“La pintura debe ser lo suficientemente directa para que no sea esclava de ella misma. Transformar unos materiales dispuestos sobre una superficie en algo que nos dé, en lenguaje claro, la clave de una emoción”, así me respondía Joan Hernández Pijuan el verano de 2004 en su casa de Barcelona, después de visitar juntos su exposición retrospectiva en la Galería de Arte Moderno de Bolonia, Italia.

Con la muerte de Hernández Pijuan (Barcelona, España, 1930-2005), desapareció uno de los artistas más puristas e íntimos de la segunda mitad del siglo XX.  Pijuan se formó en la España franquista, no era fácil mantener la conexión con el pasado inmediato, anterior a la Guerra Civil, sino que su proceso creativo se veía afectado por las nuevas manifestaciones artísticas tanto europeas como estadounidenses. Será preciso esperar a mediados de los años cincuenta para que diversos artistas jóvenes españoles, formados inmediatamente después de la guerra, ofrezcan sus creaciones en el horizonte de una originalidad que les es propia y en el marco de una actitud crítica hacia lo establecido. Antoni Tàpies, Antonio Saura, Manolo Millares, Eduardo Chillida, Albert Ràfols-Casamada, Josep Guinovart y Hernández Pijuan, fueron algunos de esos artistas, que cambiaron y revolucionaron, no sólo el arte español, sino también el de Europa.

La obra de Pijuan se centró en el gusto por el orden compositivo frente a la vocación por el gesto, aunque sea el breve de una pincelada corta e insistente; la ausencia de recursos y materiales   frente a la sensualidad de las imágenes; el tono silencioso de los cuadros frente a su carácter evocador; el rigor con el que muestra su cualidad mental frente a la facilidad con la que descubrió sus orígenes. Pintura referida a un paisaje que no necesita retratar para nombrar: paisaje interiorizado, convertido en materia de pintura. Una materia densa, opaca, plena de rumores, y que llegó a consolidarse en los años sesenta, cuando empieza a geometrizar el espacio y a dar un valor propio a las superficies vacías.

Pijuan fue uno de los pocos artistas que desde sus inicios utilizo la pintura, la pintura abstracta, como expresión, como conocimiento y como forma de relacionarse con el mundo. Dos de sus grandes retrospectivas en el Museo de Arte Reina Sofía en  1993, y la  del Museo de Arte Moderno de Barcelona – que viajó por toda Europa- comenzaban con obras de 1972, momento en el que, liberado de las influencias del expresionismo y de lo gestual, empieza a crear obras que habrían de ser grabaciones directas de su propio ritmo, en las que constituye una narración diferente, no relacionada con acontecimientos “reales”, sino  con su propia manera de trabajar y estructurarse. En su pintura el tiempo es lento y el espacio solitario.

Hernández Pijuan, jamás dejó de extenderse, quizás porque palpitó un turbulento corazón romántico en el cuerpo de este artista mediterráneo. Se hundió en la tierra y la proyecto. De manera, que en su última exposición en la Galería Joan Prast de Barcelona (2005), nos reservó el misterio de su última proyección, la más radical. ¿Cómo describirla? Es como si, palpando las sombras, llegara a tocar con esa suprema avidez en la que el ojo y la mano se funden, la deslumbrante belleza del paisaje., todo su calor, todo su brillo, toda su tranquilidad, todos sus pliegues y recovecos, toda la infinita melodía de esa maravillosa geografía visual, tal y como sólo la aprecia un poeta. Me refiero a su serie de pintura Mirando dejaba pasar el tiempo, 1998, pero, sobre todo, a ese formidable paisaje donde el artista cifró su destino de Camino horizontal, 1996, un laberinto que se entreteje silencioso, la cicatriz de un espacio vacío y, como firma, un signo de rehundida prehistoria. Significativamente, en su obra última, quizá la más singular, ese retoñar de la vibración luminosa convierte sus evanescentes atmósferas en una suerte de paisaje visionario, no ya con los colores del sueño, sino con los colores que resplandecen con una belleza nunca vista, increíble, que lo llevó a conquistar prácticamente todos los museos y las mejores galerías de Europa. Al recorrer nuevamente su obra me percato que su radiante belleza estaba predestinada por toda una entrega a su búsqueda poética y visual.