Henry James
La luz del médium

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Para Sergio Pitol

Había condiciones exactas en la atmósfera, matices de sonido y de quietud,
impresiones indecibles… que me retrotraían a ese estado de médium.

Henry James, Otra vuelta de tuerca

Una incursión en la vastísima obra de Henry James (1843-1916) es una experiencia sobrecogedora. Así sea furtiva y con el mero propósito de conmemorar su centenario luctuoso, se vive como aventura, un trayecto alucinante hacia dimensiones que pocos, realmente muy escasos escritores han logrado atisbar. En sus novelas, relatos, cuentos, ensayos, crónicas, semblanzas, piezas biográficas y otros textos de muy diversa intención, el narrador cardinal de la literatura moderna estadunidense llega a nosotros con una prosa refinada y
laboriosa, capaz aún de seducir a nuevas generaciones de lectores mediante un monumental legado abierto a innumerables abordajes; una obra viva, inquietante, aun perturbadora.

No diré nada nuevo si anoto lo siguiente: a lo largo de los más de cuarenta volúmenes donde pudiesen caber sus obras completas, incluyendo correspondencia y escritos misceláneos, James desplegó un puñado de obsesiones recurrentes, por momentos demasiado reiterativas. Las más importantes: la lógica cultural y los códigos sociales del capitalismo moderno; la “experiencia burguesa” de ciertas élites estadunidenses durante el cambio de siglo xix al xx; las confrontaciones provocadas entre el irrefrenable pulso emancipatorio de las mujeres y las obsolescentes estructuras patriarcales, en especial las inflexibles, obtusas reglas de parentesco, filiación y alianza matrimonial; el shock cultural de los expatriados estadunidenses en el Viejo Mundo; los tortuosos y laberínticos poderes de la fantasía; los traumas del desarraigo; las posibilidades insospechadas de la memoria; las identidades escindidas; los monstruos producidos por los sueños de la sinrazón.

Estos temas le sirvieron a James para desarrollar una forma de composición literaria en apariencia muy tradicional. Los suyos son párrafos muy extensos, de tempo muy pausado, con descripciones, acotaciones, reflexiones y anagnórisis dilatadas. El aliento épico es de moderada intensidad, tenue, difuminado. Las disquisiciones y especulaciones de los personajes a veces se antojan interminables, farragosas, sin brío. Su forma de encabalgar periodos con no pocas oraciones subordinadas (sobre todo si se lee directamente en inglés) no facilitan su deleite a primera vista. No obstante, en la estructura profunda de su escritura los lectores encontramos recursos muy sofisticados, distintos a los de la mayoría de los escritores de su época —James fue estricto contemporáneo de Robert Louis Stevenson, George Meredith y Joseph Conrad—, apreciables a medida que se cursa con mayor atención sus narraciones.

Los más importantes son el espectacular manejo de los implícitos, de todo aquello que no se dice pero está presente, escoltando la línea argumental más evidente; la generación sutil de atmósferas densas y ambiguas; y el manejo magistral de los claroscuros anímicos en sus protagonistas. Ninguna de las heroínas, ninguno de los héroes de James son granguiñolescos, hueros o desprovistos de verosimilitud. Muy por el contrario, si algo sostiene la permanencia de su obra es la carne, la muerte y el diablo integrados en sus grandes personajes. Sin duda alguna, fue el más productivo y más minucioso ingeniero de almas de la cultura literaria estadunidense de su época.

Virtudes burguesas,
actitudes alternativas

En lo que hoy llamamos espíritu capitalista se esconden, aparte del espíritu
de empresa y del afán de lucro, un gran número de cualidades
psíquicas… conjunto… designado como virtudes burguesas.

