Guardó la ensangrentada hoja sin siquiera limpiarla, una batalla más, otra victoria, el campo sembrado de cadáveres permanecía en silencio mientras las aves de carroña revoloteaban sobre su próximo festín. La princesa se quitó el yelmo para soltarse la apelmazada trenza de guerra, las luchadoras siguieron su ejemplo, clavaron su espada en el barro provocado por la sangre de sus enemigos, hincaron una rodilla y rogaron por el alma de las caídas, había sido una difícil prueba pero como siempre, el resultado era satisfactorio aunque la enorme mayoría de ellas pensaba en el enorme desperdicio de vidas y lo absurdo que era guerrear por algo tan nimio que la forma en que llevaban su reino, uno que era admirado pero, también odiado desde los cuatro puntos cardinales por la única razón de que las mujeres mandaban.

Cabalgaban sin prisa, en silencio, el único ruido que se escuchaba era el paso de los caballos y el crujido de las carretas donde descansaban los cuerpos de sus hermanas fallecidas por la mano de unos hombres que seguían sin tolerar el éxito y la superioridad de su sociedad.

El mensajero estaba a punto de derrumbarse del cansancio, había pasado dos soles sin dormir para llegar con su señor, aunque ahora, al ver el rostro ante las noticias, se preguntaba si no hubiera sido mejor dar un rodeo de muchos más días en espera de que algún otro le informara de la estrepitosa derrota sufrida en Roca del amanecer.

-A ver si entendí, todo mi ejército no pudo contra un puñado de mujeres.- La voz era controlada, pausada, de un volumen bajo que, como cualquier depredador peligroso, denotaba el nivel de peligro.

-Lucharon valerosamente mi señor.-

-Perdieron, fueron masacrados, los hicieron pedazos y lo peor, fue un grupo de mujeres. ¡Eso no es valor! ¡Es una desgracia para el género masculino!-

El enorme sujeto descargó su frustración en el giro del claymore cercenando la cabeza del mensajero -Tu recompensa por las malas noticias.-

Se despertó con cada músculo de su cuerpo ardiendo, el esfuerzo del día anterior había mermado sus fuerzas, la victoria le sabía amarga, cierto que defender su nación era la obligación de toda mujer bien nacida y no obstante, seguía sin entender la necesidad que tenían ciertos hombres de sentirse superiores cuando era claro que cada sexo tenía definido para que era bueno. Acarició distraída el cabello de su consorte, era un hombre guapo y no obstante, su mejor cualidad era la capacidad de escucharla y servirle como caja de resonancia dando su opinión en el momento justo, tenía suerte de vivir en ese lugar, no podía concebir uno donde los hombres dirigieran sabiendo lo impulsivos y atrabancados que eran, luchando por casi cualquier cosa y le habían contado algunos mercaderes que en algunos lugares remotos, los hombres se jactaban del número de féminas que poseían y eso si le era imposible de creer, todos sabían que era la mujer la que decidía con quien pasar la noche y la intimidad era eso, intimidad, contarlo y vanagloriarse por el número de parejas era como decir a los cuatro vientos que se era indeciso y con baja autoestima.

Quería seguir acostada pero la disciplina y la responsabilidad le impedirían conciliar el sueño, así que empezó con los estiramientos de Certa Mors y su mente quedó en blanco mientras su cuerpo seguía las rutinas aprendidas y practicadas desde que pudo empezar a caminar, sus músculos se relajaron, su respiración se aceleró y su corazón oxigenó cada célula de su cuerpo, el cansancio se escurrió como agua de cascada y se sintió ella nuevamente, la primera espada, la defensora, la última palabra, la princesa del reino.

Retomó sus actividades, saludó a sus ayudas de cámara, a los cocineros, a los muchachos que se afanaban en la limpieza del castillo, era un gran día, llegó a la sala del trono, le dio un rápido beso a su madre, saludó a todas la presentes y se sentó en la mesa, la ausencia de su padre significaba que tomarían decisiones importantes, además, de un tiempo para acá, su padre solo quería quedarse frente a la hoguera tomando una copa de vino y platicar con los consortes de los chismorreos de la corte. Quería al viejo pero, su madre tenía razón, primero era lo primero y primero estaban las responsabilidades.

