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Una maldición pende sobre mi yo escritor. Más de la mitad de mi obra la he pergeñado en computadoras ajenas.

Mi primer libro, Cuco Sánchez Blues, lo tecleé en una máquina de escribir herencia de una tía de mi compa don Jilo. En mi casa no existían libros, hasta que yo comencé a ingresarlos. Y por supuesto un artefacto para mecanografiar era un elemento de la ciencia ficción para mi familia.

Atestiguar el milagro de la máquina de escribir por primera vez fue para mí como debió ser descubrir el fuego para el Neandertal. Tiempo después sería mí. Me la obsequiaron. Es el mejor regalo que me han hecho en mi vida. En ella amalgamé el Cuco Sánchez Blues y una serie de semipoemas que me llegaron en oleadas durante todo un mes. Redactaba tres al día apenas despertaba. Tiré la mayoría. Me quedé con cuarenta páginas que se perdieron y hace un tiempo recuperé de un disquet de computadora. De las hojas de máquina trasladé Cuco Sánchez Blues a un archivo Word en cafés internet.

 

Un día el disco duro de la Mac se despedorró. Y no preservo un trauma, no sé por qué, me aterra más perder los audífonos.

 

La Biblia Vaquera la comencé en la misma máquina de escribir. Y la terminé en una Mac de escritorio con forma de güevo propiedad de la madre de mi hija. Con uno de los cuentos del libro gané un premio. Pero en lugar de comprar una computadora invertí en un iPod. Todavía no me asumía como escritor. Sin embargo, mi siguiente título ya se estaba cocinando. Por esa época me separé de la madre de mi hija. Me quedé sin Mac y fui timado. Me quedó una PC más jodida que un Datsun modelo 89 a cambio de la discografía completa de Sonic Youth en CD.

En esa carcacha inicié lo que sería La marrana negra de la literatura rosa. Uno de los disgustos más grandes de mi vida me lo patrocinó el dinosaurio ese. No guardó el final de un cuento. Traté de escribirlo muchas veces después pero nunca quedó igual. Entonces conocí al Koronel Curtz. Me casé con ella por su laptop. Ahí terminé La marrana negra de la literatura rosa. Recuerdo las peleas interminables que teníamos porque mi ex esposa le cambiaba la contraseña a cada rato. Me secuestraba mi obra. Y eso me producía un profundo dolor.

Decir que la literatura es un oficio ingrato es verdad, pero me ha recompensado. Tardaría casi diez años en comprarme una compu con el fruto de mi trabajo literario. Me separé del Coronel Kurtz y me volví a quedar sin computadora. Yo ya era el autor de dos libros que no habían pasado del todo de noche y sin embargo me encontraba en un callejón sin salida, sin herramienta de trabajo y con una hija que mantener. No me quedó más remedio que trabajar como godínez. Y tanto mis columnas como algo de ficción lo escribía en la compu de mi oficina.

Tiempo después y con sacrificios por fin me compré una Mac. No me arriesgaría a perder otra vez archivos en una lap. Mi MacBook Pro fue huésped de El karma de vivir al norte y de La efeba salvaje. Todo el tiempo que escribí con computadoras prestadas o en la máquina de escribir o en cafés internet me sentí como si planchara ropa ajena. Y sin embargo, ahí estaba yo en todas esas páginas. Nunca he entendido la vocación. Para mí la literatura fue un accidente. Que luego se disfrazó de vocación. Y ahora no puedo escapar de ella. Ni lo deseo.

Pensé que había escapado de esa tara. Que también asocio con la persona que siempre anda chocando con los muebles o con mi facilidad para perder vuelos. Pero me volvió a ocurrir. A mis casi cuarenta años, y con mis pies ya bien plantados en las letras, un día el disco duro de la Mac se despedorró. Y no preservo un trauma, no sé por qué, me aterra más perder los audífonos. Y regresé al principio. La segunda parte de la redacción de El pericazo sarniento la revisé en una compu prestada. Una lap top. Hacía tanto tiempo que no tecleaba en una que fue todo un reto. Y en el proceso el miedo a que me hiciera una mala jugada no me abandonó.

No sin cierto fatalismo me atacó la incertidumbre de que no puedo escapar de mi destino. ¿Será que en veinte años esté escribiendo en el aparato de alguien más? No me preocupa. Y aunque a veces me he sentido como un turista, que está de paso por una ciudad y se larga, eso ha sido para mí hasta ahora el oficio de la literatura. Robar cosas de un sitio y moverme. Lo digo sin romanticismo. Cuando era niño no tuvimos casa propia. Viví con mi abuelo, luego en casa de un tío y al final la casa donde transcurrió mi adolescencia era un préstamo. Eso ha definido mi manera de estar en el mundo. Y en la página.

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