Fugas describe las miradas de exiliados

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Foto Archivo René Portanel


El traductor, académico, curador de arte, periodista, poeta y narrador cubano William Navarrete (1968) —radicado en París, Francia, hace más de veinte años— apela a la memoria y reconstruye en Fugas una suerte de lienzo en el que la historia familiar urde un entramado metafórico de algunas plazas y rondas de la historia reciente de Cuba.


La conga: procesión rítmica delirante, retumbo de la corneta china que hinca la reminiscencia del relator en un viaje que se bambolea entre el pasado y el presente. “La corneta china iba delante. Sonaba más que el resto de los instrumentos. La tocaba un negro de potentes brazos que soplaba y soplaba con sus cachetes a punto de estallar”, inicia el narrador en primera persona: evocación proustiana y expedición en espiral que se columpia entre una crónica de la isla y la mirada entrecruzada de un exiliado que indaga en su pasado.

“Me interesaba rehacer y, más que todo, reconfigurar algunas plazas de la infancia. Recurro al habla e indago en los recovecos de la remembranza. Fugas es un repaso; pero también, un retrato de las idas y vueltas de un personaje paradigmático bajo las improntas de los avatares de la Revolución castrista desde su infancia en la sombra de esos mantos represivos y convulsos”, comentó en conversación con La Razón el ganador del Premio Eugenio Florit del Centro Cultural Panamericano de Nueva York por el poemario Edad de miedo al frío (2005).

Personajes que subsisten en coyunturas políticas que determinan sus actos, carcomen sus propios deseos; tajaduras humedecidas por convulsas circunstancias.

Ciertos empalmes con Abilio Estevez y ecos de Virgilio Piñera, Lezama Lima y Reinaldo Arenas. “Sí, en estos folios está el desparpajo de Arenas; por ahí se cita ‘La isla en peso’, de Piñera; y, por supuesto, el barroquismo de Lezama se vislumbra en la cadencia de la prosa”, puntualizó Navarrete.

Prosa seductora en festiva y dolorosa urdimbre: un personaje vital que toma distancia y enjuicia, muchas veces con ironía, las secuelas que la historia política de su país ha dejado en él. Abandonos y mudanzas, fervores y fracasos… Navarrete entrega una tragicomedia en tonalidad bachiana: la conga como una misa de algarabía procelosa.

“Defiendo mi habla, mi sustancia como escritor; despliego aquí una cartografía de exaltaciones e índices de muchas situaciones que viví”, concluyó el novelista.