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Algunos empresarios están conscientes del paraíso que es nuestro territorio y llegan a hincharse los bolsillos. Foto: Especial

Durante 2017 México sufrió el fenómeno de la festivalitis. Al Vive Latino, Corona Capital, Nrml, etc., se anexaron nuevos festivales. Algunos creados al vapor y otros de plano improvisados al ahí se va. Esto, sumado a la oferta con la que fue asediada la comunidad rockera, arrojó uno de los años con más propuestas de conciertos en nuestro país. Aunque esto parece positivo, no fue así.

Varios eventos se cancelaron. El Aurora, que tenía en el line up a Spiritualized, Thurstoon Moore y Tortoise, a desarrollarse en el Pepsi Center, fue uno de ellos. Los organizadores ni siquiera tuvieron la delicadeza de enviar un comunicado. Queen’s of the Stone Age fueron otros que habían anunciado en su página una visita a México y también se esfumaron sin avisar. En Guadalajara el festival de blues, que apenas iba por su segunda edición y tendría a Los Lobos como banda estelar, se cayó también. Los motivos son varios: el sismo,
la poca venta de boletos en algunos casos y la excesiva oferta que sobrepasó los bolsillos de los espectadores.

La fiebre por los festivales se debió a la ruptura entre Occisa (Ocesa) y Live Nation. Antes estas dos compañías se repartían un porcentaje de los conciertos en México. Pero desde que concluyeron su sociedad, Ocesa sólo realiza la operación, la producción y pone el inmueble. Obvio no corre riesgos de pérdida si el artista no vende boletos. Este cambio ha impactado sustancialmente en sus ganancias. Ya que Live Nation son los que manejan a los mejores artistas en el orbe. Entonces los que hemos salido perdiendo somos los aficionados a la música. El precio de las entradas se ha elevado escandalosamente. Por ejemplo, por primera vez en la historia era más barato un boleto de U2 en Estados Unidos que en México. Y por primera vez también, una de las dos fechas de U2 reportó pérdidas en nuestro país. Con los megaconciertos siempre existe la posibilidad de que el boletaje no se agote, pero esto jamás le había ocurrido a una banda como U2 en suelo azteca.

¿Recuerdan la bronca entre Ocesa y el Hell & Heaven en 2014 que llevó a la cancelación del festival? Gracias a Live Nation, Ocesa tenía un control fascista sobre lo que se presentaba o no en México. Pero ahora, no sólo el Hell & Heaven, sino casi cualquiera es libre de contratar los servicios de Live Nation. Eso ha desatado la festivalitis y la concertitis. Y los precios de las entradas. Este año Red Hot Chili Peppers cobraron en pista más de dos mil pesos en sus fechas en el Palacio de los Deportes. Y en la segunda tocaron sólo una hora veinte minutos. Los dos fueron sold out. Algunos empresarios están conscientes del paraíso que es nuestro territorio y llegan a hincharse los bolsillos.

Por otro lado están los problemas que se derivan de los conciertos espontáneos. Es decir, de gente que no tiene experiencia en el campo o que de plano por ahorrarse unos pesos realiza el evento en donde se le hinche. Tal es el caso del Ceremonia, que se pospuso por la obcecación de sus organizadores de realizarlo en un sitio improcedente. Aquí debemos reconocer que actuaron de forma adecuada al no seguir adelante con el evento. Pero problemas de este tipo van a seguir ocurriendo porque los conciertos necesitan llevarse a cabo en un recinto adecuado. Ya no estamos en los tiempos de Avándaro. Otro caso es el Plaza Condesa, que se vio afectado por el sismo. Continúa en funcionamiento, sin embargo, la misma gente que acude a los shows ha manifestado su desconfianza en cuanto a la salud del edificio. Ojalá no ocurra una tragedia.

En los últimos años, en parte porque todos quieren una rebanada del pastel, y en parte por el divorcio Ocesa-Live Nation, los conciertos masivos de rock han dejado de pertenecer sólo a la CDMX. Monterrey y Guadalajara han comenzado a pelear el mercado. Al Pal Norte, El Roxy, etc., se ha sumado la expansión del Corona Capital a Guanatos. Que ya este año anunció su line up. Tristísimo, por cierto, con los Killers como cabeza de cartel. El fenómeno de la festivalitis está fuera de control. No les importa repetir bandas hasta el infinito con tal de vender una entrada.

2018 es un año que pinta igual. Los precios de las entradas al Hell & Heaven en su tercera fase sobrepasan los 4 mil pesos. Es una ridiculez. Desafortunadamente el público se ve orillado, con tal de ver a sus artistas favoritos, a pagar lo que pidan. No quiero sonar fatalista, pero estamos en manos de puro tiburón. Atrás han quedado los tiempos en que asistir a los conciertos era posible para el bolsillo del mexicano promedio. Hoy parece un lujo absurdo.

El panorama de los conciertos en México en el presente es pan con lo mismo, pero cada vez más costoso.

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