Hazlo tú mismo
Cuarenta años del punk

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Por Rogelio Garza
Leave him alone
He is a self-made man
He did it on his own.

Tom Petty

37.2 millones de emprendedores en el mundo iniciaron sus empresas el año pasado. Las startups brotan en 2016 como lo hacían los grupos de punk en 1976. Ambos se deben a la cultura del Hazlo Tú Mismo (DIY por sus siglas en inglés) que permite producir un disco independiente o poner una compañía discográfica sin recursos y sin conocimientos. La necesidad los iguala, la diferencia es que los startuperos lo hacen por negocio y los punks por una causa que también terminó siendo negocio.

El blues del
Self-Made Man

El DIY, una cultura de vida y trabajo individualista, nació con la mítica figura del self-made man, el hombre del sueño americano que logra ascender desde abajo hasta la cumbre social, política y económica de Estados Unidos con su habilidad y esfuerzo. Distinguidos gringos forjaron dicho concepto brincándose las clases sociales, desde el “primer americano”, Benjamin Franklin; el inmigrante Andrew Carnegie, a quien le debemos los primeros libros de superación personal; hasta el ex esclavo y luchador por los derechos humanos, Frederick Douglass, quien terminó por acuñar el término en un discurso de 1859: self-made man.

El término Do It Yourself comenzó a popularizarse a principios del siglo XX en Estados Unidos. Se refería a los métodos, técnicas y habilidades para hacer manualidades y reparaciones en el hogar con los materiales, las herramientas y los manuales de tiendas como Sears Roebuck. Hágalo Usted Mismo, ahorro y satisfacción personal. Pero también se refiere a construir un imperio comercial, como lo hizo Richard Warren Sears, el hijo de un herrero que empezó vendiendo relojes de mano en mano, antes de idear los catálogos.

El rock y el rol contracultural

Durante los años sesenta y setenta, la contracultura que todo lo torció a nuestro favor adoptó el pensamiento y método DIY como una postura de
rebelión anticapitalista y una herramienta de autoproducción: tomar una casa y hacer en ella una comuna hippie o un squat punk. Fabricar la ropa y sembrar los propios alimentos. Hacer periódicos, revistas y volantes subterráneos. Lanzar al aire estaciones de radio pirata. Grabar discos de rock, organizar conciertos y giras. Distribuir materiales, discos, cintas y fanzines por correo. Empresarios y rockeros empezaron de cero y en ambos casos hay un factor esencial (aunque suene a plática empresarial): la innovación. Ser hippie o punk era ser innovador, en lo musical y en lo existencial, como Grateful Dead en los sesenta, los Ramones y Suicide en los setenta, o Black Flag y Circle Jerks en los ochenta. Las memorias de Rock Scully y David Dalton con el grupo de Jerry Garcia,
Living with the Dead, o las de Henry Rollins con Black Flag, Get In The Van, son manuales de sobrevivencia a contracorriente en el Gabacho. Hoy el modelo de negocio y la mercadotecnia alucinada de Grateful Dead se estudian en las universidades, mientras que Rollins despacha pláticas de motivación corporativa como sesiones de spoken word.

En la historia de Los Ramones (An American Band, Lobotomy: Surviving The Ramones, On The Road With The Ramones y Commando) se subraya un dato interesante: la autoproducción y venta de playeras —con el logotipo diseñado por Arturo Vega— como algo fundamental para la sobrevivencia del grupo en las giras. Lo irónico es que en 2014 circuló una nota de humor involuntario, la mayoría de los adolescentes que usaban la playera desconocían al grupo, creían que Ramones era una marca de ropa. Cuando los cuatro originales yacen cinco metros bajo la tierra, la empresa Ramones Productions se encarga de comercializar su parafernalia. ¿En qué momento el DIY punk se desvió de la ruta y terminó en una empresa? En los ochenta, con el post punk y el hardcore en el Este y el Oeste de Estados Unidos.