-Empecemos.-

Corden estaba vencido, lo sabía pero, no lo aceptaba, durante muchos años juntó al enorme ejército que ahora constaba de apenas decenas de soldados que veían cabizbajos a sus mujeres y que se encogían ante las agudas voces de reclamo. No era la derrota en sí, era ver como se aceptaba el hecho de que no eran mejores que las mujeres, que aquello que más temían no era producto de su imaginación sino una realidad. De que servia ser más fuerte, más grande y con mayor resistencia si ellas, podían obviar sus únicos atributos y destrozarlos sin apenas esfuerzo, le había costado sangre y sudor romper ese yugo y muchos años ir encontrando y formando a hombres para que tomaran el lugar que les correspondía. Sí, estaba vencido pero, en su cabeza, la venganza empezaba a tomar forma, una que hasta las mujeres reconocerían su genialidad aunque para ellas, ya fuera tarde.

Mientras se informaba de los pormenores de la última batalla y recordaban la dolorosa pérdida de sus hermanas, la reina permanecía en silencio, generalmente cuando su hija hablaba no intervenía, no hacía falta, la princesa era más que capaz de manejar el reino con una mano mientras que con la otra manejaría todo lo demás. No obstante, en esta ocasión algo le provocaba molestia, esta batalla había sido más difícil que las anteriores, se lamentaba de no haber encarcelado a Corden cuando se rebeló pero, había amado a su padre y aunque nunca podría tomar parte en las decisiones importantes, lo había educado como uno de sus herederos, ese había sido su error, le había pasado frente a las narices un aromático pastel y luego le había prohibido comerlo. Cuando Corden huyó ella esperaba que ver la barbarie del mundo exterior le abriría los ojos y regresaría a encargarse del campo o incluso, convertirse en primer mayordomo si así lo deseaba pero, nunca consideró que adquiriera un odio visceral hacia las mujeres y hacia su casa. Cuando escuchó la forma en que las trataba, casi como objetos, supo que le daría problemas más nunca, pensó que tales. Sí, ese había su peor error y estaba dispuesta a corregirlo.

-Debemos acabar esto de una vez.-

-¿Perdón? ¿La cosecha?-

No se había dado cuenta de que mientras se perdía en los latigazos de culpa, habían entrado a temas administrativos.

-No, hay que acabar esta revuelta.-

-Está acabado madre, me dicen que ya no queda ejército en sus tierras.-

-Nunca acabará hasta que se le corte la cabeza a la serpiente.-

Los ojos de su hija se abrieron por la sorpresa, cierto que no le tenía mucho aprecio a su medio hermano que la molestó hasta que a los cinco años le dio una paliza usando su entrenamiento de Certa Mors pero tampoco le guardaba ningún rencor, eso estaba más allá de ella.

-No es necesario, mamá.-

-Soy tu reina y es mi mandato.-

El color cubrió el rostro de la princesa, nunca le habían impuesto una orden y nunca frente a toda la corte. Las mujeres presentes estaba igualmente sorprendidas pero no por el mandato sino por como había sido expresado y a quien.

-Se hará como dices… mi reina.-

Cuando se enteraron de la enorme marcha hacia el campamento, Corden supo que había llegado el momento, todos sabían que su muerte sería inminente y no obstante, él se paseaba por todos lados con una sonrisa de satisfacción que, a muchos les hacía pensar en que al fin, había sucumbido a la locura. No importaba lo que pensaran, él sabía que su venganza sería magistral, digna de su odio y muy dentro de su alma, en un recóndito lugar, esperaba lograr, al fin, su admiración y reconocimiento.

A cada rincón de la tierra, a cada pueblo, a cada hogar, los que sabían leer lo leyeron, los que no, se los contaron y de boca en boca, de persona en persona, todos hablaban de ello, de un extremo a otro… la venganza se consumó.

“Las aventuras del Príncipe Azul y la princesa encantada.

Érase que se era, en un lejano lugar, la delicada y bella princesa, esperaba anhelante que su príncipe azul superara todas la pruebas que la bruja malvada había puesto frente a él y superara el encantamiento que le habían echado cuando apenas era una niña, ella sabía que solo un beso de verdadero amor rompería la maldición y confiaba en la valentía, gallardía, fuerza e inteligencia de su amado príncipe.

La princesa depositaba su fe en él y esperaría el tiempo que fuera necesario hasta que su hombre la rescatara y pudiera contarle a sus hijos, las innumerables pruebas que su padre había superado y cómo, al final, la había salvado…”

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