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Foto: Especial

Inevitablemente, la serie arranca sobre el lugar común de las biografías musicales hechas para la televisión: El Sol avanza tras bambalinas, el escenario como destino arropado en la marea de ansiosos aplausos, portando un traje que coincide con la portada de su primer disco de boleros.

Después, la historia se despliega en dos tiempos que corren en paralelo: 1981, algo así como el instante cero en la carrera artística de Luis Miguel a los doce años de edad, interpretado con feroz precisión por el niño Izan Llunas (el parecido físico, visual y emocional es de un acierto perturbador); y 1987, en pleno trancazo de “Cuando calienta el sol”, la sonrisa displicente que escondía aquella distemia sexy para no pocos, el acento petulante de altanera ansiedad, despectivo, que sentó las bases de lo que hoy conocemos como mirreynato.

1987 fue un año peculiarmente mitológico para la música occidental en un amplio espectro: el “Livin’ on a Prayer” de Bon Jovi se hacía de los primeros lugares en los tops musicales de casi todo el mundo; Guns and Roses lanzaba Appetite for destruction con el sencillo que de algún modo decretó su naturaleza, “Welcome to the Jungle”; Michael Jackson imponía la tendencia de producciones multimillonarias contratando a Martin Scorsese para dirigir su video Bad; The Joshua Tree arrasaba en las novedades de las tiendas de discos y las frecuencias del dial especializadas en rock posicionaba a U2 como la banda de estadio más épica; Depeche Mode labraba su prestigio de reyes del dark-wave con el Music for the Masses rumbo a su obra maestra Violator, y R.E.M predecía el fin del mundo cantando “It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine)”, cuando el rock alternativo aún era cosa de inadaptados.

Poquísimos de esos hits llegaron a México con la sintonía internacional necesaria como para hablar de éxitos del momento. La mayoría cayó en el drástico desfase, habitual en ese entonces, con el que nos relacionábamos con el mundo. Descubrí “Bizarre Love Triangle” casi con dos años de atraso, en una de las tardeadas sin alcohol de la discoteca La Rosa, entre “Acelerar” de Timbiriche y alguna bailable de Soda Stereo, que en Torreón pegó con peculiar abundancia.

En el México de 1987, la resaca del terremoto de 1985 y el Mundial de Futbol seguían empolvando el nacionalismo con la misma aflicción que los estragos de la crisis económica de 1982; de hecho, en uno de los siete capítulos hasta ahora transmitidos, podemos ver la secuencia en que Luisito Rey inventa en una junta el seudónimo de El Sol como una esperanza distractora de los turbulentos tiempos que atravesaba el país. Nos acostumbramos al aislamiento involuntario de la vanguardia, cualquier novedad proveniente del exterior se leía con resignación de años luz, “dicen que fue lo que estuvo de moda hace mucho en el gabacho”, solía ser la muletilla para contextualizarnos en el mundo. Ir a los mercados conocidos como La Fayuca era como recorrer el Epcot Center de Disneylandia.

A Luis Miguel se le acusaba de pertenecer a la conspiración de telenovelas y noticiarios vendidos al Partido Revolucionario Institucional que nos mantenía atrasados y alienados en una lobotomía supresora de cualquier intento de insurrección. Según las consignas populares contra el régimen, el partido que gobernaba con ese presidencialismo narcisista y pomposo vivió en los años ochenta su asfixiante y cínico esplendor.

Luis Miguel es sin la menor duda el cantante latino pop de los ochenta y noventa más exitoso. Sólo podríamos pensar en José José como antecedente. Desde los primeros trabajos, cuando era un niño y luego adolescente bajo la dirección de su polémico padre, ya encontramos éxitos y ventas enormes. La calidad vocal y de la producción han estado presentes hasta hoy en día.

Así lo explica el especialista musical Mario Lafontaine, involucrado en las producciones musicales del pop y rock más emblemáticos de México.

