Clima húmedo, suspirante, ambiguo: óigase al anti-Negrete

Clima húmedo, suspirante, ambiguo: óigase al anti-Negrete
Por:

Por Antonio Marimón

A Raúl Acosta

Ese hombre algo regordete, de 43 años, vestido con terno negro —saco cruzado— y camisa de seda blanca, zapatos charolados; ese hombre que en las tablas enormes del Auditorio Nacional cantaba, caminaba, bailaba, saltaba, corría y se envolvía y soltaba de la cuerda blanca del micrófono, y mantenía en vilo a más de diez mil personas durante casi cuatro horas —o un número infinito de horas, porque el tiempo parece distinto para Juan Gabriel y sus fans—; ese, el intérprete y músico popular más carismático de México, ¿es gay?

“Yo jamás…”, cantaba Juan Gabriel, “sufríííí…”, le respondía el coro de diez mil personas. “Yo jamás”, fraseaba lento Juan Gabriel “lloréééé…”, contestaba el coro. Nadie recordaba ya el monumental anfiteatro, con sus paredes de tubos anaranjados, techo cóncavo parecido a un set cinematográfico, tubos de cemento separado a las plateas de la primera y segunda bandeja; nadie recordaba esa arquitectura a fuerzas conceptual, una mezcla rara de bauhaus y de restirador postmoderno.

Nadie. Alberto Aguilera Valadez, Juan Gabriel, nacido en Parácuaro, Michoacán, y con residencia en Los Angeles, desarrollaba su bloque romántico con temas clásicos suyos y otros estrenados para el público del DF. “Perdón si te causo dolor”, cantaba Juan Gabriel aterciopeladamente, y se estacionaba en un ángulo, de cara a las gradas como si el interlocutor imaginario de la letra estuviera allí: “Si tú quieres seremos amigos”. “Te vas amor, adiós vida mía, te llevas contigo, toda el alma mía”, cantaba Juan Gabriel. “No discutamos, porque después de la primera discusión, hay muchas más y terminamos”, cantaba Juan Gabriel. “Perfectamente sé que no nací yo para ti”, cantaba. “Extraño tus ojos tu dulce mirada…”.

¿Cantaba Juan Gabriel? No, creo que en el escenario se veía algo más interesante y complejo; en el escenario se veía una verdadera estrategia de representación. Ese hombre algo regordete caminaba a pasitos cortos, contoneaba la cintura, elevaba el micrófono con una mano y con la otra, de espaldas al público, subía el fundillo del saco cruzado, ondulaba el trasero.

Ese hombre era cantante y, a la vez, personaje de los dramas pasionales que decía su voz. Se sentaba como una mujer con las piernas cruzadas sobre una silla blanca. O se quedaba estático, de perfil, entre suspiros y voces femeninas —“¡papacito!”—, mientras una mano levantaba el micrófono y otra descendía al pubis. Y crecían los suspiros múltiples en la oscuridad gigante del anfiteatro, o se agitaban luces fosforescentes color verde. Clima húmedo, en fin, suspirante, ambiguo. Letras sencillas, más próximas a la retórica de la telenovela o a la habilidad de Manuel Puig para escuchar las voces simples y el discurso de los medios, que a las elaboradas imitaciones modernas del bolero clásico.

¿Es gay Juan Gabriel?

No se trata de interrogar su vida privada, desde luego, ni de sancionar una diferencia. Lo reitero con todas las letras: no-se-de-trata-sancionar-una-diferencia-sexual. Mi pregunta apunta a un tema más curioso: ¿en qué medida el despliegue evidente de gestualidad gay, del que él hace gala, influye en su música, y en qué medida apoya a su éxito? ¿Sería sin esta gestualidad sin pudores el mismo Juan Gabriel? Por lo pronto, hay en él un aspecto revolucionario: rompió con los paradigmas de Negrete, Infante o Agustín Lara. Y, acaso por este exceso en el escenario, o por las razones que fueren, no le va nada mal: todo lo contrario, le va muy bien.

