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Uno de los jugadores de la cárcel de San Quintín, California. Foto: Especial

El poder del documental radica no sólo en retratar o registrar, sino en revelar aquello que la mayor parte de las veces simplemente se da por entendido, llamando la atención a lo que queda sumergido en la indiferencia, arrojando luz hasta en los rincones más oscuros, incluyendo los de la prisión de San Quintín, en California.

Más allá de cumplir como el recoveco al que durante más de 150 años han ido a parar peligrosos criminales, función mitificada por el cine negro hollywoodense y que pareciera más una forma de deshacerse de los problemas, escondiéndolos bajo la alfombra, dejando que la descomposición social continúe, existe un espacio en el que algunos de sus habitantes tienen la posibilidad de encontrar la redención en mayor o menor medida, de paso en dicho lugar, y todo gracias al basquetbol.

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Es eso precisamente lo que nos muestra el realizador Michael Tolajian Once Brothers (2010) en Q Ball, quien usando como eje de la estructura los distintos juegos en los que participan los convictos, en su camino al encuentro anual contra el equipo técnico de los Golden State Warriors, va tejiendo los testimonios de los mismos, incluyendo el de uno que sueña con salir y ser parte de la NBA.

Es así que van exponiendo las razones por las que se encuentran ahí y la manera en la que logran lidiar con ellas, enfrentando demonios personales, injusticias del sistema y lo irremediable de sus acciones pasadas; todo sin dejar de lado la voz de algunos de los familiares de quienes fueron sus víctimas.

El armado es sencillo, siguiendo el librito y sin mayores pretensiones —manteniendo la sobriedad; a veces en exceso lo que redunda en que el conflicto sea un tanto implosivo. Sin embargo, le basta con la sensibilidad para enfatizar algunas frases; un desarrollo que obedece más a la cadencia proveniente de las duelas, cierta estilización reforzada por la sutileza musical, además del evocador contraste que encuentra con esos momentos efímeros de libertad propios de aquél, que todavía detrás de las rejas entiende lo que es correr, elevarse y encestar, para enganchar al espectador con un puñado de historias sobre hombres marcados por errores propios y ajenos.

Es cierto que se le podría reprochar que se enfoca mucho más en el lado un tanto amable —por decirle de alguna manera— de la tristemente célebre prisión, pero es uno pocas veces referido; y ahí también está el valor de Q Ball,  un estreno de marzo de Netflix.