Ex presidentes en democracias

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Horacio Vives Segl


La coincidente aparición de los ex presidentes mexicanos en la escena pública los últimos días ha sido motivo de comentarios de toda índole sobre la pertinencia de su “activismo”. Algunas reflexiones sobre el tema.

 Contexto. Dentro de las llamadas reglas del ya (¿casi?) extinto hiperpresidencialismo mexicano se encontraba, entre otras, el acuerdo tácito de que los presidentes, al dejar su encargo, estaban orillados a desaparecer de la vida pública por un largo periodo (e inclusive si partían a un periodo de autoexilio en el extranjero, mejor aún). Con excepción de Miguel de la Madrid —quien fue director del Fondo de Cultura Económica en las administraciones de sus sucesores, Salinas y Zedillo—, los ex presidentes mexicanos de la segunda mitad del priato no volvieron a tener cargos públicos dentro del país (Díaz Ordaz y Echeverría fueron embajadores después de dejar la Presidencia). Esas reglas no escritas fueron parte del sistema político sobre el que se fundamentó el éxito de las sucesiones de los gobiernos del PRI. Fueron ellos quienes inventaron esas reglas y, a juzgar por la longevidad de ese régimen hegemónico bajo elecciones no competitivas, les funcionó. Pero esas reglas eran para ellos y no tendrían por qué seguirlas los ex presidentes no provenientes de ese partido (ni tampoco, podría decirse, los ex presidentes priístas bajo una Presidencia de otro partido). Así lo interpretó Vicente Fox, quien muy pronto empezó a romper la tradición y a hacer apariciones y declaraciones públicas más allá de lo esperado, según los usos y costumbres nacionales.

 Experiencia internacional. En América Latina es común que los ex presidentes vuelvan a tener actividad política al término de su mandato. Un claro incentivo —ausente en el caso mexicano— es la posibilidad de reelección al dejar pasar un periodo de gobierno. Es el caso chileno, con los ex presidentes Eduardo Frei Ruiz-Tagle (quien no consiguió la reelección, al perder contra el actual presidente Sebastián Piñera) o Michelle Bachelet (quien sí la consiguió y volverá a ostentar el cargo a partir de marzo). En Argentina, al terminar su mandato, Néstor Kirchner fue electo presidente de su partido (Justicialista), secretario general de la Unasur y diputado nacional. Uno de los casos más curiosos es el brasileño: Fernando Collor de Mello no pudo terminar su periodo de gobierno por enfrentar un juicio de impeachment y, ante la inminencia de su destitución, optó por renunciar. Acusado y luego absuelto por las instituciones de su país, Collor volvió a la vida pública y actualmente es senador de la República. Por su parte, el ex presidente brasileño José Sarney ha sido presidente del senado en cuatro ocasiones tras haber concluido su mandato.

 México hoy. El país se ha transformado y la democracia que se vive actualmente en poco se parece al régimen en apogeo del PRI del siglo pasado. De cualquier manera, tendemos a pensar que es adecuado, prudente y hasta obvio que los ex jefes de Estado deberían guardar silencio y un perfil discreto, de manera que el presidente en turno pueda desarrollar su agenda de gobierno sin que sus predecesores caigan en la tentación de querer enmendarle permanentemente la plana. Aún así, en una sociedad democrática no tendría por qué ser extraño que Salinas hable sobre los sucesos de 1994 a veinte años de ocurridos; que Zedillo mande una carta conjunta con otros ex presidentes latinoamericanos a favor de la flexibilización de los criterios de consumo de la mariguana, o que Felipe Calderón presente una fundación destinada a la elaboración de políticas públicas y el pensamiento crítico de acuerdo a su ideario político. Para muchos ciudadanos lo que esos señores puedan hacer o decir tiene relevancia e interés.

En cualquier democracia, como la que ahora tenemos, cualquiera tendría el derecho de manifestar libremente sus opiniones. Los ex presidentes no tendrían por qué ser la excepción.

hvives@itam.mx
Twitter:
@HVivesSegl

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