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Peter Stamm. Fuente: uklitag.com
Peter Stamm. Fuente: uklitag.com

Estimados lectores:

Cuando la gente me dice que podría vivir sin libros, a mí me parece siempre la confesión de una debilidad. No pretendo decir con esto que me gustaría vivir sin los libros, pero tal vez mi objetivo sea que estos se me vayan haciendo cada vez más superfluos, hasta llegado un momento en que ya no los necesite y pueda contemplarlos en sus estanterias, de vez en cuando, como testigos del camino que he recorrido. Puede que esto suene raro viniendo de un escritor, pero con los años me he ido convenciendo cada vez más de que lo que verdaderamente importa, lo esencial, no puede abarcarse con palabras.

Cuando era un joven autor, anoté en alguna ocasión un pasaje de la obra de Thomas Bernhard, Ritter, Dene, Voss:

Nos esforzamos toda la vida por

[conseguir tan sólo

dos o tres páginas de escritura

[inmortal

no queremos nada más

pero eso, al mismo tiempo, es

[lo máximo

Por estimulantes que pudieron ser estas patéticas palabras para un escritor joven, parecía que ya por entonces yo dudaba de ellas, que dudaba del poder y la inmortalidad de la literatura. Sobre todo de la literatura que yo escribía. La primera versión de mi novela Agnes, escrita en 1993, cuando tenía treinta años, acaba —no sin cierto patetismo— con estas palabras:

No tengo deseos de decir con mis libros: “Aquí estuvo alguien, aquí vivió un ser humano, vivieron seres humanos”. Sólo deseo recordar a Agnes. No porque fuera mejor que nosotros, los demás, sino porque es para mí la única vía de no olvidarla tan rápidamente, de preservarla todavía un poco para mí, antes de que ella desaparezca del todo a lo lejos.

Desde entonces, ocurre con frecuencia que los protagonistas de mis cuentos y novelas duden de la literatura, se aparten de ella. Agnes apenas posee libros; de Kathrine, en Paisaje aproximado, se dice que su marido, Thomas, se ha burlado mucho tiempo de sus libros, hasta que ella “los regaló a la biblioteca o, simplemente, los tiró a la basura”. Cuando Andreas, el personaje de Tal día como hoy, se deshace de sus pertenencias, sus libros no corren un destino mejor:

Había cogido los libros del librero y había hecho dos pilas en el suelo. Andreas les echó una ojeada de nuevo, apartó un libro de Jack London y aquel otro sobre la au pair. Luego tiró el resto.

El yo narrador de “La ofensa”, un cuento del libro Los voladores, quema su biblioteca entera sin un motivo aparente:

Al día siguiente continué. Esta vez de manera más sistemática; apilé todos mis libros junto a la estufa y fui quemándolos uno tras otro. Necesité toda la mañana para hacerlo. Luego saqué del cajón mis apuntes, mis diarios, los artículos de periódico que había guardado y que nunca había leído. Lo quemé todo.

De la librera Anja, personaje del cuento “En el bosque”, de A espaldas del lago, se dice que ya “no le interesaban los libros. Desde que vivían en las afueras, la lectura le parecía una forma de perder el tiempo, y muy especialmente la televisión. Sólo escuchaba música de vez en cuando”.

Thomas, en A través del monte, (Weit über das Land) va un paso más allá:

También había dejado de leer, ya ni siquiera miraba el periódico. Apenas si encendía ya el aparato de radio que había en su habitación, hasta la música le parecía sólo una distracción de las co-
sas esenciales.

Y cuando Christoph, el héroe de mi última novela, se deja olvidado el manuscrito de su novela en un restaurante, ni siquiera se toma el
esfuerzo de recuperarlo:

Por un instante pensé en si debía o no ponerme a buscar el bar en el que había dejado olvidada mi mochila, pero dudaba que pudiera encontrar de nuevo el sitio, ni siquiera estaba seguro de que existiese.

Escribir es cosa secundaria. Leer es cosa secundaria. La literatura necesita más de la vida que la vida de la literatura. Esta siempre es menos, a veces mucho menos, jamás es suficiente.

Un escritor que no escribe no es un escritor. Uno que ya no escribe ni lee es, por el contrario, concebible. Christoph, el fotógrafo y conferencista de mi cuento “Cuerpos extraños”, sueña con que sus conferencias con diapositivas sobre la cueva Hölloch se compongan solamente de silencio y oscuridad:

Si estuviera bien concentrado, si consiguiera transmitir su concentración al público, sería posible renunciar del todo a las imágenes y, finalmente, también a las palabras, y sólo estar en la oscuridad, dejando pasar el tiempo, una hora, dos horas.