Werner Sombart

La celebrada biografía de Henry James escrita por Leon Edel, publicada en cinco tomos por Avon Books en 1972 y considerada durante largo tiempo como su historia de vida referencial, da cuenta de otras tantas etapas creativas en la vida del escritor. No obstante, intentar una calca en miniatura de la titánica semblanza realizada por Edel resulta tan impertinente como ineficaz. Demorarnos en cada uno de los segmentos biográficos de James nos impediría adentrarnos en el verdadero propósito de estas líneas: analizar un conjunto distintivo de la inconmensurable obra narrativa de James (158 obras reunidas en la versión electrónica más asequible de la actualidad) para contrastarlo con sus respectivas adaptaciones cinematográficas. Para ello, opto por la sabia división en tres grandes periodos de la obra jamesiana concebida por Sergio Pitol, uno de los mejores lectores y traductores que ha tenido James en cualquier lengua.

El primero de estos ciclos va del nacimiento del narrador hasta 1881. Un segundo, cuya inspección omito por carecer de espacio suficiente y por considerarlo disparejo, transcurrió entre 1882 y 1895, durante el cual James publicó varios títulos de intención social y concluyó con una experiencia teatral desastrosa, de acuerdo a Pitol. La última fase arranca en 1901 y termina obviamente tres lustros después. Acaso sea la más compleja y donde se percibe, con absoluta claridad, el dominio del escritor sobre todos sus recursos. Del primer periodo se pasa revista a las novelas Daisy Miller (1878), Los europeos (1878) y Washington Square (1881). Del segundo seleccioné Otra vuelta de tuerca (1898) y “La bestia en la jungla” (1903).

En Daisy Miller, relato o novela breve cuya versión de bolsillo no rebasa las noventa páginas, Henry James logró sintetizar de manera muy eficiente algo que de forma mucho más compleja y extensa desarrollaría en Las alas de la paloma y El retrato de una dama: un personaje femenino que a un tiempo representara ciertos aspectos del carácter nacional estadunidense y fuera su subversión. Crea, de tal modo, un arquetipo revelador, en el cual se concentran actitudes y cualidades del alma norteamericana de fines del siglo XIX: pragmatismo, espontaneidad, ligereza, una frivolidad calculada y un candor aparente que en realidad es una forma de nobleza en estado puro. En la protagonista de esta magnífica pieza narrativa se percibe además un fecundo componente emancipatorio. Resulta agradecible, con mayor razón tratándose de una obra concebida a fines de los 1870 y la primera en ganarle reconocimiento internacional a su autor, hallarse frente a un aliento de emancipación ajeno a cualquier tono doctrinario o ideológico y manifestado, sobre todo, mediante la férrea voluntad individual de la joven protagonista ante la hostilidad ubicua de las convenciones sociales y los intransigentes ritos de inducción matrimonial. La pulsión emancipatoria jamesiana concentra una dosis alta de nacionalismo estadunidense, por supuesto. En todo momento resultará evidente que sus personajes son imagotipos de una civilización. Al menos están en posibilidad de serlo, desempeñando asimismo roles antagónicos a los personajes europeos circundantes. Daisy Miller es conscientemente voluble, coqueta, provocadora y se deja cortejar a sabiendas de violentar los avinagrados códigos de sociedad encontrados a su paso en Europa. A diferencia de, digamos, la típica süßes Mädel de los relatos y las piezas teatrales de un Arthur Schnitzler, la incauta chica barriobajera lanzada a y enfrentada con los estratos bohemios de la sociedad vienesa, a la joven y rica viajera norteamericana le toca lidiar con el orden moral de las élites de Suiza e Italia, quienes descalifican su comportamiento. Es imprescindible subrayar que la coquetería y la múltiple inconstancia de Daisy y de todos los caracteres parecidos en la obra de James —son legión— no están plasmados como atributos “femeninos” asociados a una idea de femineidad superficial, voluble, débil o vulnerable. Por el contrario, la deslumbrante pericia de Daisy Miller para no mantener un estado de ánimo previsible y sumiso puede leerse como una regocijante cualidad humana, como una naturaleza que la primitiva concepción patriarcal del mundo, patrimonio mental de varones y mujeres conservadoras, es incapaz de interpretar y mucho menos cifrar. Ante una mirada (el famoso “punto de vista” jamesiano) premoderna, las actitudes alternativas de Daisy Miller aparecen como enigma. Un pasaje memorable de la novela, relativa a Frederick Winterbourne, el pretendiente de Daisy, da mejor cuenta de esto:

Winterbourne se quedó mirándolas: indudablemente estaba desconcertado. Permaneció junto al lago un cuarto de hora, tratando de desentrañar el misterio de las familiaridades y los caprichos de la muchacha. Pero la única conclusión concreta a que llegó fue que si “salía” con Daisy a cualquier lado se divertiría a mares.

