García Lorca y Los Contemporáneos

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Por Sergio Téllez-Pon

Lo querían matar
los iguales
porque era distinto
.
Juan Ramón Jiménez, “Distinto”

La estrecha amistad que Federico García Lorca entabló con algunos de los Contemporáneos se sintetiza en una secuencia de cuatro fotografías tomadas en Nueva York en el otoño de 1929: en la primera de ellas aparece García Lorca sonriente y solo sentado delante de una bola de granito verde que era el reloj de sol de la Universidad de Columbia; en la otra aparece acompañado de Antonieta Rivas Mercado en el mismo lugar, los dos sentados y se les ve alegres; en la siguiente, se les ve en el mismo escenario junto a otras dos personas, un hombre y una mujer; finalmente, se ve a los cuatro caminando juntos, tal vez alejándose del lugar. Cuando las fotografías se han publicado en algunos libros y revistas, los pies de foto de esa serie le adjudican el crédito a un autor anónimo o, en otros casos, le dan el crédito a García Lorca, lo cual es totalmente impensable pues en esa época las cámaras no tenían temporizadores. Sin embargo, por varios cabos que se pueden atar fácilmente, ahora se puede tener la certeza de que esa serie de fotos la tomó el pintor y cineasta Emilio Amero, quien también se encontraba en Nueva York, era parte del grupo de artistas de Contemporáneos y mantenía una relación sentimental con Rivas Mercado.

García Lorca llegó a Nueva York en junio de 1929, y allí ya se encontraba su amigo, el pintor español Gabriel García Maroto. Antes, Maroto, como todos le llamaban, había estado en México donde, entre otras cosas, diseñó el logotipo de la revista Contemporáneos y aceptó firmar la Galería de los poetas nuevos de México (La Gaceta Literaria, Madrid, 1928), es decir, la versión española de la polémica Antología de la poesía mexicana moderna (Contemporáneos, 1928), que aquí había firmado Jorge Cuesta. Por su parte, Antonieta llega el 6 de octubre, como puede verse en la correspondencia que tuvo con el pintor Manuel Rodríguez Lozano en la que, además, Rivas Mercado le cuenta los pormenores de su trato al lado de García Lorca. Así, en una carta del 9 de octubre de 1929 le escribió: “Ayer vino a buscarme Maroto, quien ha hecho una teoría para justificar su incapacidad de aprender inglés […] Está aquí García Lorca y mañana me lo va a presentar” (en 87 cartas de amor y otros papeles, Universidad Veracruzana, 1984). Es, pues, que gracias a Maroto, García Lorca conoce al grupo de artistas mexicanos que no están en el círculo cercano de José Juan Tablada y David Alfaro Siqueiros: además de la Rivas Mercado y Amero, allá coincidió con el poeta Gilberto Owen, el pianista Francisco Egea y los pintores Miguel Covarrubias y Rufino Tamayo (un par de años atrás, otro integrante del grupo, Carlos Chávez, también pasó una temporada en la gran manzana).

Dos días después, en otra carta, Antonieta le escribe a Rodríguez Lozano: “Está aquí Maroto […] Me presentó a García Lorca, quien está pasando el invierno en Nueva York, en Columbia, escribiendo y conociendo Nueva York. Ya es mi amigo”. Y enseguida le hace una descripción muy detallada del poeta andaluz:

Un extraño muchacho de andar pesado y suelto, como si le pesaran las piernas de la rodilla abajo —de cara de niño, redonda, rosada, de ojos
oscuros, de voz grata. Sencillo de trato, sin llaneza. Hondo, se le siente vivo, preocupado de las mismas preocupaciones nuestras: pureza, Dios. Es niño pero un niño sin agilidad, el cuerpo como si se le escapara, le pesa. Culto, de añeja cultura espiritual, estudioso, atormentado —sensible.

Pronto, del trato pasan a la complicidad para llevar a cabo proyectos artísticos en común: Antonieta quiere traducir y montar un par de obras de García Lorca y también quiere que él adapte algunas leyendas oaxaqueñas de Andrés Henestrosa.