No había forma de escapar a sus dorados éxitos, la radio y la radio provinciana sobre todo, los recetaban sin necesidad de payola, como si quisieran lavarte el cerebro con sus covers a Michael Jackson y Eric Carmen. “Ahora te puedes marchar” y “Cuando calienta el sol” fungían de clímax en las pistas de baile y los programas de videos de la televisión abierta que emulaban el formato de MTV, como TNT en el Canal de las Estrellas, a la hora de la comida, barajaban videoclips de Los Prisioneros de Chile con Luis Miguel, conducido por Martha Aguayo y Angélica Rivera cuando ni por su esponjado fleco se vislumbraba que en el futuro sería la primera dama de México. El presente de los años ochenta mexicanos le pertenecieron en buena parte al soundtrack de Luis Miguel. Las niñas de la primaria se juntaban para cantar “La incondicional” a la hora del recreo mientras añoraban tener un novio militar (teorías conspiracionistas aseguran que aquello fue una estrategia subliminal para aumentar los batallones de la Fuerzas Armadas de México, igualito a aquel capítulo de los Simpson donde Bart se integra a una boy band), los almacenes Cimaco (la versión lagunera del Palacio de Hierro) programaban “Un hombre busca una mujer” con la misma lógica repetitiva que la música de elevador. La saturación no daba tiempo para reflexionar si el joven que se decía oriundo de la costa jarocha era buen cantante o tarareábamos sus letras por inercia; incluso seguíamos sus pasos en la moda de forma inconsciente, pantalones de mezclilla deslavada con cloro y camisas pastel. Resultaba fácil odiarlo, como fue mi caso, en buena medida, confieso, influenciado por las fobias capitalistas de mi padre, un soviético perdedor. Hasta los iconoclastas del sistema necesitaban de Luis Miguel para validar su rebeldía y su devoción por Silvio Rodríguez.

La tensión pre-milenio

Cuesta trabajo imaginar a un Luis Miguel después de 1987.

A principios de los noventa causó revuelo con su disco de boleros, pero sólo colocaría dos sencillos inéditos con el mismo bombazo que sus momentos de gloria: “Suave” y “Por debajo de la mesa”:

Luego vino esa etapa adulta con los boleros y versiones a clásicos del cancionero romántico y vernáculo que lo llevaron a la cumbre en medio planeta, pero el abuso de la fórmula también lo ubicó en los terrenos del lugar común. Los álbumes con material original posteriores no consiguieron el mismo éxito, pero su público fiel le perdonó desde el estancamiento musical hasta su arrogancia y misteriosa vida privada —explica Lafontaine.

En los años noventa se habló más de El Sol por los trajes formales que emulaban al dandismo de Frank Sinatra, y su galanura que cautivó a mujeres como Daisy Fuentes, Mariah Carey, Myrka Dellanos y Aracely Arámbula. Los impúdicos chismes sobre su irresponsabilidad paternal al no reconocer a la hija que tuvo con Stephanie Salas, la accidentada relación en la crianza de aquellos que concibió con Arámbula, más historias sobre la desaparición de su madre, mantenían vigente el nombre del artista que dispuso de las instalaciones del Heroico Colegio Militar.

Cancelar conciertos o saltar al escenario como queriendo competir con la autodestrucción de Amy Winehouse fue la convulsa rutina de El Sol después del nuevo milenio. Se decía de una potente gira a dúo con El Potrillo Alejandro Fernández que terminó en estrepitosas demandas por incumplimiento de contrato.

“Spotify reporta que tras el primer capítulo, las playlists de Luis Miguel se dispararon desde 194 hasta 4 mil por ciento, alcanzando más de 4.5 millones de escuchas.”

La redención del Mirrey

La noticia corrió como pólvora y con precavido prejuicio. El odio a su prepotencia parecía intacto, probablemente hubiese aumentado. Fue en el punto más bajo de una tumba sin sellar, como aquella escalofriante escena de un pasón de heroína en Trainspotting, que se gestó el proyecto de la serie sobre la vida de Luis Miguel, basado en las memorias que el cantante relató al periodista Javier León Herrera, publicadas en el libro Luis Mi Rey, pensado para transmitirse en exclusiva sobre la plataforma de Netflix, el gigante del entretenimiento por streaming.

Como parte de la campaña publicitaria y previo al lanzamiento del primer capítulo dominical, los de Netflix tuvieron la puntada de hacer un remake del legendario videoclip de “Cuando calienta el sol”, pero con la voz y figura de Diego Boneta editados al más puro estilo retro, con todo y tipografía de vhs casero y rayones de la cinta magnética. El morbo se cristalizó en impaciencia. Después en el éxito del que todos hablan.

