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Los millenials y los millones. Millones de likes, millenials de dólares; millones de vistas, millenials del click. Millenials que valen millones de dólares y millones de millenials a punto de ser cazados. Según leo en mi acta de nacimiento nací en los años millenials. Me consuela creer que dentro de mí late un baby boomer que tiene más coincidencias con mis gustos musicales tan lejanos a los de los jóvenes en cuestión. Según versiones periodísticas —y hasta las no periodísticas—, “millenial” es otra manera de llamar a los muchachones y muchachonas que pertenecen a la “Generación Y”. Se entiende que usemos la “millenial” bajo una lógica comercial por ser una palabra mucho más atractiva que la flojera de decir “Generación Y”. Nadie dice “Soy Y”.

Sabemos, eso sí, que son los nacidos entre el ochenta del siglo pasado y el 2000. ¿Cuántos son y de qué tamaño es el negocio que representan? No hablaré de eso. Me interesa saber cómo se informan y cómo los joden las noticias. Quiero pensar en los millenials como una generación de consumidores y consumidos.

 

INFORMACIÓN Y MERCANCÍAS

Comienzo con mi segunda acusación, la que me llevó a llamarlos “consumidos”. Pienso en los jóvenes que viven en las ciudades mexicanas y quienes poseen un dispositivo inteligente con internet; hablo de quienes piden la clave del wifi en cuanto llegan a un sitio para revisar sus mensajes y notificaciones; y en los que tienen un perfil en cualquier red social; los que no preguntan a sus padres sus dudas, sino que las googlean; quienes buscan con quién acostarse gracias a la oferta que hay en Tinder; pienso en los que documentan todo lo que hacen en Instagram; los que pertenecen a decenas de grupos de Whatsapp donde lo mismo circula pornografía que memes, noticias falsas y verificadas.

Sobre ellos expuse en una conferencia hace ya algunas semanas. Me sorprendió que los asistentes no se aburrieron, al contrario, se mostraron interesados y hasta discutieron tiempo después de lo programado. Ninguno era millenial, ¿habrá sido por eso? O tal vez porque todos tenemos un millenial cerca al que nos cuesta trabajo comprender. Con el que nos cuesta uno y la mitad del otro comunicarnos, entendernos.

Por lo que investigué son (somos, maldita sea) jóvenes que buscan lo mismo mercancías que información, porque lo que les rige es la tendencia y la viralidad. En estos tiempos ya no sabes si lo que lees es una noticia, una investigación o publicidad, ya no hay fronteras entre unas y otras. Mercancías para vestir y socializar; noticias para entretener y opinar; viajes para tener algo que contar en las redes sociales. Los millenials compran y presumen en sus perfiles virtuales; exploran el mundo desde un sofá, o sentados en una banca durante la misa que les importa menos que la pantalla de su celular; intolerantes a la crítica, juegan en línea con amigos en Singapur mientras la Música de Cámara (en mayúsculas para los más viejos que ellos) suena en el concierto al que sus padres los llevaron por obligación.

Esas conductas y gustos en sus perfiles públicos son información útil para las empresas que los estudian para luego ofrecerles un producto de acuerdo a su comportamiento en línea: un nuevo gadget como el que mencionaron en un post de Facebook; un boleto de avión si likearon una foto en el perfil de su amigo en la playa; un anuncio de cómo hacer crecer la barba; consejos para elegir a tal candidato a gobernador; o un videojuego que coincide con los gustos expuestos en la reciente encuesta que ellos mismos respondieron en Facebook.

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Son consumidores, decía, pero también consumidos por los vendedores que todo el tiempo los asedian y estudian. Son consumidos por los proveedores de servicios y contenidos como Netflix, Amazon (pongan aquí el nombre de la empresa de e-commerce que ustedes quieran) que conocen sus gustos, porque alguien les vendió ilegalmente una base de datos, o porque tuvieron acceso a sus perfiles sin el consentimiento del titular. Los millenials no se preocupan por eso, tal vez hasta lo disfrutan. Saben que cualquiera puede saber los detalles de sus vidas, de sus redes de amistad y familia, de sus intereses. Saben que hacer un test o jugar en una aplicación en línea beneficia a alguien más que buscará después ofrecerle un producto o un servicio. Es un acuerdo tácito. Sus conductas y sus búsquedas en Google generan un perfil comercial y son el target al que habrá de surtirle información (sobre lo que sea), mercancía (que ya desean), noticias (hechos o sucesos divulgados mediáticamente) de acuerdo a sus gustos, intereses y fobias. Los millenials fácilmente se delatan. Sus conductas virtuales, al menos, representan una fuente inagotable de información sobre deleites, angustias, brindan pistas sobre su vida real y su manera de consumir.