Las tertulias se llevan a cabo en el departamento de Amero en la calle 60. Ese es, le escribe Rivas Mercado a Rodríguez Lozano, el centro de reunión.

Allí nos ha leído Lorca dos de sus cosas de teatro, estupendas. Los títeres de Cachiporra y Amor de Don Periplín con Belisa en su jardín (Aleluya erótica)… Allí nos ha cantado canciones de toda España, en un curioso y delicioso mapa geográfico que le va a uno entregando a través de las melodías. Nos ha recitado sus romances y las últimas cosas que está escribiendo. Pancho Agea nos ha tocado desde Bach hasta Ravel, pasando por Beethoven, Wagner y Satie, y Amero nos ha retratado. Le voy a mandar los retratos en cuanto estén.

Durante su estancia en Nueva York, Amero había experimentado con las posibilidades de la fotografía, según Olivier Debroise, a la manera de Man Ray y habría hecho una serie de fotos en ese estilo.

Así que Amero era el único del grupo que por esos días podría traer una cámara en la mano para fotografiar a sus amigos. En una carta que García Lorca le escribió a su familia, probablemente de principios de noviembre, dice rápidamente quiénes son los otros dos con quienes aparecen en esa serie de cuatro fotos:

Os mando una fotografía en la que estoy con María Antonieta Rivas Mercado, una mejicana millonaria, fundadora de la revista Contemporáneos y el teatro Ulises de Méjico, gran amiga mía, de una muchachita hindú, bailarina, que es una preciosidad y de un pianista de Hawai muy bueno, que ha tenido gran éxito en New York. Son tres raros, desde luego, pero inteligentes y muy artistas los tres. (En Federico García Lorca en Nueva York y La Habana. Cartas y recuerdos, Christopher Maurer y Andrew A. Anderson (comps.), Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, Barcelona, 2013, pp. 82-83).

Cuando Rivas Mercado escribe “y Amero nos ha retratado” puede referirse a aquella primera serie de cuatro fotografías o también es probable que se refiera a otras dos que son unos montajes fotográficos: una tomada sólo a García Lorca y otra a Antonieta y que, a falta de los originales, se conocen porque fueron publicadas en la revista El Universal Ilustrado (22 de diciembre de 1932).

En su estudio, según Rivas Mercado, Amero tenía “un aparato de cine perfecto” en el cual les proyectaba un par de películas experimentales que hizo por esos días. También Rivas Mercado escribe escuetamente que Amero “ha hecho una película de máquinas, purísima” pero, años después, al parecer Carlos Mérida pudo verlas y abundó un poco más sobre el trabajo cinematográfico de Amero:

Los intentos cinematográficos de Emilio Amero, así como realizaciones fotográficas, alcanzan ya los planos de las imágenes puras, de las emociones plásticas en las cuales el motivo, el tema, el ritmo, está concretado en un círculo de equivalencias visuales que obedecen a normas compositivas absolutamente tradicionales. Es así como Amero —que ha llevado su inquietud de la pintura hasta la litografía, pasando por el cinema— ha logrado aciertos en tan dinámicos y tan sutiles como esta pequeña cinta que lleva el atrayente nombre de 3-3-3. (Revista de Revistas, 11 de diciembre de 1932).

(Aquí es necesario precisar que Amero había sido asistente de Mérida cuando éste pintaba los murales de la SEP y que es probable que confunda el título de la película por el que a continuación se menciona.) Por eso no resulta nada extraño que cuando se encuentran en Nueva York, Owen le escriba un guión, “El río sin tacto”, y luego García Lorca haga lo mismo escribiéndole Viaje a la luna. Cuenta Amero:

Había terminado un corto en 35 milímetros, 777, una cosa abstracta sobre máquinas […] Lorca vio la película en mi casa una noche y hablamos de cine. Me habló de las películas que se producían en España, cosas como [Un] perro andaluz, la película surrealista que hizo Salvador Dalí. Lorca vio las posibilidades de hacer un guión del tipo de mi película con el uso directo del movimiento. Lo armó una tarde en mi casa. Cuando tenía una idea tomaba un pedazo de papel y escribía, haciendo anotaciones al margen sin pensarlo; así trabajaba. Al día siguiente volvía y añadía escenas que había pensado en la noche, lo terminó y me dijo: “Ve qué puedes hacer con esto, tal vez algo salga de ahí”.