La adaptación cinematográfica de 1974 de Daisy Miller, dirigida por Peter Bogdanovich, es la más fiel de todas las versiones a una obra narrativa de Henry James. Con guión de Frederic Raphael, diestro novelista y escritor cinematográfico, quien también ha realizado, entre muchos otros, el screenplay de Ojos bien cerrados, la cinta reproduce con mucha solvencia y exactitud el contenido integral del relato e incluso añade, con espléndidos tino y gusto, detalles útiles para la comprensión de ciertas escenas de la obra original. Rodada en los mismos escenarios evocados por James —la pequeña población suiza de Vevey, el castillo de Chillon, Roma— esta envidiable producción tuvo la fortuna de contar con una estupenda intérprete para el papel principal, una Cybill Shepherd luminosa, capaz de sostener en sus líneas la dicción vertiginosa de algún personaje de Screw Ball Comedy, y a través de ese virtuosismo oral hacer por completo verosímil la “americanidad” de Daisy. El trabajo de Raphael respetó palabra por palabra los pasajes de la novela adecuados a la pantalla y Bogdanovich le imprimió un ritmo sostenido a su traducción visual, sacando buen provecho de las magníficas locaciones. El espectador que haya leído la obra de James viaja con los protagonistas y comparte sus hallazgos y tribulaciones. La película — titulada en español de manera cavernícola Una señorita rebelde — conserva frescura, elegancia y total respeto por la literatura de Henry James.

La identidad
escindida

Me resulta difícil entender por qué al burgués
le disgusta que lo llamen por su nombre.

Bernard Groethuysen

Las identidades escindidas y la tensión entre cosmopolitismo y provincianismo forman el núcleo subyacente a la trama de Los europeos, cuyo escenario son las inmediaciones campestres de Boston, en la gran propiedad de los Wensworth, familia burguesa de Nueva Inglaterra. Publicada el mismo año que Daisy Miller, se trata de una composición de sesgo distinto, pues, como lo evidencia su título, las peripecias no están centradas en un solo personaje, sino que James emplea un gentilicio continental para aludir, adversativamente, a lo no americano; como el lector deduce al avanzar las páginas, decir los europeos equivale a señalar a los expatriados, a pensar en los advenedizos, en los intrusos, los extraños. O, como en este caso concreto, a repatriados, estadunidenses de vuelta en el país después de una vida en ultramar. Es el caso de los dos “europeos” protagónicos, los estadunidenses Felix Young y Eugenia Münster, baronesa de Silberstand-Schrekenstein, sobrinos del patriarca Wensworth, quienes un buen día de 1850 amanecen en un hotel de Boston con la firme intención, no hay otra mejor manera para describirlo, de incrustarse en la vida semirrural de su parentela sin algún motivo aparente. Esta irrupción, en apariencia inofensiva, trastorna por completo el apacible equilibrio doméstico local. De hecho, el único pretexto para el regreso a Estados Unidos es la separación de Eugenia de su marido, con quien ha estado casada en matrimonio morganático. Pero ni siquiera tienen una historia consistente para justificar su visita. Felix es un retratista de poquísima monta, ha llevado una vida bohemia, disipada, y ni él ni Eugenia tienen referencias íntimas de sus familiares. Frente a los recién llegados, los Wensworth experimentan simultáneamente fascinación y desconfianza. Su estirpe representa a la perfección el esquema de las virtudes burguesas imaginado por Benjamin Franklin (y que retomo de Werner Sombart): observan con esmero la templanza, el silencio, el orden, la parsimonia, la decisión, la sinceridad, la ponderación, la serenidad y, en el caso de las señoritas Gertrude y Charlotte Wensworth, la castidad. Un catecismo pragmático y puritano a carta cabal. Como sucederá en subsecuentes novelas de mayor calado, este tipo de escenario —por lo demás: un orden asaltado por el desorden que aspira a recobrar lo más rápidamente el orden— le sirve a los personajes de James para imaginarse cosas, desatar todo tipo de especulaciones, intrigas matrimoniales y retorcidos “juegos” sociales. A partir de la novela que aquí glosamos, los argumentos de James se desarrollarán, de forma muy señalada, a través de conversaciones hogareñas, presentaciones en sociedad, saraos, cenas, bailes y pausas entre viajes. Del mismo modo, James comenzó a crear climas y atmósferas con refinamiento notable.

