Ferias del libro

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De joven esperaba con entusiasmo la fecha en la que se montaba la Feria del Libro de Minería, que en este 2016 cumplió su aniversario número 37. Hoy en día es la que más trato de eludir porque me resulta caótica, incómoda y demasiado llena. Lo que en ella se consigue se puede comprar prácticamente en cualquier librería de buen tamaño. Dice Jesús Alejo en una nota publicada en Milenio que en México existen alrededor de cien ferias, desde la más grande —tanto del país como del mundo de habla hispana: la FIL Guadalajara—, hasta las que se organizan en municipios o delegaciones, y sin contar las más numerosas, que son las que se instalan en escuelas, tanto púbicas como privadas.

Tan solo en el 2015 estuve invitado a participar en diecinueve, sin tomar en cuenta las escolares, gracias a que fui nombrado embajador de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil. La de Bolonia, la más grande dedicada a los libros para niños, es una feria sin duda muy bien concebida que reúne a los profesionales del ramo: editores, agentes, libreros, bibliotecarios e incluso algunos autores e ilustradores. Tan grande como fría: lo que en ella resalta y resulta es el negocio. Algo similar sucede con las de Londres y Beijing: es más importante la compra-venta de derechos que la fiesta. En la primera se presentó Anthony Browne ante un pequeño auditorio; en Guadalajara hubiera llenado una de las salas grandes. Las de Bogotá y Buenos Aires reúnen ambas cosas, aunque se inclinan más hacia el festejo y la venta de libros. Las de Santiago, Quito, Los Angeles y Guatemala son más modestas, pero cumplen con su cometido: acercar a los lectores con los libros.

Algunas las conozco desde que nacieron. A otras las he visto desaparecer, como la organizada por María Luisa Armendáriz en el Centro Banamex luego de que trató de hacer propia la FIL Guadalajara. La tendencia es que van en aumento. En algunas, el púbico asistente a las presentaciones es escaso o nulo. En otras, rebasa la capacidad de las salas. Hace un par de años fui a la de Quito, cuando Colombia era el país invitado. Yo di una charla sobre mi obra: tres o cuatro personas que pasaban por allí se sentaron a escucharme, o quizás solo a descansar. Los colombianos intercambiaban sus lugares: ahora arriba, participando en una mesa redonda sobre el español de Bogotá, por ejemplo, ahora abajo como público: ponentes y oyentes a la vez.

Decía que las más numerosas en México son las escolares. Para un país con tan bajos índices de lectura parecería un dato contradictorio: leemos alrededor de tres libros por cabeza al año. Sin embargo, esas estadísticas no dan cuenta de la población que más lee: los niños entre los cinco y los doce años de edad. Si los tomaran en cuenta la cifra sin duda crecería mucho. ¿Por qué no se refleja este crecimiento al llegar a la juventud y la vida adulta? ¿Por qué disminuye el interés en los libros al entrar en la mayoría de edad? Creo que las ferias escolares, así como la venta directa que hacen las editoriales a los centros educativos a través de programas de lectura, acercan los libros a sus lectores, libros en su mayoría atractivos, bien diseñados e ilustrados: no voy a la feria del libro, la feria viene a mí. Además, las bibliotecas escolares y de aula se benefician el resto del año ya que las editoriales regresan en especie una parte de las ganancias obtenidas.

Si bien se pierde el interés a esa edad, los beneficios de la lectura permanecen. Dice Bruno Bettelheim que aquel niño que leyó cuentos de hadas (y yo añadiría también los cuentos de tradición oral y la literatura infantil contemporánea) habrá ejercitado la imaginación, útil en la vida adulta a la hora de resolver problemas y sortear obstáculos. Y habrá colaborado, junto con la educación de los padres y de quienes están al cuidado del niño, a dotar de sentido a la vida.

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