Consumen información para entretenerse, enterarse, divertirse y compartir. Sobre todo compartir. Shares les dicen ahora: información que no importa si es verificable o está verificada, videos, a veces textos, pero sobre todo editoriales divulgados por personas no necesariamente expertas en política, moda, gastronomía, drogas, videojuegos o armas, pero que descubrieron el “cómo” conectar con sus seguidores jóvenes y encauzar información a través de los canales de YouTube, transmisiones de Facebook Live o historias de Instagram. Los que entienden el “cómo” contarles algo hablan como ellos, se visten como ellos, se ríen de lo que se ríen ellos. Triunfan y se vuelven influencers.

Los millenials siguen la información brindada por el influencer que sabe el “cómo”, sin importar el “qué”. Es decir: no importa si la información que volvió viral el youtuber es verdad, está verificada o es parte de las fake news que tanto preocupan a otros; lo que importa es cómo esa información entretiene, divierte, asombra y… genera likes. Es la fiesta de la posverdad, el neologismo que significa algo así como el “dominio de la mentira”.

 

“Un tutorial sobre ‘Cómo echarse un pedo con olor fuerte’ tiene más visitas que el video de un reportero explicando la investigación de la Gran Estafa que publicó el portal Animal Político.”

 

RECEPCIÓN Y VIRALIDAD

No quiero generalizar, porque no todos los millenials son superficiales y manipulables. Lo sé y lo compartí en aquella conferencia que Indeleble organizó en Guadalajara, Jalisco. Ahí platiqué de mi experiencia con esa generación, que es con la que me comunico en televisión, internet y radio convencional por mis menesteres como presunto periodista.

Sé que los millenials consumen las noticias, sobre todo, en video. Es el formato más exitoso en los dispositivos móviles. Un meme sobre el presidente Enrique Peña Nieto tiene mejor recepción y viralidad que cien textos del articulista más sesudo de la prensa mexicana. Un tutorial sobre “Cómo echarse un pedo con olor fuerte” tiene más visitas que el video de un reportero explicando la investigación de la Gran Estafa que publicó el portal Animal Político. A los millenials les da igual una cosa que otra, si no capturan su atención en los primeros nueve segundos, es muy difícil que sigan en la publicación. Por eso las fake news son tan exitosas, porque están diseñadas para mantener su atención hasta el último renglón o minuto.

Y las fake news tienen éxito entre los millenials que las comparten por Whatsapp porque son interesantes, divertidas y virales. Y si algo es viral, es porque importa aunque sea falso y aunque dure apenas algunas horas.

Evitan leer una investigación de veinte cuartillas. Prefieren una animación inteligente, ágil, informada y de colección como las que hace el sitio Pictoline, o tal vez un editorial como los que sintetiza un meme de Risco en Twitter, o la burla de El Deforma en su portal de noticias.

Juan Pardinas publicó en 2017:

La foto de un jefe de Estado ya no es una imagen reverencial sino la materia prima para el siguiente chiste de Twitter. Un meme puede tener mayor eco y repercusiones que un Informe de Gobierno. El zoólogo británico Richard Dawkins acuñó el concepto de meme como la unidad mínima de información que se puede comunicar. El meme es como una especie de célula que construye el cuerpo de las percepciones colectivas. No importa si estas lecturas están o no apegadas a la realidad, mientras se ajusten al estado de ánimo del receptor. Dos de los más exitosos maestros de la política del meme son Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador. El éxito de sus mensajes radica en su brevedad y simpleza: Make America Great Again, la mafia en el poder; Drain the swamp, frijol con gorgojo; Rocket man, este avión no lo tiene ni Obama.

