Hace un año

QUEBRADERO

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Por más que sea lugar común, ante hechos brutales que marcan y definen la vida, todos recordamos en dónde nos encontrábamos cuando se suscitaron.

Todo adquiere dimensión cuando lo que pasa nos afecta directamente. No sólo somos actores centrales, sino que también nos pasa que el mundo que se nos viene encima se vuelve, al mismo tiempo, traumático e inolvidable. Nos marca para toda la vida y es algo así como un antes y después.

Son hechos que se meten en nuestra memoria y en nuestra pesadillas; ésas que nos dejan muchas veces sin poder dormir. Es lo que hay que intentar explicar una y otra vez a nuestros hijos, sin saber cómo hacerlo; al final somos nosotros los que queremos, y a quienes les urgen, las explicaciones.

En la memoria colectiva está el sismo de 1985. Quienes no lo vivieron y se preguntaban con insistencia de qué se trataba, ahora lo saben en carne propia. El mito del 85 al que tanto se referían las nuevas generaciones, entre intriga, duda y desconocimiento, ha quedado, en algún sentido, atrás.

No en el olvido; más bien el sismo del año pasado nos hizo recordar y, de nuevo, vivir a muchos, una nueva pesadilla, en tanto que otros enfrentaron brutalmente su pesadilla. De manera impactante, inesperada y dolorosa entendieron qué fue lo que pasó en el 85.

¿Qué ha sido de nosotros a un año del intenso y devastador sismo del 19 de septiembre del año pasado? Cada quién trae su historia bajo el brazo y no hubo a quién le pasara de largo el movimiento de la Tierra que nos dejó a todos en la inseguridad, el temor, lo inexplicable y la impotencia. Todos nos vimos y vivimos, de alguna u otra forma, una afectación seria y profunda de nuestras vidas.

Si no fueron alteradas en su esencia, siendo éste el mejor de los casos, debido a los innumerables derrumbes de viviendas propias o de nuestros centros de trabajo, fueron las de los vecinos, amigos, conocidos o de algún familiar.

La reacción ciudadana sigue siendo un acto impresionante, solidario, emocionante y ejemplar. Nos salió a todos nuestra mejor reacción, nuestra mejor cara y actitud. No sólo fue en la CDMX, en donde se centró la atención debido a su tamaño y también porque los efectos la convirtieron en un desolador y triste panorama que derivó en el referente mediático.

La reacción en Oaxaca, Puebla, Chiapas, Morelos y en todos los lugares en donde el sismo afectó y trascendió, fue tan solidaria que provocó una toma de conciencia ciudadana. Todos nos vimos en los otros. La tragedia de junto terminó siendo nuestra propia tragedia.

En medio del brutal y desconsolador sismo, lo mejor de todo fue lo que hicimos nosotros mismos. Nos olvidamos de una vida que a menudo nos rebasa y despersonaliza, y encontramos juntos, muchas veces sin saber quién estaba al lado de nosotros, la ayuda y la cercanía que nos permitía no sentirnos solos en medio de la tragedia, el dolor y lo inesperado.

Si algo hoy se debe aquilatar y ponderar de la sociedad mexicana, es que hemos aprendido a reaccionar ante las adversidades. Sabemos qué hacer, y si no es así, aprendemos rápido. Las primeras acciones y la capacidad de organización nos dignifican.

Es difícil mantener este tipo de dinámica en nuestras vidas. Por más que lo intentemos, nos enfrentamos a otro lugar común: no se puede perder de nuestro radar que la vida sigue y que, casi por principio, hacemos todo lo posible por volver a nuestra cotidianeidad, siempre y cuando sea factible.

A un año pareciera que volvimos a ser los mismos. Es difícil saberlo, aunque hay indicios de ello.

Lo que es definitivo es que ninguno de nosotros olvida dónde estábamos el 19 de septiembre del año pasado y qué fue de nosotros todos esos dolorosos días.

RESQUICIOS.

Al Presidente electo le vendría bien asumir que la crítica que se le va a venir va a ser intensa; a veces se le ve la piel delgada. El que se ríe, se lleva; o el que no quiere ver fantasmas, que no salga en la noche.

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser

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