Martes 22.09.2020 - 08:34

Bellas artes rinde tributo a carrington

Dólar sigue al alza; cotiza en 19.40 pesos
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Foto Especial

“Quizá todo esto no es más que un enorme conejo cósmico y

quizá nosotros no somos más que una de las pulgas,

sobre una pulga, sobre una pulga de este conejo”

Leonora Carrington amaba la libertad y odiaba los estereotipos. Tuvo todo para convertirse en dama británica, pero decidió romper con esa burbuja que le pudiera asfixiar para gozar de su albedrío con la certeza y posibilidad de escoger qué vida quería disfrutar en realidad. Prefería la compañía de las hienas a las fiestas de sociedad, y eso quedó implícito cuando escribió La debutante.

“En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven.”, refirió Carrington en su cuento.

Leonora nunca fue como las otras niñas. A pesar de que provenía de una familia acomodada, tenía una nana irlandesa, y entre sus espacios de entretenimiento contaba con caballos... era rebelde. Nada parecía apaciguarla. Esto sólo lo logró el descanso eterno. Su trazo se detuvo en el tiempo y así prevalecerá. Es inmortal. Hoy recibirá un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, donde se planea montar entre 15 o 20 esculturas de la artista nacida en 1917. Se espera que acudan algunas personalidades.

Su recorrido por un mundo interior lleno de sueños y magia comenzó en 1936, en Londres, en la Chelsea School of Arts y la Academia Ozenfant. Y marcó toda una vida de novela. Allí surgieron los primeros trazos; allí conoció el amor La novia del viento como cariñosamente le decía su pareja, el pintor surrealista, Max Ernst.

Años después también supo de tristezas. Lloró, rogó, imploró por el bien de su amado. La invasión nazi a Francia la separó de Ernst, detenido y conducido a un campo de concentración. Su condición de alemán le ubicó como “extranjero enemigo”. Su amigo, el poeta francés, Paul Éluard consiguió su liberación momentánea, porque lo volvieron a apresar en 1940, y tras una huida frustrada, la Gestapo lo separó definitivamente de Leonora.

Ella, en un brote psicótico vendió la masía francesa de ambos por una botella de coñac y escapó a España enloquecida, en busca de un visado para su amor, pero su padre ordenó su internamiento en un manicomio en Santander.

En medio de una auténtica pesadilla, ahogada en medicamentos, Leonora agredió a un guardia que, dicen, intentó violarla, y en el traslado a otro psiquiátrico consiguió huir y pedir ayuda en la embajada de México en Portugal.

Leonora, la última surrealista, La novia del viento, la amante de la libertad, la artista plástica que se atrevió a romper esquemas y manifestó su descontento por la gestión del Presidente Felipe Calderón, la amante de los animales se mantiene con paso firme. Como refirió el Premio Nobel Octavio Paz, sigue siendo... “Un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sombrilla, que se convierte en un pájaro, que se convierte después en pescado y desaparece”.

Andar

libre

1936 Expulsada de la escuela, llega a la Amédée Ozefant, donde se inicia en dibujo.

1937 Con 19 años conoce al pintor surrealista judío Max Ernst y se enamora de él.

1939 Max es apresado y enviado a un campo de concentración, ella llora el suceso.

1946 Se casa con el fotógrafo húngaro Imre Weisz, procrea a sus

dos hijos.

1985 Luego del terremoto en México, se refugia en NY, tres años después va a Chicago.

1991 Regresa a México para quedarse hasta el día de su muerte.