Fernando Corona
El fuego en letras de molde

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Por Adolfo Castañón

ILas tomografías hechas con rayos x suelen hacerse a los pacientes vivos, empero también pueden realizarse en los laboratorios de los museos. Por ejemplo, en Holanda, el Museo de Drenthe, en los laboratorios del Meander Medish Centrum, donde en febrero de 2015 un equipo de investigadores practicó una tomografía digital a una estatua de un Buda para determinar su edad. La escultura cuenta con más de un milenio; fue fraguada entre los años finales del siglo xi y los albores del xii. No se puede pensar que estuviese en mejores condiciones. Al ser examinada por los sensores, reveló que en su seno se alojaba la momia de un monje budista cuyas vísceras a su vez habían sido sustituidas por finos rollos manuscritos que recogían plegarias y poemas en chino clásico. Al parecer, no era inusual la práctica de rellenar objetos de arte con forma humana con restos, que a su vez habían sido colmados de pliegos manuscritos.

Esta noticia que conmovió la atención de los orientalistas recorrió la prensa y fue comentada por el periódico español abc y por El Universal de México en febrero de 2015 en su sección de cultura. En la edición digital de este diario se ve a la estatua entrando acostada a un cilindro blanco donde le sería tomada la tomografía, luego se ve al Buda color amarillo oro sentado en posición de loto, y finalmente la imagen de la estatua al pasar por los rayos x donde se ve la caja toráxica del cuerpo momificado que fue relleno de sutras e inscripciones religiosas.

La imagen de esta doble ánfora humana que ha atravesado los siglos transportando un puñado de oraciones y plegarias escritas con diminuta caligrafía se me impone para saludar el libro de cuentos de Fernando Corona (México, 1978) intitulado El libro de los libros.* Se trata de un haz narrativo que se entreteje y evoluciona como una familia de serpientes. El flautista que las encanta con musicado aliento lleva por nombre Fernando Corona. Uno de sus personajes fue su maestro, el académico y humanista Salvador Díaz Cíntora. Los cuentos reunidos en este libro
pautan diversos ambientes, pero tienen en común el universo de las bibliotecas y de la historia del arte, exploran lo verosímil y lo fantástico y se plantean, de hecho, como un ejercicio soberbio y audaz de esgrima de la imaginación con lo real. Fernando Corona tiene un aire de aristócrata filipino y su elegancia recuerda la del leopardo y la de la daga. Pienso que quizás alguno de
los sutras intestinos del Buda y de su momia coincide con ciertas frases del libro del mexicano que aspira a medir sus ojos con los parpadeos fosforescentes de lo inmemorial.

II. “La calle de las apariciones” es el último de los nueve cuentos que componen el volumen. “Soy yo el que te veo, y que me veo verte, y que al verme, te hago” reza el epígrafe de Raymond Abellio, ese misterioso escritor francés que se diría un híbrido de Gurdjieff y de Malraux. El cuento del cuento: la historia de un maleante que cambia de rostro contada por un testigo que va revelando su identidad con ese personaje hasta fundirse con él. La narración tiene lugar en un punto específico de la Ciudad de México: los alrededores de la esquina que hacen la avenida Barranca del Muerto y la Calzada de Los Leones. El tema del rapto o metamorfosis del rostro, y en consecuencia de la identidad misma, parecería hacer eco al segundo cuento del libro cuyo tema es el libro que está detrás de o que atraviesa los libros.
En “La calle de las apariciones” la experiencia está inmersa o se baña en una progresiva transformación de la conciencia que hace que el narrador, y en consecuencia el lector, zozobre en la contemplación, se abisme en lo contemplado, por ejemplo, una escultura del Beso de Piedra, y lo lleve a perderse a sí mismo, a extraviarse y a dejar de ser él mismo para pasar a ser una aparición.

El cuento participa de lo fantástico y de lo mágico, sugiere que el autor bebe en fuentes muy antiguas y que su apariencia juvenil es engañosa pues tras su rostro brillan y se mueven ascuas de sabiduría milenaria. Dicho de otro modo, Fernando Corona es un “alma vieja”, suficientemente antigua como para poder hacerse cargo de transmitir esta narración como si sólo fuera un cuento.