Pardinas remata así:

En la era del meme los derrames de bilis viajan más rápido que los datos y los argumentos. La combinación del enojo ciudadano y el poder tecnológico es como la energía nuclear, igual sirve para iluminar a una ciudad que para destruirla con una bomba.

Es una tendencia que los periódicos incluyan en sus versiones web pornografía, videos sobre accidentes de tránsito, animales maltratados u obligados a actuar como humanos, porque eso genera clics y los clics son el argumento necesario para que los vendedores de publicidad hinchen las arcas de los medios de comunicación y el negocio marche lubricadito. Por eso existen los “Miércoles de mallitas”, fotografías o videos de mujeres sensuales en mallas que lucen sus cuerpos ardientes; o el “Viernes de lavadero” en los que los clics se disparan para ver a hombres semidesnudos y guapetones con el abdomen marcadito.

 

“la relación entre los millenials y las noticias va más allá cuando les hacemos creer que ellos mismos pueden generarlas, como si fueran reporteros, a pesar de no tener la formación o la preparación.”

 

REDES SOCIALES Y ESCOMBROS

¿Cómo jodemos a los millenials? Cuando les ofrecemos contenidos de quinta que más que informar, generen tendencia, consumo, viralidad, sin los mínimos de calidad en su contenido.

Pienso que la relación entre los millenials y las noticias va más allá cuando les hacemos creer que ellos mismos pueden generarlas, como si fueran reporteros, a pesar de no tener la formación o la preparación para ese oficio. Proliferan perfiles en los que jóvenes creen hacer periodismo con entrevistas que lejos de revelar pueden llegar a ser campañas de publicidad a favor de ciertos grupos políticos aprovechando el alcance y la influencia de personajes como los youtubers con mensajes parciales y tendenciosos. Más vale generar una opinión a través de una creencia que de un dato verificado. Creer es lo que nos mueve en las redes, lo que influye.

Aunque, cierto, no sólo los periodistas saben reportear historias. Ahí está el ejemplo de Ronan Farrow en The New Yorker (para leer aquí https://www.newyorker.com/news/news-desk/from-aggressive-overtures-to-sexual-assault-harvey-weinsteins-accusers-tell-their-stories), un joven que supo documentar y verificar los abusos que sistemáticamente sufrieron decenas de mujeres a manos de Harvey Weinstein y que se volvió la piedra angular del movimiento #MeToo en Estados Unidos y que fue impulsado por perfiles jóvenes, en su mayoría millenials, en las redes sociales.

Si los terremotos de septiembre pasado enfrentaron a los millenials mexicanos a una realidad que nunca imaginaron sentir bajos sus pies, los días posteriores los obligaron a discriminar entre la información falsa de la útil; la manipulada por alguien más, de la verificada.

Dado que vieron que las ciudades se caen, y que se pueden caer sobre ellos o sus más cercanos, optaron por organizarse a partir de un matrimonio muy sólido (por lo menos durante las semanas posteriores de los terremotos de septiembre de 2017) entre virtualidad y realidad, redes sociales y los escombros en las calles. Y ahí el periodismo se reconcilió con ellos. La verificación fue un arma infalible para evitar abusos, manipulaciones y malos entendidos entre ellos o sobre ellos. Agilizó la entrega de ayuda y articuló el ímpetu de los jóvenes mexicanos. En redes sociales se informaron, sí, pero sobre todo se organizaron. Optaron por donar y no hicieron caso de Frida Sofía y el show de Televisa en el Colegio Rébsamen. Podríamos decir que durante aquellos días la prerrogativa predominante en redes sociales fue: Dime a quién sigues y te diré qué sabes.

Los que a diario y durante años han hecho periodismo han sido claros al insistir en que las noticias se divulgan luego de investigar, preguntar, verificar, contextualizar, contraponer, revelar, jerarquizar e incluir datos, estadísticas, historias, nombres, apellidos, fechas y circunstancias. Destaco el verbo “verificar”, del que se inspiró #Verificado19S, el esfuerzo de medios y ciudadanos (sobre todo jóvenes) que verificaban información que rebotaba en la red horas después de los terremotos.