El hardcore
anarco punk

En la década de Reagan el hardcore americano, musicalmente más agresivo y veloz, se politizó y radicalizó. Era la erupción del anarco punk. El DIY fue elevado al nivel de militancia en una
rígida y austera ética existencial. En el libro The Philosophy of Punk (More Than Noise), Craig O’Hara traza esa línea que difiere del DIY tradicional: el punk comprometido lo hacía por objetivos comunes, no individuales. Su ética le impedía ganar y acumular dinero, la esencia era ser autosuficientes en cada aspecto de la vida sin dinero. El rock era un medio de expresión y concientización anticapitalista, si había utilidad se destinaba a las actividades de resistencia y acción directa. En el libro testimonial American Hardcore (A Tribal History), Steven Blush dedica un capítulo al nacimiento y ascenso de las principales disqueras del movimiento HC: SST (fundada por Greg Ginn de Black Flag), Alternative Tentacles (Jello Biafra de Dead Kennedys), Dischord (Ian MacKaye de Fugazi), BYO y Touch&Go, que empezaron
sin dinero, sin estructura, sin idea de distribución, ventas ni administración.
Nada, salvo conciencia, actitud y muchos huevos. Rock anticorporativo, autoproducido en un “sindicalismo tribal”, orientado a generar cambios culturales en su comunidad. Pero todo eso se quedó en el discurso juvenil, los radicales de los años ochenta vieron crecer sus empresas como Juanito sus habichuelas mágicas. Entonces se convirtieron al anarco capitalismo.

Ian MacKaye es el ejemplo del DIY hardcore y empresario de la causa punk sin proponérselo. Cantaba en Teen Idles y Minor Threat antes de fundar la fortaleza del rock que es Fugazi. Al iniciar los ochenta también creó el movimiento Straight Edge —de la canción de Minor Threat—, chavos que ante el atasque generalizado (alcohol, cocaína y heroína) dejaron de consumir cualquier substancia legal o ilegal, desde café hasta medicamentos. Sus primeros discos los hicieron con grabadoras caseras en el sótano de su casa, MacKaye salía
a venderlos, tienda por tienda, desde Washington por toda la Costa Este. A dólar el disco de ocho canciones, a consignación. Así montó la disquera Dischord Records que, como puede apreciarse en el documental Another State of Mind de Adam Small y Peter Stuart, era una casa-refugio en Washington donde los punks hacían squatting. Nadie imaginaba que en 2013 MacKaye iba a figurar en la lista de los diez punks más ricos (therichest.com), con una fortuna de 25 millones de dólares.

Lo mismo sucedió con su hermano del alma, el incansable y multifacético Rollins, quien empezó fotocopiando sus manuscritos para venderlos de mano en mano (Sears style) y con el paso de los años montó la prestigiosa editorial 2 13 61 al ritmo de su canción Do It, con la que Rollins Band cerraba sus conciertos. En 2014 ocupaba el número siete de la lista dorada del punk con 12 millones. Esa lista es curiosa, la encabezan Travis Barker (85 milloncitos), Iggy Pop y John Lydon —a quien pudimos presenciar recientemente en un extraordinario concierto en la Ciudad de México— (ambos con 15), Tim Armstrong (13), Lars Frederiksen (8), Glenn Danzig (6) y Mike Ness (3).

El DIY de los punks en East L.A. y en la Ciudad de México

Circula en Netflix el documental Los Punks: We Are All We Have, de Angela Boatwright, sobre el movimiento de hardcore latino en Los Ángeles.
Adolescentes de clase media y baja que se reúnen los fines de semana en algún patio para tocar y reventarse, con el discurso y la práctica del Hazlo Tú Mismo adaptados a los tiempos que corren. Nacho Corrupted, cantante y organizador de la movida, sólo necesitó una laptop
y trabajo duro para iniciar lo que sin duda será una lucrativa productora de conciertos y/o un foro de grandes espectáculos. El vocalista de Rhytmic Asylum, Gary Alvarez, tiene un objetivo anarco punk: “mejorar la sociedad y construir comunidad”. Lo repite como mantra. Los fines de semana regala sus discos, diseña las portadas de otros grupos y los flyers de las tocadas. Pero entre semana es un sesudo estudiante de Derecho, lleva una vida familiar de clase media y durante el documental tiene que cortarse la mohicana “porque conseguí trabajo”. Otro más, Alex Pedorro, aplica para trabajar como ayudante en un lujoso restaurante de Los Ángeles. El ruido se les da muy bien, el trabajo formal y la buena vida también.

