mayo del 96, Mitchell acudió a diario a su oficina, sin importar que llevara tres décadas sin publicar una sola palabra. Era una súper estrella de los manuales de periodismo. Su trabajo era materia de estudio en las universidades. Le profesaban admiración los redactores más jóvenes. Sin embargo, nadie se atrevía a cuestionarlo por su prolongado silencio. Con su trabajo previo había conseguido convertirse en toda una leyenda.

Pero antes del mutismo, Mitchell publicó sus abultadas crónicas, que serían luego reunidas en varios libros. La fabulosa taberna de McSorley (Jus, 2017) es una colección de historias ubicadas en el objeto de su amor más grande: la ciudad de Nueva York. Sus protagonistas son clochards, gitanos y predicadores. La comparación con Chaucer es ineludible. Son Los cuentos de Canterbury del siglo xx. Sin el poder de observación esgrimido por Mitchell, Wolfe no habría desarrollado su estilo, dicho esto sin restarle mérito al padre de El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron. Desde Mitchell se venía gestando una transformación periodística de la que Wolfe fue uno de los mayores beneficiados.

Todavía faltaban un par de décadas para que el descaro de los años sesenta irrumpiera.

Si bien es cierto que Mitchell aparece en algunas de sus historias, no se situaría al frente de la acción como luego ocurriría con el Nuevo Periodismo o el Periodismo Gonzo, todavía faltaban un par de décadas para que el descaro de los años sesenta irrumpiera. Pese a ello, Mitchell era ya un ejecutor del Nuevo Periodismo. Pero si esta corriente comenzó a gestarse con él o no es secundario. Su obra es tan portentosa que eclipsa todo: incluido su bloqueo de escritor.

La fabulosa taberna de McSorley está compuesta por tres partes. La primera está conformada por veinte crónicas.
No existe desperdicio en ninguna de las piezas. No hay textos de relleno. Cada una es una lección de cómo se debe escribir una historia. Independientemente del género al que pertenezca. Pero por supuesto que existe la estrella: “El profesor gaviota”. La circunstancia de un homeless, del que luego Mitchell escribiría una segunda parte y se publicaría con el título de El secreto de Joe Gould (Anagrama, 2014).

Joe era un mendicante que se preciaba de jamás haber trabajado y mendigaba por el Village. No era un limosnero cualquiera. Era escritor. Llegó a publicar en un periódico. Y su principal tarea era la escritura de historia oral de nuestro tiempo, un trabajo once veces más extenso que la Biblia, y en el que al momento de publicado el perfil sobre su persona le había invertido veintisiete años. Fue amigo de Saroyan, en quien despertó una fascinación y no dudaría en calificarlo como el mejor escritor vivo de Estados Unidos. Esta pequeña obra maestra de veinte páginas, Mitchell la concluye poniendo en acción a su personaje. Lo apodaban Profesor Gaviota por su imitación del ave. “En un paseo de un lado a otro, de vez en cuando daba un salto, hacía una finta y le decía a un paseante: ‘¿Le gustaría oír qué piensa Joe Gould de este mundo y de todo lo que contiene? Scriiiic. Scriiiic. Scriiiic’”.

“Mazie”, sobre una taquillera de cine del Bowery, es otro de los textos que se le quedan a uno tatuados en la mente. La segunda parte del libro son relatos autobiográficos (en los que más se acerca al Nuevo Periodismo) y la tercera son relatos de ficción. Son 460 páginas del mejor periodismo. Puro y duro. Salvaje y conmovedor. Un libro que ha resistido el paso del tiempo con astucia. Lejos de ser considerado una curiosidad de otra época, La fabulosa taberna de McSorley es la olla al final del tesoro para todo aquel que se regodea saboreando una historia bien contada.

Si Joseph Mitchell no hubiera dejado de escribir hoy tendría la misma relevancia cultural que Gay Talese.

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