La minuciosa personificación que Diego Boneta hace de Luis Miguel (actor surgido en la era de los reality shows cazatalentos, cuya primera participación fue cantando precisamente “La chica del bikini azul”) juega con los sentimientos del espectador abusando de la bondad cursi, seguramente manipulada por el propio Luis Miguel, aunque no se hace pendejo con la soberbia que hizo famoso al cantante, deslucida por la supuesta infancia precaria de orígenes italo-argentinos, ni con lo terrorífico de conocer al Negro Durazo a los doce años; sin embargo, los cimientos argumentales de la serie se basan en la tormentosa relación con su padre, el diabólico Luisito Rey (brutal Óscar Jaenada), el único villano capaz de superar el odio que en su momento despertó Catalina Creel, por la forma en que esculpió y explotó a su primogénito hasta convertirlo en ídolo, mediante la alineación parental, chantajes y drogas familiarmente consensuadas. La serie es frontal y franca: sin la tortura piscológica de Luisito Rey, Luis Miguel simplemente nunca hubiera existido.

El desenfreno de la burguesía ochentera recuerda por momentos la moral ambigua de la juventud retratada en Menos que cero, la novela de Bret Easton Ellis. Y en la intimidad El Sol permite apreciar su talento vocal sin prejuicios. En el libro Expedientes Pop, Luis de Llano Macedo explica que Luis Miguel perteneció a esa generación de artistas en que hasta el cantante prefabricado requería de talento y carisma, o al menos uno de estos atributos.

No existe la decadencia sin que haya habido esplendor y, como bien sabemos, nuestro país siempre ha vivido en el letargo de la nostalgia que hoy en día, bajo su propia supervisión, nos presenta esta bioserie que ha resultado todo un fenómeno. Ha revivido y llegado a nuevas generaciones que colocan de nuevo a Luis Miguel como el máximo intérprete, crooner, galán y el primer Mirrey hoy convertido en mítico cuasi santo súper estrella —concluye Mario Lafontaine.

Los jóvenes que nacieron justo en el ocaso de El Sol, cuando engordó, perdió cabello y yates por problemas con los impuestos alrededor de su fortuna, lo acogen con solidaridad emocional cada que desgrana su infancia con los detalles que sólo se cuentan desde el diván del terapeuta, convencidos de que la prepotencia era un disfraz para sobrevivir a un repertorio de carencias y abusos paternos. Por si fuera poco, sus canciones han vuelto a invadir la radio, de nuevo sin necesidad de payola, y las plataformas digitales de música por streaming: Spotify reporta que tras el primer capítulo, las playlists de Luis Miguel se dispararon desde 194 hasta 4 mil por ciento, alcanzando más de 4.5 millones de escuchas. Por si fuera poco, está a punto de romper su propio récord de presentaciones en el Auditorio Nacional.

Luis Miguel ha reconquistado su estatus de gran ídolo. La serie es todo un acontecimiento porque reafirma la educación sentimental de un país como México, adicto a las telenovelas y el alivio que representan las tragedias ajenas. Hay algo en la serie de El Sol que excede el morbo de espiar al ídolo mamón, famoso por su desesperante trastorno obsesivo compulsivo de arreglarse el cabello, resurgido de sus cenizas y las celebridades que tuvo por novias; la historia pone a prueba el sentimentalismo mexicano y su retorcida valoración de la familia, la construcción de los ídolos “de plástico” y sus fanáticos de carne y hueso, el star system nacional firmando contratos con los capos más perversos, toda la enfermiza paternidad detrás de las estrellas infantiles, y confirma la hipótesis de que, México ha convertido a los ochenta en un nostálgico lugar seguro al que siempre vuelve.

A pesar de su futurismo sin cortes comerciales, en el que el espectador es quien controla la pantalla, Netflix y su producción original sobre la vida de Luis Miguel ha logrado situarnos en una especie de ucronía melodramática: hace mucho que México no se paralizaba con tal de seguir los pasos de una telenovela, como en los años ochenta cuando las fechorías de Catalina Creel reunían a familias enteras frente al televisor. Hoy la cita es cada domingo a las diez de la noche y no es que México se paralice, pero Luis Miguel y su ambicioso padre monopolizan las redes sociales hasta volverse trending topics en cuestión de segundos.

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