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Entonces fue cuando los millenials comprendieron que el periodismo no es sólo fama o riqueza. Que hay algo que se impone ante la tiranía del clic (esa que dice que si no eres viral no existes, si no tienes chingo de followers no importas). Ese algo es la verificación. Porque las vidas no se salvan con noticias falsas, sino que en medio de una emergencia semejante la información verificada es la mejor manera de hacer tejido social.

 

“impulsar la verificación, el contraste, la prueba del ácido. Seducir a los millenials para que se interesen por lo verificado y no por lo fake es el reto de los medios de comunicación y los que trabajamos en ellos.”

 

VERIFICAR

Por eso, y quiero cerrar así, es importante el esfuerzo de los medios de comunicación involucrados ahora, a más de seis meses de los terremotos en #Verificado2018. Sabemos que a los mexicanos nos encanta el chisme. Estamos constituidos de fe: no importa si lo que creemos sea verdad o mentira; importa porque lo creemos. El chisme es motor para infinidad de relaciones personales: destrucciones familiares, reconciliaciones amorosas, difamaciones vecinales, entretenimiento, tejido social y hasta construcción de identidad. Lo cierto —y sin chismes—, es que ante el vacío de información los mexicanos generamos explicaciones y versiones que no necesariamente están sustentadas en hechos, cifras, verdades o verificaciones. De hecho son creadas para mentir a conciencia y difundir versiones falsas para recibir un beneficio.

Los periodistas, dicen, son (somos) chismosos profesionales. Aunque el proverbio aplica para casi cualquier oficio. Incluso para los sin oficio. Hay quienes se pasan el día entero en el Whatsapp preguntando por el chisme de la novia de éste, por el trabajo de aquel, por el chisme de su rompimiento, por saber con quién se acostó, cuánto dinero obtuvo, o por qué la despidieron del trabajo. No me explico una reunión familiar sin por lo menos unos cinco chismes comentados por todos. ¿Es verdad lo que oigo? No importa, el chisme va más allá de la verificación, es en muchos casos el tronco que mantiene relaciones personales.

Existen programas de televisión basados en chismes sobre la farándula que durante décadas han tenido buenos niveles de audiencia. Nos gusta ver chismes en televisión. Los chismes entretienen y demandan un nivel de creatividad de quien los genera, edita, administra y distribuye que los vuelve interesantes, entretenidos y creíbles, al grado de crear una industria del chisme de la farándula bastante redituables y millonaria. Si no hay un chisme sobre ti, es muy probable que no consigas fama y trabajo en la industria del entretenimiento. Pero también en la política hay chismes. Las campañas electorales tienes una considerable dosis venenosa de chismes. Los millenials suelen consumirlos. Si no hay antídoto a la mano, si no se contrarrestan sus efectos, la clase política y con ella los millenials corren el riesgo de irse al carajo. El país entero se puede ir al carajo. En términos noticiosos, a los chismes, las versiones no verificadas que buscan un fin (político, familiar, económico, moral, de intriga, de sabotaje o de lo que sea) se les conoce como fake news. Un verificador que nos diga si lo que leemos en Facebook o cualquier sitio de internet, si la declaración de este o aquel funcionario, si lo que consumimos en los medios masivos, es verdad o no sería un regalo muy útil en este año electoral. Sería capital. Ahí la importancia de #Verificado2018.

Entre guerras sucias, acusaciones sin sustento y debates donde los candidatos mienten o manipulan hechos, cifras y datos, es vital tener a redactores, reporteros, articulistas y editores verificando lo que se dice en los debates, lo que se divulga en redes sociales y lo que dicen los aspirantes en los medios de comunicación.

Para que las noticias no sean negocio de unos cuantos, a costa de los millenials, es importante impulsar la verificación, el contraste, la prueba del ácido. Seducir a los millenials para que se interesen por lo verificado y no por lo fake es el reto de los medios de comunicación y los que trabajamos en ellos. El “cómo” contar una noticia no implica sólo el formato, requiere verificación, creatividad y honestidad.

Los millenials saben ser libres y por eso no pierdo la esperanza en que sepan elegir entre el negocio de las noticias o la libertad que dan las noticias verificadas.