Ignoro si a los antropólogos especializados o al menos interesados en estudiar las modernas estructuras del parentesco en Occidente les sugieran la lectura de las novelas de Henry James; si no es así, ellos deberían asomarse sin tardanza a páginas como las de Los europeos. Es electrizante encontrar ahí un espléndido ejemplo de la idea de Claude Lévi-Strauss respecto al matrimonio como un sistema de intercambio establecido socialmente por varones, en el cual el rol femenino está subsumido a un objeto de cambio sin voluntad.

Pero en Los europeos, ya lo adelanté de cierto modo, también aparece otro tema esencialmente antropológico: la confrontación de la alteridad, el descubrimiento del “otro”. Cuando el narrador omnisciente describe la reacción de Eugenia Münster al conocer a su familia ampliada, apunta con toda claridad:

… la baronesa estaba de muy buen humor; se encontraba muy complacida. Su sensibilidad refinada y su imaginación le permitían apreciar todo lo que fuera característico, cualquier cosa conseguida dentro de su especie. Y la familia Wentworth le daba la impresión de ser perfecta en su género, algo maravillosamente apacible y honorable; impregnada de una especie de candor elemental que tenía toda la quietud y la bondad que se correspondían con su imagen de los cuáqueros; todo ello edificado al mismo tiempo sobre una abundancia material desconocida en la pequeña y frugal corte de Silberstadt-Schreckenstein.

Una de las más logradas escenas de la película que James Ivory dirigió en 1979 a partir de una adaptación de Los europeos escrita por Ruth Prawer Jhabvala, es precisamente el momento en que la baronesa, interpretada con mucha gracia por Lee Remick, es presentada a los Wensworth. Como si se tratara de una expedicionaria colonialista o una etnógrafa a la hora de preparar informe de campo, ella examina uno a uno a esos ejemplares humanos, incluyendo a los amigos allí presentes, como Mr. Brand, ministro de la iglesia unitaria. Es decir, para ella los bostonianos son como una raza distinta, la muestra mínima de una sociedad que le resulta por completo distante. La película, que segmenta demasiado la línea argumental de la novela, es a pesar de todo una correcta Period Movie y llegó incluso a ser nominada al Oscar por el mejor vestuario. Resulta notable también la intervención de la hoy olvidada Lisa Eichhorn, quien da una Gertrude Wensworth celestial. Para mí, la intérprete más distinguida y hermosa de todas las heroínas de James que han llegado a la pantalla, por encima de figuras estelares como la ya mencionada Shepherd o Nicole Kidman.

La versión hollywoodense más reciente de la novela Washington Square, debida a la realizadora polaca Agnieszka Holland y con guión de Carol Doyle, filmada en 1997, es también una película de época, con la salvedad de llevar la apreciable impronta de una cineasta acostumbrada a imponer un registro muy personal en todas sus producciones. La obra de James había sido filmada ya en 1949, bajo el título La heredera, con Olivia de Havilland en el rol principal. Volver a darle vida a Catherine Sloper implicaba, entonces, un desafío complicado. Para solventarlo, Holland optó por no atenerse al esqueleto argumental del libro de James sino aportar elementos adicionales para darle un efecto más melodramático a la historia en pantalla. Contó, además, con la actuación excepcional de Jennifer Jason Leigh, por entonces de 25 años, quien salió avante del reto de manera fenomenal, sin desmerecer el trabajo de sus coestelares, los grandísimos Maggie Smith y Albert Finney.
Washington Square, traducida al español en 1970 por Sergio Pitol y publicada en Barcelona por Seix Barral, es, como consignaba la cuarta de forros de aquella audaz e histórica edición aparecida en pleno franquismo, “la eterna lucha […] entre la ingenuidad y el vicio; la bondad demasiado próxima a la estupidez y la astucia demasiado próxima a la maldad”. Para estructurar su relato James partió de un enclave neoyorquino muy identificable con una época, la segunda mitad del siglo XIX, y un estrato social, la alta burguesía del sur de Manhattan. Allí viven el doctor Austin Sloper (interpretado en la película por Albert Finney), su hermana Lavinia viuda de Penniman (Maggie Smith) y su hija Catherine Sloper (Jennifer Jason Leigh), quienes tienen un trato constante con la otra hermana del médico, la señora Almond (Judith Ivey).