III. A Fernando Corona lo conocí hace unos años gracias a Alicia Reyes, su amiga, maestra y casi diría tutora. Me llamó de inmediato la
atención su mirar penetrante y a
la par soñador, su capacidad para escuchar, palpable en sus respuestas y comentarios, su erudición en varios terrenos. Otro dato que me llamó la atención como una suerte de coincidencia, fue su amistad y alianza filial y discipular con el académico, filólogo y políglota Salvador Díaz Cíntora (1937-2004), quien llegó a ser secretario de la Academia Mexicana de la Lengua. A este maestro está dedicado El libro de los libros, junto a Alicia Reyes, José Luis López Habib, “Yusuf” y Roberto Heredia, amigos “en el laberinto” y “guías de bibliotecas y de pasos abiertos”. Díaz Cíntora es además personaje explícito del cuento “La biblioteca”, y quién sabe si los otros mencionados no lo sean en forma implícita y oblicua de algunos de los otros cuentos, como quién sabe si Díaz Cíntora no sea también aludido en forma alusiva y tangencial en alguno de los otros. A los 39 años de su edad, Fernando Corona viene a cosechar estos nueve cuentos. No está aquí reunida toda su obra narrativa. Por ejemplo, no lo está el poderoso y mágico cuento “El roble”, publicado hace doce años, en 2005. El dato no es irrelevante. Corona ha publicado antes algunos libros de poemas como Cantos de silencio, Los trenos de la Iglesia de piedra (2004) o el libro de ensayos Arqueopoéticas. Tres cantos primitivos sudamericanos (2015). Estos indicios bastan para respaldar que no es un azar que haya publicado este libro de tensos e intensos cuentos ni que haya decidido lanzarlo al público desde la Capilla Alfonsina que, podría decirse, es en cierto modo su cuna literaria.

Salvador Díaz Cíntora es uno de los personajes del libro. Casualmente, es decir, por un azar que sólo puedo apellidar “objetivo”, este personaje que llegó a ser secretario de la Academia Mexicana de la Lengua con José G.

Moreno de Alba como director, fue amigo cercano de Rubén Bonifaz Nuño, de Jesús Castañón Rodríguez, el autor
de mis días, y de Enrique Fuentes Castilla, el propietario de la Antigua Librería Madero.

No exagero al decir que una de las presencias magnéticas que habitan esta construcción de nueve patios o nueve terrazas es esta esfinge humana
llamada Salvador Díaz Cíntora. Mi padre nunca me habló de Salvador, pero éste sí de él. Me dijo varias veces en la Academia que un día teníamos que hablar de él. Yo traducía eso como “tenemos que hablar de ciertos libros y de ciertas cosas” que él me enseñó. La otra imagen que tengo de la esfinge es la que me ha referido Enrique Fuentes: un hombre delgadísimo que va leyendo en un autobús de pie la Eneida en latín, sosteniéndose en el vaivén de una barra metálica.

El libro de los libros es el título de un libro y de un cuento. El asunto central del libro y del cuento es la lectura, el conocimiento, la imposibilidad de la lectura, la imposibilidad del conocimiento. Los nueve cuentos son como nueve caminos que serpentean al paso de distintos géneros, nueve viajes alrededor de lo sagrado, del deseo, la muerte, la ausencia y la presencia, el bien, el mal, el azar, el terror.

IV. “El tripulante” es una historia de piratas, impregnada de ecos y resonancias de Joseph Conrad y de Robert Louis Stevenson, desde luego de Borges. La historia del capitán Thatch, más que una historia, se diría que es un mapa y traza una geografía. “Él es el infierno”, nos dice el narrador, alguien capaz de decir: “La muerte no es muerte cuando la vida es más terrible, las huellas bien grabadas en vida no puede borrarlas tan fácilmente el soplo de la muerte” (p. 61). Este es uno de los cuentos más estremecedores y atrevidos del libro. En él se da:
… la estrecha relación de Thatch con el diablo. Cada cual le atribuía el fruto de sus propios temores. Para algunos era el propio Satanás, altivo y digno, más propio de respeto que de horror, una de esas personificaciones en las que uno confía todo aun cuando se trate de la condenación más honda; para otros era el acólito del diablo, el mensajero en la Tierra —o en la nave—, el eco resonante en las tinieblas; otros más lo veían como el desquiciado poseído por el demonio al que, tarde o temprano, alguien o algo habría de salvar y devolver a la tripulación cuerda y sensata. (p. 64).

“Pero Drumond y Thatch son uno mismo”. (p. 65). La frase se repite unas quince líneas más adelante: “Drumond y Thatch son uno solo.” (p. 65). ¿Sería demasiado atrevido pensar que el narrador, Drumond, Thatch y el innombrable son uno solo? ¿Sería demasiado atrevido pensar que esta narración donde se juega a hacer “hogueras privadas” juegue también a ser una suerte de hoguera privada? De ser así no estamos ante un libro tradicional. El libro de los libros quema las manos, trae el fuego, está hecho de llamas en letras de molde e incendios entrelineados en sus páginas.

