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Foto: Especial

Se sabe que la novela es un género donde caben la poesía, el cuento, la epístola como sucede en el Quijote, las noticias de los diarios como en Manhattan Transfer de John Dos Passos, o las digresiones sin parar de Tristram Shandy de Laurence Sterne, o aun del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Víktor Shklovski, un formalista ruso, se refería al extrañamiento que profesan las verdaderas novelas, como camino a desbrozar por
el lector. Mientras más atraviesen por esa transformación, más novelesco es el asunto. En ese sentido, qué más extrañamiento que Una novela criminal, Premio Alfaguara 2018, basada en documentos policiacos y jurídicos que el autor intenta aclarar. Jorge Volpi se vale de noticieros, entrevistas, declaraciones de víctimas y delincuentes, “evidencias” de los supuestos hechos que conmovieron a los mexicanos en diciembre de 2005, cuando agentes de la
AFI capturaron in situ a dos supuestos secuestradores: Israel Vallarta y su exnovia, la ciudadana francesa Florence Cassez.

En el rancho Las Chinitas, las cámaras de Primero Noticias de Televisa y Hechos A.M. de Azteca simularon introducirse en pleno arresto, al tiempo que las autoridades liberaban a tres personas raptadas: la señora Cristina Ríos, su hijo Christian y un hombre joven, Ezequiel Elizalde. Como thriller gringo, los representantes de la seguridad en México dejaron pasmados a los televidentes hace trece años, con su despliegue de fuerza y capacidad de espionaje al haber ubicado la casa de seguridad donde los criminales retenían a sus víctimas. Habían asestado un golpe maestro a la delicuencia, con la televisión como testigo absoluto del operativo. Genaro García Luna, a quien el presidente Calderón premiaría en su sexenio con la Secretaría de Seguridad Pública, dijo más tarde, en el programa Punto de Partida de Denise Maerker, que su cometido era rescatar a las víctimas. Es decir, la recreación televisada de la captura de los secuestradores era el medio que justificaba el fin.

A partir de ese momento, el autor de Una novela criminal armó una espléndida obra, que toma en cuenta los confusos documentos policiacos que formaron parte de los procesos legales asentados hasta poco después de la liberación de Florence Cassez, de las audiencias con los personajes de la historia, y de múltiples y constantes contradicciones en las declaraciones de los secuestrados. Nada era lo que parecía haber sido.

Foto: Especial

EL MONTAJE de la captura de Vallarta y Cassez fue urdido por la AFI, Televisa y TV Azteca, el 9 de diciembre del 2005. Los supuestos secuestradores y los supuestos secuestrados actuaron para el gran público de los noticiarios televisivos de la mañana. La opinión pública no tardó en hermanarse con los medios de comunicación que, como afirma Volpi, sentencian mucho antes que los jueces. A simple vista, los televidentes no registraron que a Israel Vallarta, un desconocido hasta ese momento, se le había sometido por medio de la tortura. Notoriamente amedrentado y adolorido representó su papel. Los secuestrados, entre tanto, daban su declaración. Florence Cassez, sin embargo, “es el único personaje —observa el autor— que no está dispuesto a seguir el guión de la AFI” (p. 86).

Una novela criminal nos relata, en absoluta orquestación, las historias que rodean a Israel Vallarta y Florence Cassez. Por un lado crece la trama de los temibles secuestradores Zodiaco, la célula que comandaba Vallarta. Por el otro, se entretejen las maniobras siniestras de Florence Cassez. Nada se comprueba, todo se supone. Lo único claro es que las autoridades policiales en nuestro país ejercen la tortura que certifica cualquier ficción, mentira o verdad. Como apunta el epígrafe de Paul Valéry, “la mezcla de la verdad y de lo falso es mucho más tóxica que la pura falsedad”.

En la historia también aparecen Nicolas Sarkozy, entonces presidente de Francia, y Felipe Calderón, presidente de México a partir de 2006. Sarkozy quería, a como diera lugar, que Florence Cassez fuese repatriada a Francia, mientras Calderón lo impedía, sin importarle la existencia de un convenio entre los dos países, mediante el cual un traslado como el que proponía Sarkozy era factible, sin menoscabo de la justicia. Las buenas gestiones de los diplomáticos mexicanos y franceses y de otras personalidades abonaron el camino de regreso para Florence, quien para entonces llevaba siete años en cautiverio.

Por último, ministros de la Suprema Corte desenredaron el proceso legal, cimentado sobre diversas irregularidades. Los que estaban a favor de liberar a Florence encontraron una frase, efecto corruptor, para echar abajo el juicio que resultó en la privación de su libertad. Como sabemos, Cassez regresó a Francia: en el año 2013, Sarkozy le ganó la pelea a Calderón, cuando ninguno de los dos fungía más como presidente. La antes presunta secuestradora fue recibida en su país como heroína. En 2016, cuenta el libro de Volpi, Florence presentó una serie de cuatro capítulos para la televisión francesa en apoyo a víctimas de la justicia. Israel Vallarta, sin el beneficio de la duda ni el espaldarazo de un presidente europeo, se pudre todavía en una cárcel de alta seguridad.

De un encuentro hacia el final de la novela con el temible Cárdenas Palomino, exdirector general de Investigación Policial de la AFI, el narrador, quien ha visitado a Florence Cassez en Dunkerke y hablado con Israel Vallarta en la prisión del Altiplano, se lleva una revelación que trastorna todo el sentido de la documentación infinita que estudió Jorge Volpi.

Una historia criminal termina desdiciéndose. ¿Se trata de poner todo bajo sospecha, incluso lo que el propio narrador ha tratado de comprobar, a partir del estudio minucioso de todos los legajos que constituyeron el asunto de Florence Cassez y los supuestos secuestradores?

En todo caso, este nuevo libro de Volpi es la novela del crimen en México, de la tortura, de la fabricación de los hechos, de largos procesos legales sujetos con fundamentos endebles y, por ende, ilegales; la novela de los justos que pagan por pecadores o de los pecadores que pagan y los que no; donde los personajes no son producto de la imaginación sino que actúan a su libre albedrío o según sus circunstancias; una historia donde el autor es otro personaje más y —como apunta el epígrafe—, la verdad y la mentira se entrelazan.

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