Esto podría marcar el final de este discurso. O su comienzo. Estaría aquí de pie, en silencio, todos cobraríamos conciencia del recinto, de las personas que están aquí
y de nosotros mismos. Tal vez oiríamos los ruidos lejanos de la ciudad, una risa reprimida en alguna de las filas de asientos, los pasos de un espectador que abandona el recinto, decepcionado, el golpe de una puerta al cerrarse. Tal vez percibiríamos un aroma que antes no nos llamó la atención, un perfume que nos recuerda a alguien, los olores de la cocina en el restaurante vecino. Reflexionaríamos sobre lo que nos ha traído hasta aquí, sobre si ha sido una buena o una mala decisión venir. Le susurraríamos al oído a la dama sentada a nuestro lado, el único motivo verdadero por el que estamos aquí: “¿Nos marchamos?”. “Espera”, dirá ella, “tal vez ahora venga algo”.

Estaríamos tensos, atentos, a la expectativa. Pero al cabo de poco tiempo nuestra concentración disminuiría, tanto la suya estimados oyentes, como la mía, y todos empezaríamos a aburrirnos. Entre ustedes, los primeros empezarían a levantarse y a marcharse, otros les seguirían, y luego serían cada vez más, hasta que sólo queden un par de personas aquí sentadas, las más tenaces o, sencillamente, las que se han quedado dormidas. Me pregunto cuánto tiempo transcurriría hasta quedarme aquí completamente solo.

“Callando no se obtiene la mudez”, ha dicho Peter Handke en una entrevista con Herbert Gamper. “Pero cuando se recoge la calma y la mudez y el vacío en una forma, se obtiene la calma, el vacío y la mudez”.

Por eso yo no cuento con el privilegio que tienen mis personajes: no leer más, no escribir más, enmudecer, rehusar la ficción como personaje ficticio y, en cierto sentido, escapar a ella. Desde hace años me ocupa la idea de escribir una historia sin personajes. Pero incluso si mis personajes me abandonaran alguna vez y sólo quedaran lugares despojados de toda figura humana, yo tendría que seguir escribiendo para representar su desaparición. Tal vez mis textos se vuelvan entonces algo más silenciosos y breves, el lenguaje un poco más sencillo.

No fue nunca mi intención crear mundos a partir de la escritura. No fue nunca mi intención huir de la realidad escribiendo, sino todo lo contrario, siempre quise plantarle cara. Mis textos se referían siempre a un mundo que existía fuera de ellos. Descripciones de un camino a través de paisajes desconocidos. Así los llamé una vez. La literatura no puede sustituir a la realidad, pero sí que puede —tanto para mí, en tanto autor, como para mis lectores— ser un instrumento, un medio auxiliar para ver la realidad de un modo más claro. Pero la literatura no puede despojarnos del acto de mirar y ver.

Y es sólo entonces que tiene un sentido el hecho de que mis personajes den la espalda a la literatura, que mi literatura intente hacerse superflua. Si es un medio auxiliar para ver el mundo de un modo más claro, entonces nuestro objetivo tendría que ser poder renunciar en algún momento a ese medio. El texto, entonces, se haría más transparente, hasta el momento en que desaparecería.

La mudez de un autor sólo puede ser el final de una larga evolución que no hubiese sido posible sin la lectura ni la escritura. El silencio de un joven es algo ridículo, pero el de un
viejo constituye una determinación. No me refiero a un silencio gravitatorio, sino a un silencio, a una mudez serena, en el sentido que lo plantea Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, es preciso callar.”

Y sí, yo sigo escribiendo hasta que en algún momento alcance el silencio total y la mudez se convierta en mi última obra. Tal vez entonces se reconcilien el hombre viejo y el
joven, como al final de mi última novela, cuando ambos se encuentran durante un paseo y al joven le parece que “algo nos vincula, algo que tiene raíces más hondas que las palabras, como si fuéramos una misma cosa, una criatura de cuatro piernas, vieja y joven al mismo tiempo, llegadas al principio y al final”. Y continúa:

Y mientras regreso a casa, me imagino que acabaré como él, huyendo de la vida liberado de todo, sin dejar un solo rastro. Caerme al suelo en un camino helado y no poder levantarme de nuevo, y en algún momento resignarme. Mi respiración se tranquiliza, y dejo de sentir el frío. Pienso en mi vida, que aún no ha tenido lugar, en imágenes borrosas, figuras a contraluz, voces distantes. Lo raro es que esa imagen no me parecía triste ya entonces, sino apropiada, de una belleza clara y de una justeza como las de aquella mañana de invierno, hace tanto tiempo.

Agradezco al jurado y a los patrocinadores por este Premio de Literatura de la ciudad de Solothurn.

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