Esto se acabó

QUEBRADERO

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La lógica indica que ayer fue la penúltima ocasión en que Peña Nieto acapare la atención plena de los medios de comunicación y de la clase política.

La siguiente vez que suceda, ahora sí la última, será cuando entregue la banda presidencial. Su papel será secundario, pero terminará por estar a la vista de todos. Ése será el día de López Obrador y habrá cuenta nueva.

Podrán pasar muchas cosas para Peña Nieto, pero su vida en la política está virtualmente terminada. Quizá sea investigado y se den a conocer irregularidades en su gobierno, lo cual provoque que esté en el imaginario colectivo, pero su tiempo caducó y dejó de estar.

Puede pasar, que aunque no se le investigue, la sociedad mexicana no olvide y más bien se convierta en un referente criticado e ironizado, como ya sucede. Su sexenio ha estado cargado de problemas y denuncias, como pocos, a lo largo de la historia reciente del país.

En el corto plazo no se ve cómo pueda darse un análisis objetivo y frío sobre la gestión de Peña Nieto. Aunque apelen a algo digno de considerarse, la creación de las llamadas reformas estructurales, no hay manera de que se pueda tener una buena imagen, por lo menos por ahora, del Presidente.

El largo plazo es un enigma. Por más que en los spots repitan la idea de que se gobernó pensando en un país de futuro, no se sabe qué pueda pasar, lo que se ve hoy es confuso, en fondo y forma. El primer elemento para tener una idea del gobierno de Peña Nieto va a ser el corte de caja que haga López Obrador.

El Presidente va a cerrar su administración con una aceptación que difícilmente alcanzará el 20%. Sólo en sus dos primeros años de gobierno salió bien librado. En cuanto se vino el sensible tema de la Casa Blanca y la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, Peña Nieto y su gobierno perdieron fuerza y el ánimo que le había otorgado la sociedad mexicana.

El deterioro fue paulatino y constante. A los errores que haya cometido —en los abrumadores spots propagandísticos de estos días, el propio Presidente ha reconocido tímidamente algunos de ellos—, se suma la evidencia de que su equipo de trabajo lo cuidó muy poco.

Muchos asuntos del Presidente fueron manejados de manera desaseada y torpe, pareciera que nadie se daba cuenta de nada. Si Peña Nieto no se percataba de ello, suponemos que su equipo, que para eso está, debió actuar en consecuencia.

Una de las claves en el ejercicio del poder es qué tan bien informados están los gobernantes. No se trata sólo de reportarles lo que quieren escuchar o matizar las cosas. Se trata de informar a cabalidad y resolver los problemas y no esconderlos. La responsabilidad de ello es del equipo y de quien lo dirige.

Peña Nieto es evidentemente susceptible de equivocarse, es parte de la condición humana. Lo que es abiertamente fustigable es que su equipo no se diera cuenta de lo que pasaba. A los errores del Presidente, se sumó la carencia de una actitud crítica y autocrítica de su poco avispado equipo de trabajo.

Más que un informe, lo que hizo ayer el Presidente fue formalmente despedirse. Todos en Palacio Nacional sabían de lo que se trataba la ceremonia. El recuento que hizo Peña Nieto fue un intento por defender su sexenio, el cual hoy está en vilo, entre otros elementos, por los cuestionamientos del futuro Presidente.

Pronto sabremos si las críticas y amenazas de derogar algunas reformas por parte de López Obrador van en serio, o de plano eran parte de su contestataria y muy efectiva campaña.

Lo que será motivo de reflexión continua es por qué la sociedad mexicana veía con claridad el deterioro de las cosas, mientras que su gobierno era incapaz de hacer al menos un acuse de recibo.

RESQUICIOS.

Seguimos estando en los terrenos de la civilidad política o los intentos de sobrevivencia de Peña Nieto, según se quiera ver. La asistencia de Muñoz Ledo y Martí Batres al informe, abona al respeto entre unos y otros, aunque entre algunos morenistas haya gestos.

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser

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