El manuscrito del argumento de García Lorca fue encontrado por la viuda de Amero en Oklahoma (donde el artista había vivido sus últimos años) y en 1989 lo vendió a la Biblioteca Nacional de España; más tarde se publicó (Pretextos, 1994), pero se desconocía por completo si había sido filmado. Ahora se sabe que cuando Amero regresó a México en 1930 efectivamente rodó Viaje a la luna: existe el testimonio de otra serie de tres fotografías durante el rodaje, tomadas muy probablemente por Lola Álvarez Bravo (dado que aparecieron en su archivo de la Universidad de Arizona), en las que se ve al crew y la primera secuencia que García Lorca marca en su texto: “Cama blanca sobre una pared gris. Sobre los paños surge un baile de números 13 y 22” (en 1998, el cineasta español Frederic Amat rodó su versión). Al reverso de una de estas últimas fotos está escrito con máquina: “‘pequeños films plásticos’; director E. Amero presenta su primera producción titulada Viaje a la luna, argumento de Federico García Lorca, con escenarios
de Federico Canessi, máscaras y vestuario de Carlos Mérida y fotografía de Manuel Álvarez Bravo”. Sin embargo, todas las películas de Amero, las abstractas y ésta, siguen perdidas.

El plan de trabajo neoyorquino de Antonieta consistía en hacer la contraparte de lo que también hacían allá Tablada y Siqueiros (de quienes estaba distanciada por la publicación del libro de Anita Brenner, Ídolos detrás de los altares), es decir, promocionar a los artistas que al poeta y al muralista no les interesaba difundir: “dar a conocer: a Manuel Rodríguez Lozano, Abraham Ángel, Julio Castellanos y Federico García Lorca. Plan de propaganda”. Para García Lorca, se propuso “hacer la traducción de los dramas de Lorca al inglés, pues estoy procurando que se monten este invierno”, según le escribe a Rodríguez Lozano. Pero estas ideas, y otras que tenía como el volver a hacer una revista, se quedan en planes porque entra en una profunda depresión que la lleva a hospitalizarse en un centro psiquiátrico. Un par de años después, cuando García Lorca se entera de que Rivas Mercado se ha suicidado en la Catedral de Nôtre-Dame en París, le escribe a su familia, a finales de febrero o principios de marzo de 1931:

Os rogaría, si me pudieseis encontrar los retratos de mi pobre amiga María Antonieta Rivas, me los enviarais, ya que tengo una gran gana de siquiera tener este recuerdo en mi estudio de una de mis mejores amigas y de una de las mujeres más inteligentes que he conocido.

En 1933, García Lorca conoce en Buenos Aires a otro de los Contemporáneos: Salvador Novo. Sobre este encuentro Novo detalla casi todo en su libro Continente vacío (1935; en Viajes y ensayos I, FCE, 1996), donde cuenta que llegó a Montevideo ocho días antes de iniciar la VII Conferencia Internacional Americana, a la que iba como parte de la delegación mexicana. Decidió, entonces, que pasaría esos días previos descansando en Buenos Aires, donde vivía Pedro Henríquez Ureña, su maestro en la adolescencia. Allí ya se encontraba García Lorca quien, según una cronología muy detallada, estuvo en Buenos Aires del 13 de octubre de 1933 al 24 de marzo de 1934.

En Buenos Aires había tenido mucho éxito la puesta en escena de Bodas de sangre, que montó la compañía de Lola Membrives. Así que García Lorca fue invitado a montar y estrenar otra obra suya, La zapatera prodigiosa, y de paso impartir algunas conferencias; era su forma de venir a “hacer la América”. Llegó, finalmente y pronto se convirtió en el centro de atención de toda la efervescente sociedad cultural. Novo se da cuenta de eso a los pocos días de haber llegado, pues escribe: “Federico García Lorca es ahora el ídolo de Buenos Aires”.