V. El de Salvador Díaz Cíntora no es un nombre accidental, es una suerte de clave iniciática de esa poderosa poética arcaica o arqueopoética que tensa y eriza el espacio literario de estos nueve patios. “Cualquier lectura puede convertirse en algo bello o infinitamen te horrendo”. El contexto o paisaje en que aparece esta frase es el siguiente:

En ese instante Ricardo de los Santos vio mi rostro, apretó con su debilidad senil mi brazo por encima apenas de la coyuntura del codo y pronunció lo que nunca debí escuchar, incluso desde que los labios del doctor Díaz Cíntora lo mencionaron como entre las inmediaciones de una broma y un secreto:
“Como ves, cualquier lectura puede convertirse en algo bello o infinitamente horrendo”. Pude haber seguido la charla, consultar, cuestionarlo inclusive, pero dejé al viejo con la mano al aire, como queriendo todavía sujetar mi codo, y salí de ahí a paso lento pero urgente, tras una cortés despedida, hasta alcanzar la puerta y apresurarme desde ahí a las siguientes tres esquinas, donde un camión me salvó de seguir andando sin ruta azuzado por el miedo.

Un gesto espantoso había esa noche en la cara de Ricardo de los Santos. No era precisamente un aspecto, un rictus o su semblante; nada que ver con la edad ni la apariencia. Mi temor provenía de la forma como el rostro se había revelado: universal, eterno, impersonal. Juro que vi esa expresión en la cara del doctor Díaz Cíntora, hacía meses o años, también en cierto sacerdote cuando era niño, en un personaje de película en el papel de Satanás, en la vecina anciana de un primo de Jalisco en el momento en que aconsejaba a su nieta, en mi abuelo cuando hablaba de política, y en mí mismo, sin duda, cuando vuelvo a una estantería. No quise saber del viejo De los Santos, no al menos esa noche ni las subsecuentes, durante casi un mes y medio. (pp. 46-47).

VI. Si escribo que “Los dados del azar” es una fantasía a la vez profética y mágica, puedo querer decir que el cuento está impregnado de una atmósfera inquietante que colinda con el sueño y con el conocimiento matemático, pero quizá también podría entenderse que el narrador tiene algo de mago y de profeta, de taumaturgo y de vidente y más todavía quizá podría sobreentenderse que el objeto literario fabricado por este alfarero de la palabra está hecho con una maliciosa pre-meditación para manipular la atención del lector avezado. Si digo que el cuento “El elevador” se plantea como una construcción falazmente verosímil para introducir en el lector un ánimo desasosegado a partir del episodio en apariencia trivial de alguien que se queda encerrado en un ascensor y empieza a jugar con el lenguaje, quizá soslayo que el verdadero juego desplegado en la narración es el del lenguaje urdido por este sastre de lo inverosímil que sabe entreverar el calcetín de lo supuestamente real con el pie presuntamente firme que anclamos en la realidad. Si enuncio que la falsa leyenda clásica “La sombra en la
arena” gira y alza su construcción en torno a las palabras del título, parecería que practico un malabarismo retórico, cuando lo único que quisiera apuntar es esta des-construcción sintomática de esta poética negativa. Si tomo “Las llaves de la nada” y pretendo abrir con ellas las puertas de la imaginación y de la percepción, tendré que dar la razón a los versos del pintor apócrifo Cecil Constance: 

Maldigo sobre todo a este demonio
fugaz, introvertido, lúcido, albo,
que dice nada y todo lo revela.

Y al comentario de la curadora fantástica:

es posible ver en el segundo verso al demonio pasar inadvertido, como ráfaga, hacia abajo, directo hasta las catacumbas del alma y sentir en los ojos la intensidad luminosa de su paso. (p. 77).

VII. “Las catacumbas del alma” son el espacio natural en que se desarrolla o desarrollan las nueve serpientes que anidan en estos cuentos donde se abriga lo inadvertido y por donde pasa como ráfaga el aliento de lo demoniaco. Podría decirse que estos nueve cuentos son nueve luchas contra el demonio. El autor, el lector, han sobrevivido a ellas.

*Fernando Corona, El libro de los libros, colección Piedra de fundación, Gobierno del Estado de México, 2015, 143 pp.

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