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Stefan Zweig y Joseph Roth en Ostende, 1936.

Al caminante no se le pregunta adónde va, sino de dónde viene. Sin embargo, lo que a un caminante le importa es su destino, no su punto de partida.

Joseph Roth, Judíos errantes

Había una vez en el distrito de Zlotogrod un almotacén que se llamaba Anselm Eibenschutz. Su tarea consistiría en verificar las medidas y los pesos de los comerciantes en todo el distrito”. Así comienza el relato breve de Joseph Roth titulado “Pesos y medidas”, uno de sus últimos libros, publicado en alemán en 1937, poco antes de su muerte en 1939. “Había una vez” remite al lector al inicio de los cuentos infantiles que alientan a la imaginación a volar a un reino de fantasía ubicado en un tiempo lejano, donde todas las historias tienen un final feliz que exalta valores como el amor, la sinceridad, la humildad, etcétera, aunque los bondadosos protagonistas deban sortear infinidad de peligros y obstáculos para librarse de villanos que intentan destruirlos. Sin embargo, “Pesos y medidas”, aunque entabla una complicidad entre narrador y lector, como en los cuentos infantiles, en los que el silencio es tan importante como las palabras, resulta una narración totalmente ajena a las historias para niños. Más bien es el descenso a los infiernos de un hombre en el entorno de la degradación moral de una sociedad en la que corrupción y falsedad son la norma.

Anselm Eibenschutz, un antiguo oficial del ejército austrohúngaro, ha dejado su regimiento a instancias de su esposa, una mujer a la que en el fondo no ama. Ha tomado la decisión con el fin de obtener un puesto como funcionario civil a cargo de verificar los pesos y las medidas de los comerciantes en el distrito de Zlotogrod, ubicado en los confines de la frontera ruso-austriaca, un lugar al fin del mundo, olvidado por Dios y habitado ante todo por humildes aldeanos judíos. No le resulta fácil adaptarse. No soporta el frío salvaje ni la pobreza de la región. Detesta su trabajo como verificador de pesos y medidas, verse obligado a lidiar con mercaderes tramposos.

EIBENSCHUTZ NO ES como el almotacén anterior, ese funcionario que aceptaba los engaños. Al mismo tiempo, la población de Zlotogrod lo odia: es el representante del Estado en un lugar donde los habitantes desprecian y se burlan de la ley y la autoridad (Zlotogrod refleja lo que Roth narra de su natal Brody en Fresas: los funcionarios viven de los sobornos, los delitos leves no son descubiertos, a los falsificadores de moneda no se les persigue y nadie va a la cárcel). El almotacén, por su trabajo, debe viajar por todo el distrito en un carro conducido por un viejo caballo, y el ambiente de corrupción que impera lo mortifica. Hombre íntegro, denuncia a los comerciantes que falsifican y mienten e incluso los envía a prisión, aunque su corazón no esté de acuerdo con el castigo. Para colmo, descubre que su mujer lo engaña y se embaraza de su propio secretario.

La vida de Eibenschutz transcurre en esa atmósfera asfixiante y en ese desasosiego vital hasta que en la taberna de Zlotogrod, ubicada en la frontera ruso-austriaca, frecuentada por soldados, desertores, refugiados y contrabandistas, donde se bebe y juega a toda hora, conoce a la preciosa gitana Euphemia: se trata de la mujer de Jadlowker, dueño de la
taberna y conocido criminal desde sus tiempos juveniles en Odessa. Entonces, devorado por la pasión, una vez que logra encarcelar a Jadlowker por tramposo y hacerse de la administración de la taberna, convierte a Euphemia en su mujer; el almotacén comienzauna época de vida exultante pero, al mismo tiempo, el inicio de su caída moral cuando comprueba que la gitana también comparte cama con Samesschkin, el vendedor de castañas que pasa el otoño y el invierno en Zlotogrod. Eibenschutz, un hombre probo, insobornable, trabajador y serio, caerá paulatinamente en una situación degradada y degradante: ilegalidad, alcoholismo, infelicidad y descuido personal en una atmósfera de creciente corrupción y bandidaje. La catástrofe es previsible y una epidemia de cólera acelera la tragedia: entre los presos utilizados para enterrar a los muertos se encuentra Jadlowker, quien termina por asesinar brutalmente al almotacén.

EL RELATO SIGUE la tradición de los narradores populares que en los veranos relatan historias en el claro del bosque y en los inviernos, junto a las brasas de un fogón, pero recupera también la tradición literaria de los maestros jasídicos, cuyas parábolas y alegorías están dirigidas más a la imaginación que a la sabiduría. La grandeza narrativa de “Pesos y medidas” se encuentra en el rescate de la herencia de los “pequeños personajes”, los “pobres hombres”, desplegada en la tradición literaria judía, y al mismo tiempo en la literatura rusa y centroeuropea, como es el caso, por ejemplo, de El pequeño soldadito Shweik, de Jaroslav Hasek. Estos mismos personajes, derrotados e indefensos, reaparecen después en otro ámbito igualmente significativo, con Charles Chaplin primero y Woody Allen, después. Estos “pequeños hombres”, tan presentes en la obra novelística de Roth, descienden a los infiernos para encontrarse con sus propios demonios. Anselm Eibenschutz es un personaje fantasmal, replegado sobre sí mismo, que camina siempre en una cuerda floja. Al abandonar el ejército queda fuera del tiempo y de la historia. Ha dejado atrás el pilar del orden militar, de carácter casi religioso. Al mismo tiempo ha sido arrojado de un universo ordenado y ordenador, ha perdido a su Dios sin ganar el mundo. Carece ya de patria y de ideales. Es un civil sin ejército, ni jerarquías, ni uniforme, ni orden,
ni tradición. Se ha adentrado en una tierra incógnita, cuyos puntos de referencia ya no son los suyos.