En México hay casos de punks emprendedores como Raúl Senk, del grupo Lucha Autónoma. Senk es miembro de la Unión de Trabajo Autogestivo (UTA), cuya sede en Donceles se mudó a la Roma y se convirtió en el Club Under en 2006. Durante muchos años se dedicó a las artes marciales y fue propietario de una academia. Y también a la apertura de dos espacios que funcionan como puntos de encuentro, multiforos culturales y bares de rock:
La Pulquería y el Under, donde Carlos Martínez Rentería presentó la revista Generación dedicada a los cuarenta años del punk. Ahí conversamos con Sergio Aknez, ex vocalista del grupo más representativo del hardcore nacional desde 1987, Massacre 68, y tenaz emprendedor de distintos negocios.

¿Qué significan para ti estas celebraciones por los cuarenta años?

Ya no quiero saber nada de esto. El punk combativo ya se acabó. Es una pose. Para mí han sido cuarenta años de hacer jaque con todo. He vivido en jaque, jaque. Estaba muy enojado en los ochentas, pero ya no lo estoy.
Quiero cambiar la frase de Hazlo Tú Mismo, porque me pone como anarquista. Y no lo soy. Ni soy punk. Muchos dicen serlo, pero a la mera hora no lo son. Alguien que dice que es, no es.

¿Cómo empezaste a trabajar y a fabricar la ropa de tu marca?

Antes de empezar a trabajar con mi familia y con la ropa, trabajé tirando basura. Tocaba en las casas de la San Felipe de Jesús y me daban dinero por llevarme la basura. Fue de los primeros trabajos que tuve. No estudié mucho, sólo fui a la escuela hasta primero de secundaria. Tenía que apoyar a mis padres, ellos trabajaban con el desperdicio industrial. Me parecía muy interesante por el reciclaje y todo lo que hacían con eso. Después empecé a buscar por mi parte cinturones viejos, botas, chamarras, y a transformarlas para crear nuevos diseños.

¿Y cuándo nació tu marca de ropa y accesorios?

En ese tiempo me dieron chance de estar en el Chopo y ahí trabajé los primeros años, antes de crear la marca Por los viejos tiempos. Esto me ha llevado a tener un gusto por las cosas viejas y las motos antiguas. Después empecé a fabricar la ropa y los accesorios porque tenía más opciones y podía reproducir las piezas originales. Dejé el Tianguis del Chopo y me mudé a La Lagunilla, y a otros tianguis en Sullivan y en San Felipe. Entonces decidí proyectar algo más grande y fue cuando puse la tienda en Insurgentes Sur a mediados de los noventa.

¿Qué otros negocios has iniciado?

Puse un puesto de hamburguesas de camarón. Pero duró poco tiempo.
Pienso rehabilitarlo y abrirlo otra vez. Y ahorita estoy en otro proyecto, vamos a lanzar un licor de frutas que se fabrica en Michoacán. La venta es para apoyar a la gente que lo hace en el campo. Se llama Valemadrina, muy pronto lo presentaré.

¿Conoces a otros punks que hayan emprendido negocios?

Sí, la mayoría de los de mi época hicieron sus negocios en paralelo con la influencia de lo que hicimos en El Chopo y La Lagunilla. Muchos conocidos. Por ejemplo, uno tiene una empresa de cámaras y equipos de seguridad. Otro es dirigente del tiradero de Santa Fe. Para mí eso también es ser empresario, aquel que hace crecer su trabajo para dar trabajo a otros. Esto lo han hecho muchos amigos punks. Otros abrieron tiendas de instrumentos musicales o se dedicaron al audio. Es gente que está produciendo empleos.

Traición a la Patria Punk o no, guardadas las respectivas distancias entre allá y acá, en todos estos casos es un hecho que las fortunas y los negocios son producto del trabajo DIY, tan enraizado en la cultura gringa. Aquella línea ideológica que les impedía ganar dinero por su trabajo se difuminó con los años entre el rock y el slam. De la sobrevivencia a la opulencia en dos minutos y medio (When they can’t do it themselves / Rise above! We’re gonna rise above!). El mismo principio que hoy permite a los emprendedores iniciar su startup con lo básico. Las víctimas de la revolución digital, los que se rehúsan a un trabajo fijo para un empleador o un corporativo y los egresados universitarios encuentran la forma de hacer lo más con lo menos. Un foodtruck, un café co-working, una isla de relojes, tal y como lo hicieron Los Ramones con su rock y sus playeras hace cuarenta años.

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