Novo cuenta que conoció a García Lorca gracias al poeta Ricardo E. Molinari. Además de poeta, Molinari era editor y él haría una edición limitada de “Seamen Rhymes” (1933), un poema en inglés que Novo escribió durante la travesía en barco al Cono Sur. Se les ocurrió que García Lorca podría hacer unas viñetas para acompañar la edición del poema. García Lorca las hizo y así se publicó el poema, incluyendo el conocido dibujo de un marinero con la mitad del torso sobre una mesa y, en el lado izquierdo de ésta, las palabras en mayúsculas: “NOVO AMOR”.

Molinari y Novo van a la imprenta donde se imprimirá “Seamen Rhymes” y, después, Molinari lo lleva al hotel Castelar, donde se hospeda García Lorca. Éste se halla ocupado en mil asuntos ya que por la noche se estrenará La zapatera prodigiosa en el teatro Avenida, así que le pide a Novo que regrese por él a la mañana siguiente para almorzar solos. (Novo ya ha advertido que no han podido intimar porque García Lorca orquesta a todo su séquito de ayudantes por la prontitud del estreno.) Aunque Novo carece de la invitación personalizada para asistir al estreno de la obra, esa noche puede verla al acompañar a Henríquez Ureña.

A la mañana siguiente, Novo pasa al hotel Castelar por García Lorca, tal como lo habían acordado, para dirigirse a un restaurante de la Costanera. Conversan “como dos amigos que no se han visto en muchos años” (Novo) y García Lorca le dice: “¡Pero zi tú ere mundiá! ¡Y yo sabía que tendría que conozerte!” y le externa su admiración por su “lengua rallada pa hazé soneto”, es decir, su habilidad para componer sonetos satíricos pues, seguramente, quienes le hablaron a García Lorca sobre Novo y su afilada vena satírica fueron Antonieta Rivas Mercado, Emilio Amero y Gilberto Owen, a quienes había conocido en Nueva York. Y luego, “poniéndose serio”, le dijo: “Pa mí, la amiztá e ya pa siempre; e cosa sagrá; ¡paze lo que paze, ya tú y yo zeremos amigo pa toa la vía!”. Novo sigue contando:

Tú cantaste La Adelita, que sabías tan bien, y me dijiste que para ti esa canción simbolizaba todo el México que querías conocer, que Adelita era para ti una mujer viva, de carne y hueso, idolatrada por los sargentos, respetada hasta por el mismo coronel; fiel a su soldado, apasionada, morena y fecunda, y, hechizado por tu conjuro, por tu promesa de hacerle un monumento, cuando paladeabas su nombre, Adela, Adelita, y te conté su vida. Porque en Torreón, cuando vivimos la epopeya de Villa, una criada de mi casa, que era exactamente como tú la imaginas, llevaba ese nombre cuando nació esa canción, y decía que a ella se la había compuesto un soldado. Y al proclamarlo satisfecha, con aquella boca suya, plena y sensual como una fruta, no pensaba sino en el abrazo vagabundo de aquel con quien al fin huyó por los montes de aquella estrecha cárcel de su laguna; no imaginó jamás esta perenne sublimación de su vida en un himno que ahora a tus ojos vuelve a prestarle un corazón y que llena el mío del violento jugo de la nostalgia.

Novo cuenta en La estatua de sal (Conaculta, 1998), y aparentemente se contradice, que de la Ciudad de México su padre se había instalado en Chihuahua, donde después su madre y el precoz Novo habrían de reunirse con él; juntos, más tarde, se mudarían a otro poblado de nombre Jiménez y tiempo después a Torreón. Fue en Chihuahua, y no en Torreón, donde la muchacha que atendía los quehaceres de la casa, y que se llamaba Epifania, se fugó. “De Chihuahua, donde había estado a nuestro servicio, para desaparecer un día sin explicación, llegó a visitarnos [a Jiménez] una guapa muchacha, Epifania”, relata en sus memorias inconclusas. Epifania había desaparecido súbitamente y no volvería a servir en la casa (a pesar de sus ruegos ante la madre de Novo), porque, como le dijo un criado, “le había pasado lo que le había pasado”.