La trama es muy sencilla: el doctor Sloper ha escalado socialmente mediante sus virtudes burguesas —decisión, diligencia, justicia— y gracias a un matrimonio muy bien premeditado consolida carrera y fortuna. La suerte le da la espalda una primera vez, cuando su primogénito muere a los tres años. Y una segunda ocasión, más desgarradora, cuando su esposa fallece después del trabajo de parto de Catherine. Ésta, además, resultará una decepción para él: a sus ojos, es de una inteligencia limitadísima. Agnieszka Holland saca provecho de la despótica filiación patrilineal descrita por James para concentrarse, en su versión, en el tortuoso vínculo entre el doctor Sloper, Catherine y su único pretendiente, Morris Townsend (personificado por Ben Chaplin). Ninguna de las grandes protagonistas jóvenes de James es a la vez tan inofensiva, frágil, ingenua y valiente como Catherine Sloper.

Holland se permite la licencia de añadir a la historia original una secuencia donde se le ve de niña, rolliza, inoportuna, devota de su padre, haciéndose pipí en los calzones presa del pánico escénico, luego de haber enmudecido al querer cantar ante toda su familia. La indefensión de la niña es mayúscula; su vulnerabilidad, brutal. Al representarla ya en su adolescencia tardía, Jennifer Jason Leigh consigue transmitir la entereza y fuerza de voluntad de esta hija única despreciada por su padre, quien decide renunciar al destino impuesto, demostrando como actitud alternativa decisiva su opción de libertad. Washington Square sin duda debería ser lectura obligatoria, de preferencia en la pulcra traducción de Pitol, en todos aquellos cursos o programas académicos que vinculen literatura moderna y equidad de género. Y la película de Holland, muy recomendable para las y los adolescentes, debe estar en todas las filmotecas de quienes se ocupen de temas como el maltrato a las niñas en el entorno familiar, la violencia en el noviazgo y, por supuesto, los derechos de las mujeres.

La estética
de la sospecha

Los seres invisibles que revelan su presencia por medio
de efectos sensibles son en general espíritus de un orden inferior
sometibles mediante el ascendente moral.

Allan Kardec

En la literatura de Henry James las especulaciones y suspicacias ocupan un lugar privilegiado. En La copa dorada (1904), su última novela extensa, por ejemplo, el curso de las suposiciones de un personaje secundario, Fanny Assingham, que por momentos está muy cerca de ser un conjunto de delirios paranoicos a los ojos del lector, es tal vez más importante que lo realmente sucedido cuando dos de los protagonistas, el Príncipe Amerigo y Charlotte Stanton, permanecen solos todo un día y su tarde sin regresar a sus respectivos hogares y con sus respectivas parejas.

En el relato “La bestia en la jungla” (1903), traducido y prologado en México por Roberto Diego Ortega para la añorada editorial independiente Breve Fondo Editorial en 1995, asistimos a un orden de cosas puramente conjetural. Una historia con dos protagonistas, John Marcher y May Bartram, se convierte en las manos de James en una prolongada y sostenida suspensión de las certezas. Desde su punto de vista, el narrador lo cifra así:

Todo cuanto había pasado al principio y al final se revertía contra él; el pasado parecía reducido a una simple conjetura estéril. De hecho, el lugar acababa de revelársele colmado de esto: la simplificación de todo, excepto el estado de suspenso.

