Francisco Hernández
“No soy más que un imitador de voces”

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De Francisco Hernández se ha dicho práctica-mente todo. Quién es, de dónde viene, cómo escribe; que tiene un tatuaje en el brazo izquierdo, que fuma los sábados, que decidió retirarse de la publicidad para dedicarse de lleno a la literatura, que su heterónimo “Mardonio Sinta” es un coplero muy simpático, y que, sin duda, es uno de los poetas más importantes de nuestros tiempos. Nació en San Andrés Tuxtla, Veracruz, y este 2016 cumple setenta años. Ha recibido innumerables premios, entre ellos el Nacional de Ciencias y Artes, el Xavier Villaurrutia y el Nacional de Poesía Aguascalientes.

Hernández es un poeta polifónico: lo mismo es él en su infancia que los demonios de Robert Schumann, Georg Trakl, Emily Dickinson o Charles B. White; la experiencia de habitar tantas historias y personajes se ha convertido en su sello poético. Pero más que una reflexión intelectual, Hernández comparte en esta conversación sus pasiones, esos lados oscuros que alimentan la poesía; mira al pasado y habla, sobre todo, de su nuevo libro, Odioso caballo (Almadía, 2016), que está por llegar a las librerías mexicanas.



Ya casi setenta años. ¿Cómo se vive esa edad?

Me acuerdo de esa frase para mí inolvidable de Max Aub, que dice: “Se nos va el tiempo, se nos fue”, y así es. Me acuerdo de muchas cosas, sobre todo de muchos inicios. Te das cuenta de lo más obvio: que el tiempo está hecho de inicios. Nadie puede decir: “Aquí me paro, ya llegué, ya estoy acomodado”, eso sería un símbolo de mediocridad. Yo no respiro así. Por eso, si mi poesía reunida se publica próximamente, el título sería En grado de tentativa, o algo así, porque para mí todo está en grado de tentativa, todo lo estoy tratando de hacer. “En grado de tentativa” es un término jurídico, es “asesinato en grado de tentativa”, entonces esto es poesía en grado de tentativa. Yo sólo sigo intentando las cosas hasta el día de hoy, y supongo que así será hasta el último suspiro, y después les quedará a los demás saber si había ahí algo que se pueda llamar poesía.

A lo largo del tiempo, ¿ha cambiado algo en tu oficio de poeta? ¿En tu voz?

Me siento igual de inseguro. A veces pienso: “Ojalá pudiera decir estas cosas pero con otras voces, de otra manera, no regresando a los tonos que usé en los principios”; no soy más que un imitador de voces, para citar a Thomas Bernhard, ese autor que tanto me gusta —soy un mal lector de novelas, lo confieso, pero Bernhard me gusta mucho. Él, en su libro de cuentos cortos El imitador de voces, presenta a un imitador que tiene mucho éxito y cuando le preguntan por qué no habla como él mismo, por qué no muestra su voz, el personaje contesta: “No sé cuál es mi voz”. Y eso quizá me da ciertas respuestas a lo que yo hago. Me siento muy a gusto hablando como ciertos personajes o contando la vida de Emily Dickinson, Robert Graves, Georg Trakl, Robert Schumann, Friedrich Hölderlin. Y antes de eso, ¿qué había? Sí habló mi voz, sí conté mi infancia en Mar de fondo, pero últimamente ya no lo hago. Ahora parte de mis impulsos poéticos se encuentran en la obra gráfica: la fotografía, la escultura, la pintura.

Sin embargo, tu obra siempre tiene un encuentro con la infancia.

Hay un artista plástico que firma “Moris”, que tiene una obra muy particular.
Lo conocí, me invitó a su estudio y lo visité. Sólo fui una vez. Y empecé a ver todo lo que había ahí y tomé notas. Y Leticia, mi esposa, es la que platicaba con él, yo tomaba notas y escribí más de treinta textos que me gustaron tanto que saqué del nuevo libro toda una sección dedicada a París y metí la del Moris. Así que… un mes en París valió… Sólo bastó un momento para vivir la creación totalmente novedosa, que te despierta sensaciones que no esperabas, que resultan absolutamente desquiciantes y me conectaron con recuerdos que no esperaba.

[Hernández muestra una escultura: una tabla vertical de aproximadamente 25 centímetros, donde está colocada la mandíbula de un animal, como de un chivo; abajo, una dentadura postiza y en medio, una segueta. Continúa:] Mi padre era dentista y nunca tuve una buena relación con él. Entonces, te explicarás todo. Eso fue el detonador. Cuando empecé a escribir, escuchaba la voz de mi padre y veía cómo la dentadura postiza avanza por mi cama, llega y me muerde el cuello; se vuelve algo aterrador, pero es que eso también soy yo. Y mientras estaba escribiendo esos poemas, Moris tenía una exposición en Stuttgart, Alemania, y se me mete también Alemania. Y entonces se aparece Hitler, Berlín, y Paul Celan con ese verso que nunca se olvida: “La muerte es un maestro de Alemania”. Así se hizo este texto que dejó fuera a París. Me gusta ahondar en esas geografías que me hacen recordar lugares donde nunca he estado.

Está próximo a publicarse tu nuevo poemario, Odioso caballo. ¿Qué significado tienen los caballos en tu vida?

Vienen de la infancia. Cuando era niño, vivíamos junto a una calle empedrada y los lecheros utilizaban caballos para llevar sus peroles, la leche. Oía los cascos contra las piedras y me gustaba mucho. Quería que me dieran un paseíto pero mi mamá no me dejaba, menos mi papá. Un día, mi mamá se atrevió a decirle al lechero. Y me subió. Mi madre —que falleció hace quince días—, me cuenta que mientras me daban el paseíto, al lechero le avisan que acababan de apuñalar a su padre en una cantina. El lechero corrió con todo y chamaco a la cantina, y al llegar encontró a su padre muerto.

Siempre quise tener un caballo, porque según yo cabía en nuestro patio, pero mi padre no me dejaba, él me contestaba: “Ponte a leer la historia de la literatura hispanoamericana o El llanero solitario”: yo creo que eso desembocó en este libro. Los personajes son caballos casi en todos los textos de la primera parte del libro; la segunda se llama “Paterson, la horrible”, y tiene que ver con un libro de
William Carlos Williams que se llama Paterson, de donde era Williams; y “la horrible” tiene que ver con un libro del peruano Sebastián Salazar Bondy, Lima, la horrible. Los uní porque descubrí que Paterson es la ciudad de Estados Unidos donde más peruanos hay. Por último están los poemas sobre la obra de Moris y cartas a escritores como Vicente Rojo, Juan Gelman, otra vez Trakl, Mark Rothko y Leila Guerriero, entre otros.

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