La respuesta, más que aclararle el asunto, le despierta muchas dudas al niño tan prematuramente avispado:

¿Qué era, concretamente, lo que “le había pasado” a Epifania? Yo me torturaba en imaginar una escena para cuya composición carecía totalmente de elementos. Diseñaba un cuarto vacío, sin mueble alguno, y me forzaba en instalar en él la figura familiar de Epifania; pero —¿el hombre que se la había raptado? Y ¿en que consistiría “lo que le había pasado”?

Sobre esa chusca y curiosa anécdota de Epifania raptada por un hombre desconocido para hacerle “lo que le había pasado”, Novo escribió este poema:

Epifania es, pues, la Adelita que aparece en su conversación con García Lorca en ese restaurante de la Costanera, la misma que evocaban los revolucionarios mexicanos en el corrido que entonaba el andaluz:

… Si Adelita se fuera con otro,
le seguiría la huella sin cesar;
si por mar en un buque de guerra,
si por tierra en un tren militar.

Lo que sigue en Continente vacío no parece tener relación con lo que Novo ha relatado. Novo va con Molinari, como éste se lo había prometido, a casa de Nieves Rinaldini, donde tenía lugar una de las tantas tertulias literarias de la ciudad. Ahí Novo empezó a sentirse mal y cayó gravemente enfermo. En casa de Rinaldini se quedó a reposar la enfermedad respiratoria al cuidado de su anfitriona y con las frecuentes visitas de sus amigos, incluido García Lorca, para atestiguar el mejoramiento del enfermo. Unos días después, ya sintiéndose un poco mejor, Novo se subió al barco Ciudad de Buenos Aires para seguir con sus compromisos en Montevideo. Mientras, García Lorca se quedó todavía en Buenos Aires para después partir a España, a Granada, a la muerte.

En Continente vacío, Novo deja hasta ahí el recuento de su trato con García Lorca, por lo cual resulta un poco desconcertante que haya caído súbitamente enfermo. Sin embargo, él le contó a su joven y fiel discípulo Miguel Capistrán, y éste varias veces a mí, que después de haber desayunado en el restaurante de la Costanera, bajaron al Río de la Plata donde Novo y García Lorca fueron a “procurarse unos marineritos”. En pocas palabras, lo que ocurrió fue que Novo y García Lorca tuvieron una relación sexual a orillas del río. Esa fue la causa de la enfermedad respiratoria de Novo en casa de Rinaldini.

Cuando Capistrán estuvo en Buenos Aires, a principios de los años setenta, Novo le pidió que se dirigiera a la casa de Rinaldini y le diera las gracias por aquella estancia y una disculpa por haberse ido de la ciudad sin despedirse. “Una disculpa tardía ¡de cuarenta años!”, escribe Capistrán en su libro Borges y México (Plaza y Janés, 1998). También Capistrán solía recordar que Novo le mostró en su estudio de Coyoacán los originales de los cuatro dibujos que García Lorca hizo para su “Seamen Rhymes” y unas cartas que le escribió Rivas Mercado; todo eso ahora está perdido.

Además, inspirado en esa aventura amorosa, Novo escribe un poema, “Romance de Angelillo y Adela”. En una carta fechada el 25 de diciembre de 1933, Novo le escribe a Lorca ya desde su casa en la colonia San Rafael: “Ayer compuse el Romance de Angelillo y Adela que te envío y que te está dedicado. Haré en México una edición de sólo diez ejemplares”. El nombre “Adela” del “Romance…” lo toma Novo de ese corrido revolucionario que cantaba García Lorca. En esa misma carta, Novo escribe: “Canta la Adelita a bordo del Sebastián Elcano y no olvides que has contraído el compromiso gitano de ir a México ahora que vayas a New York. La casa de mi madre es amplia y tranquila y tuya; la casa de Adela es pequeña y tormentosa y tuya: tú elegirás en cuál vivir”. (El subrayado es mío.)