El médico y profesor emérito Cristóbal Pera desarrolla una filosofía del cuerpo humano que lo aborda como un “icono cultural”. De la interacción con otros cuerpos surge, en el contexto contemporáneo, su planteamiento de los memes como una epidemia que influye en la vida humana bajo el principio de la reproducción y la imitación.

La epidemia de los memes

DESDE EL PUNTO DE VISTA de su contenido cultural el meme ha sido definido como “unidad de transmisión cultural” (D. Dennett) y desde la perspectiva de su mecanismo de transmisión, de un individuo a otro, como “unidad de imitación” (R. Dawkins), mientras que el Oxford English Dictionary lo define como “elemento de una cultura cualquiera digno de ser transmitido por procedimientos no genéticos, sobre todo por imitación”. La breve y heterogénea lista inicial de “memes” propuesta por Dawkins (tonadas, ideas, frases hechas, moda en el vestir y modos de construir vasijas y arcadas) se ha convertido en innumerable, aunque persista la controversia sobre la imprecisión de este nuevo concepto cultural —el meme— difícil de encajar con su contrapartida científica, el gen. En todo caso, es evidente que la propia idea de meme se comporta como un paradigma de un meme activísimo, especialmente en internet.

La epidemia de los “memes” —afincados, no se sabe cómo, en el cerebro y en el lenguaje hablado, escrito y figurativo— ha determinado que la tesis del cuerpo humano como “construcción ideológica” haya dado paso a la teoría de su “construcción memética”.

EL LIBRO de Susan Blackmore The Meme Machine, con un prólogo del propio Dawkins, ha reavivado el interés por los memes, a pesar de los contornos difusos del concepto y, sobre todo, del desconocimiento de su modus operandi, si se compara con la precisión operativa del gen. Susan Blackmore restringe el concepto de meme a “toda información susceptible de ser copiada a través de un proceso de imitación”, y define a la imitación como “cualquier tipo de copia de ideas y de conductas de una persona a otra”. Los memes, como los virus, serían “replicadores” ya que de ellos se hacen copias.

TRES REGLAS GOBIERNAN, en opinión de [Malcolm] Gladwell, el desarrollo de estas epidemias (“meméticas”): a) La “ley de unos pocos” (law of the few) mantiene que en una epidemia (“memética”) es siempre un grupo muy pequeño de personas el responsable de su extensión. De este grupo de individuos unos han tejido una amplia red de conexiones sociales y gozan de una gran influencia en la comunidad (los connectors), otros son considerados como argumento de autoridad (los mavens), mientras que algunos poseen la capacidad de persuadir a otros para cambiar las cosas (los persuaders); b) El “factor de adhesividad” (stickiness factor) hace referencia a la calidad del mensaje, ya que para que una “nueva idea” —un meme— se extienda como una epidemia, debe ser adherente, es decir, memorable. Si la nueva idea o meme no queda fijada en la memoria, si el mensaje no es casi irresistible, pasará desapercibida, y c) El “poder del contexto”, fundamental en toda epidemia, ya que deben darse en el ambiente las condiciones favorables para que el virus se replique en abundancia y se extienda. Cumplidas estas reglas el meme invadiría como un “okupa” el cerebro humano, en el que viviría como si fuera un virus, replicándose con mayor o menor virulencia, hasta alterar la conducta de la persona contaminada y, a partir de la representación memética de ésta, captada por los demás, saltar de cerebro en cerebro, por medio de los “vehículos” o “vectores” que lo transmiten.

CUANDO UNA “carga memética/ideológica”, con un mensaje simple y muy adherente, se replica a sus anchas en innumerables cerebros, sin el filtro de un pensamiento crítico —que debe desarrollarse mediante la educación desde la libertad— el complejo virulento alcanza el “punto de inflexión” (el tipping point de Gladwell), se adueña totalmente de innumerables cuerpos/sujetos, los aglutina en grupos y en multitudes, y todas sus representaciones meméticas se convierten en acríticas, radicales, fundamentalistas, monocordes y ruidosas e intolerantes y agresivas para los otros.


En Cristóbal Pera: Desde el cuerpo. Ensayos sobre el cuerpo humano, la salud y la mirada médica, Cal y arena, México, 2012, pp. 92-95.

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