Hay en muchos personajes de James —burgueses ociosos, sin necesidad de ganarse la vida o de resolver problemas cotidianos— un Angst existencial que se prolonga a lo largo de sus vidas. Otra cita del narrador de “La bestia…” lo hace más evidente aún:

[John Marcher] viviría entregado por completo a la otra idea, la de su pasado indistinto […] En consecuencia, el tormento de esta perspectiva llegó a ser su ocupación central; quizá no podía aceptar la vida sin la posibilidad de la conjetura.

François Truffaut realizó en 1978 un extrañísimo pastiche fílmico basándose en “La bestia en la jungla” y combinándolo con otro relato de James, “El altar de los muertos”. El resultado: La habitación verde, un fracaso en taquilla y de crítica. A pesar de ser una de las obras visualmente más ricas de su realizador, la decisión de Truffaut de representar al trasunto de John Marcher, el escritor y periodista Julien Davenne, fue todo un lastre para su proyecto. Frente a la cámara, Truffaut parece un autómata, recita sus líneas sin darles matiz alguno y termina por minar el sutil encanto de su rara adaptación. En México, al menos, La habitación verde se vio mucho después de su estreno y prácticamente pasó desapercibida.

En el polo opuesto está situada una joya en la historia del cine, la cinta británica The Innocents (1961), verdadera Gesammtkunstwerk dirigida por Jack Clayton. Fue escrita por Truman Capote y el gran John Mortimer, quien aportó diálogos adicionales, a partir de una previa versión teatral de la novela de Henry James The Turn of the Screw (Otra vuelta de tuerca), debida al trinitario William Archibald. En España e Hispanoamérica la película recibió nombres por demás estúpidos: Suspense y Posesión satánica, respectivamente. Todos los detalles de producción fueron cuidados al extremo. La música, por ejemplo, es de uno de los miembros del famoso grupo de Erik Satie y Jean Cocteau (“Les Six”), Georges Auric. Además, el personaje principal lo caracterizó la primera actriz escocesa Deborah Kerr, dando una cátedra inolvidable.

Otra vuelta de tuerca (1898) fue traducida por primera vez al español por el escritor argentino José Bianco y publicada como libro de bolsillo por la editorial Los libros del mirasol en 1961. Es una de las obras más conocidas y analizadas de James, ha sido adaptada al cine en repetidas ocasiones y existe incluso una versión operística de Benjamin Britten. Como se sabe, es un relato escrito dentro del relato de un narrador que acaba de escuchar una narración oral. Una noche, alrededor de una chimenea, un grupo de personas ha estado detallando historias de fantasmas. Un cierto Douglas, después de escuchar un cuento donde aparece un niño, exclama: “Si el niño aumenta la emoción de la historia, da otra vuelta de tuerca al efecto, ¿qué dirían de dos niños?” Douglas se convierte momentáneamente en la voz narradora de la novela, hasta que páginas adelante, escucharemos / leeremos el relato de la verdadera cronista, la institutriz Miss Giddens (Deborah Kerr en la película) que —a la manera de una prolongada confesión escrita— da cuenta de las circunstancias, inexplicables y desafortunadas, que conforman su relación de los hechos al ocuparse de la instrucción y cuidado de dos niños burgueses en la solariega mansión de Bly.

Dividida en 24 capítulos muy breves, Otra vuelta de tuerca ha sido leída sobre todo como un relato de fantasmas; para mí queda como búsqueda de la sustancia extraviada de la conciencia, como un sondeo en las profundidades del delirio. De hecho, la constancia escrita de Miss Giddins es una extenuante anagnórisis, un ejercicio de autoanálisis espeluznante. En cuanto a su versión fílmica, por experiencia desaconsejo mucho ver The Innocents a solas, por la noche. Es en serio, lo enuncio y me dan escalofríos. De atreverse, conocerán el poder de la imaginación de uno de los grandes exploradores literarios de la psique moderna y atisbarán su luz, la luz del médium.