Otra probabilidad es que lo haya tomado de la “Oda a Walt Whitman”. Como se sabe, García Lorca estuvo una temporada en Nueva York en 1929, donde escribió uno de sus libros más célebres, Poeta en Nueva York, donde se encuentra la “Oda…”, sin embargo, no se publicó sino hasta 1940 en Séneca, el sello editorial que había fundado un exiliado español, José Bergamín. ¿Cómo es posible que Novo la haya conocido antes? En 1933, los editores de la revista Alcancía, Edmundo O’Gorman y Justino Fernández, hicieron una edición limitada de cincuenta ejemplares de la “Oda…”, uno de cuyos ejemplares con toda seguridad cayó en manos de Novo pues escribe en Continente vacío: “yo llevaba fresco el recuerdo de su ‘Oda a Walt Whitman’, viril, valiente, preciosa…” En la “Oda…”, pues, se encuentra una enumeración que llamó la atención de Novo:

Faeries de Norteamérica,
Pájaros de La Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

Adelaidas de Portugal. La correspondencia en México de ese epíteto sería Adela, justo el nombre que Novo utilizó en el “Romance…”, para que con ese guiño se viera el homenaje a Lorca y a la “Oda…”. De la misma manera en que Novo juega en el título del poema con la palabra “romance”, como característica composición poética de la lengua española y como relación amorosa pasajera, de igual forma juega al travestirse literariamente con el nombre de Adela y le deja el rol masculino a García Lorca bajo el Angelillo.
Cuando Novo regresa a México publica Continente vacío. En ese libro hay un capítulo sin relación aparente con lo que Novo está narrando. Se llama “Canto a Teresa”. Novo también le confió a Capistrán que en ese capítulo había querido verter todas las referencias que existen sobre el mar en la poesía de lengua inglesa, y que era un evidente homenaje a García Lorca, ferviente devoto de santa Teresa, santa patrona de los escritores. Así pues, la Virgen que quiso que Ángel y Adela se encontraran con “sus almas desiertas” (de que habla el “Romance…”), no es otra que santa Teresa; y la “ciudad de plata”, donde ocurre el encuentro, es, evidentemente, Buenos Aires. Además, el “Romance…” confirma que, como Novo lo confesó el resto de sus días, García Lorca fue el gran amor de su vida.

Entre 1934 y 1936, cuando la agresión nacionalista contra los Contemporáneos está en lo más álgido, Novo le escribe a García Lorca una carta desesperada en la que externa su deseo de mudarse a Madrid y le pide ayuda para encontrar trabajo allá:

La vida en México se ha vuelto insoportable para mí. Es indispensable que me marche —y tengo miedo de la dura lucha en los Estados Unidos. Mi deseo de ir a España se agrava y me obsesiona. ¿Crees tú que podría ganarme la vida —una mediana vida? Puedo dirigir ediciones, traducir libros, enseñar inglés —en último caso escribir en los diarios o corregir pruebas de imprenta.

No se sabe que Novo lo haya hecho, así que se quedó a padecer los ataques de sus detractores.

En 1936, García Lorca había ido a su pueblo natal a despedirse de su familia ya que en unos días más estaría zarpando hacia México, pero, como es de sobra conocido, sus inconformidades contra los militares que derrocarían a la República lo hicieron una de las primeras víctimas de los franquistas. Jamás se volvieron a ver, sin embargo, García Lorca “ya nunca pudo salir del alma” de Novo.

Finalmente, cuando Xavier Villaurrutia se entera del fusilamiento de García Lorca le dedica una pequeña aguatinta llamada El hombre interior. Homenaje a Federico García Lorca (1936). Aunque nunca se conocieron, los unía su afición al dibujo; la pieza muestra la influencia de Jean Cocteau, en la línea de los dibujos que el propio García Lorca hacía con frecuencia. Villaurrutia expuso esa obra en la Exposición Internacional de Surrealismo que se llevó a cabo en México a principios de 1940, que organizaron César Moro, Walfgang Paalen y André Breton y en la que Villaurrutia fue el único escritor invitado a participar al lado de importantísimos pintores y fotógrafos. Pero también varios dibujos de García Lorca habrían tenido el mérito para estar en esa legendaria exposición.

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