Juan Gabriel hizo después salsa, rumba, danzón. “Mamá no puedo con ella”, cantaba, “es que no puedo con ella”. “Negrita linda ven acá, con tu pollera coloráaaa… Negrita linda ven acá”. Como una ola de marea alta, las diez mil personas levantaron y empezaron a seguir el ritmo con los pies y las caderas; en el fondo de los pasillos algunas parejas bailaban. “¡Viva México!”, gritaba de a ratos Juan Gabriel, “¡Viva México!”. Diez mil pares de brazos se elevaban al aire, todas las luces estaban prendidas. “Eh, eh, eh, eh, eh, eh, eh, eh…”, gritaba el hombre regordete, en el centro del escenario.

“Eh, eh, eh…”. Juan Gabriel bailaba a lo ancho y a lo largo, contoneaba las caderas y, con los puños cerrados, movía ambos brazos hacia delante y hacia atrás, a derecha e izquierda, en el inconfundible gesto mexicano que significa fajarse, es decir, echarse sexualmente a alguien, cogerse a alguien.

Posteriormente, prosiguió el movimiento de espaldas, descubrió el trasero del pantalón y contoneó como una odalisca las nalgas. Luego, sin dejar de ondularse, él se desplazó desde el fondo al borde del entarimado; con una mano revoloteaba al micrófono en el aire y la otra se detenía en su pubis. “¡Viva México!”, “eh, eh, eh, eh”, “con tu pollera coloráaaaa…”.

Sin embargo, el momento tal vez más barroco del concierto de Juan Gabriel fue cuando lo acompañó el mariachi. “Te quise olvidar, pero no puede lograrlo”, cantaba. Sonaron luego unos cuantos compases de jarabe, él descubrió centímetros de la pierna izquierda, se oyeron nuevos y más profundos suspiros, él dio un medio giro que acabó en desplante taurino: “¡Torero!, ¡torero!, ¡torero!”, vociferó —como en los tendidos rumorosos de la Plaza México— aquella hipnotizada platea del bosque de Chapultepec.

¿Cuál es el método de Juan Gabriel para afrontar el género ranchero al modo novedoso de un anti-Negrete? Primero, porque puede, instala la voz en la misma dureza bronca del género: “Te voy a olvidar, te voy a olvidaaar”.

Después conduce su juego con la sexualidad a grados de naturalismo: “Te voy a quitar —frasea pausadamente—, hasta lo farsante”, y en el medio exacto de la oración simula cortar con un cuchillo un par de huevos y un pene. Y como si todo ello fuera poco, también le entra con naturalidad al albur:

—¿Quién se quiere casar conmigo? —pregunta a la platea.

—Yooooooooo —dice un coro heterogéneo.

—¿De quién quieren que sea su querido?

—De mííííííí —se solaza con placer la platea.

—Pues ya sáquenme de trabajar —dice Juan Gabriel.

Así, pensaría el cronista, atrapa Juan Gabriel. Gestualidad gay, romanticismo telenovelero que pega en las mayorías de abajo y de arriba de la sociedad, afronte canallesco y gozoso de lo latino y crudeza con el género ranchero.

Antiparadigma de cantor cuyo éxito desplaza límites y abre preguntas.

Valentía del personaje, en definitiva, para interpretar —y quizás vivir— su propio personaje. “Negrita linda ven para acá, para allá y para acá, negrita linda ve acá”, cantaba Juan Gabriel junto a los árboles cada día más ralos del legendario bosque.

Antonio Marimón. Nació en San Rafael, Argentina en 1944. Desde 1955 vivió en Córdoba, donde estudió Letras Modernas y participó de los hechos sociales y políticos de la época. Se exilió en México en 1977 y se radicó en nuestro país de manera definitiva en 1993. Trabajó en los periódicos mexicanos Unomásuno, La Jornada, La Prensa y La Crónica de Hoy. Colaboró en Vuelta y otras publicaciones. En Argentina fue director del diario Córdoba y partícipe también de varias publicaciones. Es autor de dos libros de poemas: La escritura blanca (1982) y La línea es la orgía (UNAM, 1992) y de una novela: El antiguo alimento de los héroes (1982, Punto Sur, Buenos Aires). Murió en la Ciudad de México en 1998.