Stefan Zweig y Joseph Roth en Ostende, 1936.

COMO TANTOS OTROS personajes de Joseph Roth (Franz Tunda, por ejemplo, el protagonista de Fuga sin fin), Eibenschutz ha sido desprendido del pasado. Es ahora un náufrago, expuesto al caos y desorden de la vida. No puede volver atrás pero tampoco se reconoce en su nuevo entramado social. Sin convicción ni pertenencia, se ha convertido en un nómada frágil, desarraigado en una sociedad sin centro ni ley. Es el hombre que debe establecer pesos y medidas para mantener un orden y una legalidad, en un mundo donde estos valores no existen. Es un antihéroe vacilante en un mundo caleidoscópico, azaroso e inseguro, que no le pertenece. Sin pasado ni historia.

Lo único que como lectores sabemos de él es su origen judío, aunque también ese mundo ha quedado atrás. Vive en un mundo del que desconoce sus símbolos, ritos y ceremonias. El viaje permanente por el distrito de Zlotogrod lo convierte en un nómada que se mueve por territorio enemigo, en tránsito perpetuo por un camino sin retorno donde se encuentra con la brutalidad, con la vulgaridad de una realidad para él desconocida y que no puede aceptar. En su trayecto descubre la precariedad del mundo, pero también la disgregación de su identidad y sus propias regiones tenebrosas. Descubre el caos del mundo y al mismo tiempo su propia fragilidad, provisionalidad y miseria. Percibe el fracaso y sabe que no puede evitarlo. Alejado de la vida segura del cuartel, sabe ahora que la realidad es banal, desoladora y despiadada. Ya no tiene el sentido de eternidad que le daba el ejército, sino que ahora sólo vive para el instante próximo. Ha quedado lejos el tiempo de, en palabras de Stefan Zweig,

la edad dorada de la seguridad en la que todo parecía establecido sólidamente y destinado a durar, [cuando] cada persona sabía lo que le era permitido y lo que le estaba prohibido. Todo tenía su norma, su peso y su medida determinada y todo permanecía firme e inconmoviblemente en su lugar.

Anselm Eibenschutz es un outsider, un desarraigado total, un desplazado permanente, un extraterritorial como lo fue el propio Roth a lo largo de su vida y como lo son muchos de sus personajes, por ejemplo los de la novela Hotel Savoy: siempre de paso, recorren sin rumbo fijo los pasillos del hotel o las calles de la ciudad. Eibenschutz es un personaje dostoievskiano en el que se entretejen las tinieblas y la luz, un balance sutil entre la vida y la muerte, la lujuria y el ascetismo, la esperanza y la destrucción, hasta caer en los profundos abismos del sacrificio o del crimen para vivir, en un instante, la agonía de la existencia. El único lugar en el mundo al que siente pertenecer es la taberna fronteriza del pueblo de Szwaby, que forma parte del distrito de Zlotogrod, donde transcurre gran parte de la historia.

“Para el almotacén, la taberna fronteriza es al mismo tiempo un lugar de refugio y el espacio que lo conducirá al derrumbe; el sitio donde encuentra el amor y el espacio que lo llevará al abismo”

LA TABERNA ES UN LUGAR crepuscular entre la vida y la muerte, frecuentado por contrabandistas como Kapturak (presente en otras novelas de Roth), criminales y desertores, y donde se cruzan idiomas, nacionalidades, religiones y culturas. Para Roth, la frontera es un lugar existencial por excelencia. Las fronteras circunscriben, dividen y delimitan. Identifican lo que está “dentro” y lo que permanece “fuera”. Marcan el fin de una zona segura y el principio de otra, quizá incierta. Nos encierran en la seguridad del territorio familiar y pueden ser defendidas más allá de toda razón y necesidad. La frontera puede ser una herida cuyo dolor sirve para reafirmar nuestra identidad, pero también un espacio de encuentro, experiencias y visiones plurales. Contrapunto de juicios ortodoxos, su fuerza radica en su heterogeneidad. Ámbito subversivo, a veces caótico, apunta a la búsqueda de nuevas alternativas y aun recorrida por cercas, muros y ríos se puede transgredir y traspasar.

Para Roth, la frontera es el espacio del valor auténtico y la libertad vital, pero también el espacio de la incertidumbre vital y de la fragilidad de la vida. No es casual que Eibenschutz se enamore en la taberna fronteriza de una gitana de origen desconocido y de un pueblo que vive por completo al margen. Euphemia es un personaje que, al igual que Eibenschutz, deambula sin ancla y se mantiene viva gracias al viento que sopla a su favor. Para el almotacén, la taberna fronteriza es al mismo tiempo un lugar de refugio y el espacio que lo conducirá al derrumbe; el sitio donde encuentra el amor y el espacio que lo llevará al abismo; el espacio de transgresión pero donde no encontrará respuesta a su vacío; el territorio de la promesa y el desencanto; la Ítaca de la plenitud y también del espejismo; el espacio de la espera pero también donde el mundo puede estallar en cualquier momento. Para Eibenschutz no hay redención posible, ni siquiera la del amor. Si Roth descree de toda utopía política que promete el (falso) paraíso, en “Pesos y medidas” el descreimiento alcanza asimismo la posibilidad de superar la corrupción. El hombre honesto terminará sucumbiendo a la maldad, al caos, a la ilegalidad. Nuevamente, en Roth, el territorio del desencanto.



Joseph Roth, Pesos y medidas, traducción de Ricardo Ruiz León, Secretaría de Cultura,
Ciudad de México, 2017.

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