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Foto: Mariana Yazbek
Foto: Mariana Yazbek

El trabajo de Flavio González Mello (Ciudad de México, 1967) ha ido a caballo entre el teatro, el cine y la televisión, además del ensayo y la investigación teatral. Entre sus obras se encuentran Cómo escribir una adolescencia, 1822: El año que fuimos imperio, Obra negra, Edip en Colofón, El padre pródigo y La negociación, con la que recibió el Premio Nacional de Dramaturgia Víctor Hugo Rascón Banda. Gran parte de sus piezas tienen un punto de encuentro: la mirada hacia el pasado y la reflexión sobre la relación del hombre con el poder, así como la memoria y desmemoria de historias algunas veces situadas en el México violento, como su más reciente montaje, Olimpia 68: Lecciones de español para los visitantes a la Olimpiada. Esta pieza, bajo la autoría y dirección González Mello, se reestrena este fin de semana en el Teatro Julio Castillo; presenta una serie de historias de deportistas que ignoran lo ocurrido diez días antes de la inauguración de las Olimpiadas de 1968. Estrenada en 2008, ahora se presenta en una nueva versión escénica.

¿Qué se verá en esta versión de Olimpia 68, a cincuenta años del 2 de octubre?

Olimpia 68 es una obra que aborda el mes de octubre de 1968 desde las dos caras de la moneda. A través de los competidores que vienen a la Olimpiada nos asomamos un poco a esa otra realidad acallada, silenciada, de lo que había ocurrido diez días antes de la inauguración, en la plaza de Tlatelolco, de lo que estaba ocurriendo y lo que ocurriría durante los meses posteriores: la persecución, la represión. De algún modo nos asomamos a una cara de la realidad a través de la otra: la parte trágica, violenta y cruel y, por el otro lado, la fiesta olímpica que para los competidores es lo más importante, un evento para el que se han preparado durante años. Esos contrastes me parecían muy interesantes cuando escribí la obra, y ahora que dirijo este montaje, a cincuenta años de los hechos, me interesó explorar qué sucede cuando llevamos ciertas convenciones deportivas al escenario.

La pieza no es propiamente una crónica, pero tampoco teatro de denuncia. ¿Cómo defines este trabajo?

Es una obra muy libre. En efecto, no pretende ser una crónica ni una denuncia. Yo no creo en el teatro de denuncia sino en el teatro crítico. Denunciar nos coloca de entrada en un punto moralmente favorable, señalando a quienes están del otro lado. Yo veo una realidad muy compleja, muy paradójica y si algo hay que denunciar nos incluye a nosotros mismos. ¿Cómo es posible que el país entero o una enorme cantidad de mexicanos volteamos a disfrutar las Olimpiadas como si nada hubiera pasado unos días antes? No se trata de acusar a la gente: hay razones para que haya sido así. Me parece un problema complejo y por lo tanto interesante de hurgar en el escenario. Pero no me propuse hacer una obra documental, ya hay muchos libros que documentan el 68 de forma minuciosa.

“¿Cómo es posible que una enorme cantidad de mexicanos volteamos a disfrutar las Olimpiadas como si nada hubiera pasado?”.

Entonces cuál es la apuesta.

Las historias están centradas en lo que significa tener veinte o treinta años y estar en esa encrucijada, entre la disciplina y búsqueda de la libertad. Los atletas que vinieron a los juegos olímpicos tenían la misma edad de quienes se rebelaban en las universidades. Para el atleta, la disciplina es imprescindible para conseguir sus objetivos. ¿En qué punto se parece a los estudiantes movilizados en las universidades? Hay escenas abiertamente oníricas, no es una obra realista. A mí me interesa romper con el realismo para buscar algo, digamos, más metafórico, más abstracto, menos apegado a la realidad.

Esta obra se estrenó por primera vez en 2008 y ahora se presenta en el cincuenta aniversario del 2 de octubre de 1968. ¿Por qué montarla una vez más?

La escribí en 2007, sin el motivo de algún aniversario. Creo que los aniversarios son una manera cómoda de acordarnos de algo, para luego olvidarlo hasta que pasen diez, veinte o cincuenta años, las famosas cifras redondas que nos obsesionan, como decía Borges. La verdad es que yo la tenía escrita y la manera de presentarla fue a través de un programa de actividades para conmemorar los cuarenta años del movimiento estudiantil. Ahora, de nuevo, la coyuntura del medio siglo de esos hechos genera la viabilidad de que haya un presupuesto donde puede insertarse esta obra, pero desde luego no tiene como objetivo rememorar. Uno de sus temas centrales es el silencio, y el otro es, justamente, ¿por qué recordamos y por qué olvidamos? Es muy fácil decir: “2 de octubre no se olvida”, pero a mí lo que me interesa es saber cuánto tiempo puede uno seguir recordando un evento de esta magnitud y violencia, y por qué empieza a ser olvidado. Entonces, ¿cuándo podemos decir que algo se volvió un hecho realmente olvidado? ¿Cómo funciona esta cosa rara que es la memoria colectiva, cuando el gobierno de Díaz Ordaz apostó por borrar lo que había pasado en Tlatelolco para que la imagen que se recordara de México fuera la de los juegos olímpicos? A cincuenta años de distancia, ha ocurrido lo contrario: de las Olimpiadas nos acordamos cada vez menos y de Tlatelolco, cada vez más. La obra reflexiona un poco en todo esto, como lo hacía hace diez años. Ha sido interesante trabajar con esta nueva generación de actores y ver qué implica para ellos: hoy tienen la misma edad que los protagonistas de aquel momento, y creo que comparten, por lo menos, el mismo espíritu crítico.

La memoria y su pérdida, voluntaria, colectiva, ha sido una constante en otras piezas tuyas, como Edip en Colofón. ¿Qué le aporta esto al teatro?

Si lo vemos desde el lado más optimista, uno no puede huir de sus obsesiones y una de ellas, desde luego, es la memoria. Edip en Colofón y Olimpia 68 surgieron y se consolidaron en mi imaginación más o menos al mismo tiempo, así que comparten ese tema desde dos perspectivas diferentes. En las dos hay un amnésico, ya que para mí la memoria es más interesante en ausencia que en presencia. En Olimpia 68, sólo uno de los personajes estuvo en Tlatelolco (es el único, de casi medio centenar de personajes, que estuvo en Tlatelolco) y no recuerda nada. Ahora lo veo como una especie de truco para no hablar de Tlatelolco —que es de lo que siempre se habla cuando se habla del 68—, porque en el fondo me parece que yo pertenezco a una generación que no vivió el 68 pero creció con él, con una sombra o cicatriz de los acontecimientos, una realidad de la que no sabíamos nada pero que poco a poco se reconstruyó.

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