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La Ciudad de México estrena un pulmón de 30 hectáreas de áreas verdes, Mi Parque La Mexicana: dos lagos, jardines infantiles, circuitos para bicicleta, corredores, un mirador, dos secciones de skatepark, un anfiteatro, un espacio zen, trotapista, jardín canino, topografía natural autosustentable, esquemas de conservación ecológica de más de tres mil especies de árboles, 180 mil metros cuadrados de áreas con jardines y 60 metros cuadrados de plantas ornamentales.

Tres veces el tamaño de la Alameda Central. Espacio ecológico que escolta a las torres del distrito comercial y residencial más dinámico del país, Santa Fe, en la zona poniente de la capital.

Mi Parque La Mexicana, una suerte de Hyde Park latinoamericano, que tuvo un costo de 2 mil millones de pesos y favorecerá a 130 mil personas. Cuenta con un sistema de avanzada tecnología de captación de agua de lluvia y luminarias que funcionan con energía solar. Se tiene acceso por el paseo de Los Encinos colindante con avenida Tamaulipas y Luis Barragán en la intersección del Paseo de Los Arquitectos que conduce directamente al paseante a la Plaza Central, a las coordenadas del Mirador y a las orillas de dos lagos artificiales.

Bastimento navegando en un mar verde que desafía el acero de las columnas macizas de los edificios contiguos.

“Todo aquí es nuevo. Todo huele a arbolitos recién sembrados, tierra fresca y removida. El trabajo ha sido arduo, pero ya recibimos a los niños y no hay nada más bonito que verlos correteando por entre los árboles, jugueteando con sus perros, enterrándose en la arena, montando bicicletas, sobre los patines, en las mecedoras. Esto es de verdad emocionante. Cuando el Jefe de Gobierno vino a inaugurarlo lo dijo muy bien: ‘Es un espacio para los niños, para la familia y debemos mantenerlo óptimo para recibirlos’. Eso hacemos entre una cosa y otra en los toques finales”, comentó Alberto Trelles, jefe de mantenimiento de los jardines infantiles.

Una muchacha camina hasta el Mirador con su mascota, va rápida como en trote regulado por el calor: “Vivo en la colonia Roma. Me enteré del Turibús gratis y vine con mi perra Lady a conocer el lugar. Me parece espléndido. Los niños están felices. La ciudad necesitaba este sitio”, expresa risueña bajo el inclemente sol del mediodía.

Y el mirador permite dar una ojeada a toda Santa Fe. Permite columpiarse en el farallón y divisar la lejanía del espacio encumbrado de atalayas de vidrios que relumbran en la plegaria inclemente de un sol sin miramiento, sin compasión: pero, amable.

“Me tuve que quitar el abrigo. Parece que estoy en otro lugar. Este calorcito me hacía falta”, comenta Paola, una adolescente con unos audífonos, bailarina improvisada en la orilla sur del lago.

Una planicie se derrama para cobijar a los infantes que se columpian en las trepadoras de los juguetes mecánicos. Un grupo se entierra en la fuente de arena. Otros cruzan los umbrales en el amarre de una cuerda de metal de 200 metros que los hace volar sobre el vacío.

Un señor aplaude a su nieta cuando la ve cruzando el horizonte improvisado. Una señora sube a su niña a la silla volante y la observa perderse en el vuelo ficticio de un Ícaro en la emoción del juego.

Y llegamos a las dos secciones del moderno skatepark: una veintena de adolescentes se empina en la pirueta desafiante del peligro. Saltan de muro en muro. La hazaña del boarding se colorea de presunción: estrenan pista nueva con geometría de grada retadora.

“Están maravillosas las esquinas y los empinados también. Hay que usar el casco obligado. Lo diseñaron muy bien. Es la tercera vez que vengo y aquí estrené la tabla que me trajeron mis tíos de Miami. Yo diría que compite con cualquier skatepark de Los Ángeles o de Nueva York”, acota Luis Mejía, estudiante de preparatoria y practicante empedernido de monopatinaje.

Una pareja, dos jóvenes de 20 años, viene de la ‘zona zen’: ella, vestida de negro; él, con un gorro azul y un pantalón corto. Vienen de meditar. “Es un lugar de mucha paz y tranquilidad. El silencio se impone. Somos practicantes de budismo y esta zona es maravillosa. Logramos concentrarnos, cosa difícil de conseguir cuando se hace en un lugar ajeno, distinto del que se frecuenta. El espacio propicia la paz. Cuando todos estos árboles crezcan esto va a ser un paraíso”, precisa Aitana Desfola, practicante de budismo Zen.

En preparación, el corredor Gourmet que acogerá a varios locales de expendio de comida en oferta de cocina internacional y mexicana. “No habrá un mejor lugar para pasar los fines de semana con la familia, se lo aseguro. Habrá posibilidad de consumir comida china, japonesa, mexicana y hasta vegetariana”, informa Raúl Veresawa, supervisor de las obras de la zona de restaurantes.

El sol se desparrama sobre la explanada. Varios ciclistas suben la cuesta, empapados de sudor: “Preferimos venir hasta aquí: es un lugar seguro y el sol ayuda para la resistencia, hoy ha estado maravilloso el despliegue del sol”, explica Descemer Rifare, entrenador de ciclismo escolar en Argentina, de visita en México con parte de su equipo.

Y por allá unos gimnastas hacen rutinas de barra. Por aquí la perra Sony se le escapa a su dueña y corretea por las hamacas. Un pajarito se posa en la entrada donde se lee: La Mexicana.

“Mire usted es uno de los primeros pajaritos que veo. Es buen presagio. Cuando estos árboles crezcan esto va a ser un prodigioso refugio de miles de aves”.

Mi Parque La Mexicana: pulmón de 30 hectáreas para que la ciudad respire a sus anchas.

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró

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