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En el momento en que descubrimos que los delfines eran inteligentes, aún creíamos que no habíamos medido correctamente la inteligencia normal, ya saben, desde la perspectiva del indiscutible poseedor de la etiqueta del máximo depredador natural, es decir, la alegría que nos da cuando un perro hace sus necesidades en un lugar designado sin considerar el número ilimitado de periodicazos y las embarradas de hocico en su propia orina y todavía decimos “es muy inteligente” cuando el pobre can recuerda aún el dolor y la humillación y se somete ante la tortura. Así pensamos de los delfines, animales, no descriptivo… despectivo.

Era ilógico pensar que solo una especie, de todas las existentes, evolucionara al punto de dominar a todos las demás. Debimos suponer que nos verían como una civilización violenta, que asesinaba a su conveniencia, que saqueaba, que no respetaba ni su propio hogar. Debimos suponer que la máxima muestra de inteligencia sería esconderla de nosotros, mientras los consideráramos meros animales, nos sentiríamos seguros, caeríamos en el conformismo, que en nuestra ignorancia, ellos podrían ser libres.

Cometimos el error de juzgar la inteligencia desde nuestros parámetros, pero, si nos hubiéramos podido ver desde fuera, seríamos como cerdos en una cristalería, lo que para nosotros era muestra de nuestro dominio era eliminar todo lo que había en derredor nuestro para construir algo distinto con materiales de otro lugar destruido, doble trabajo, doble gasto, doble destrucción.

Mientras nos apiñábamos en claustrofóbicos espacios de grandes estructuras de cemento, los delfines nadaban en espacios libres, según nosotros éramos tan inteligentes como para desarrollar lenguajes orales y escritos que no servían para comunicarnos, ni siquiera, cuando usábamos el mismo. Los delfines cruzaban elaborados conceptos que recorrían distancias enormes en los que nuevos chasquidos y ecos sumaban ideas en la construcción de una compleja transmisión universal de información comunitaria.

Algo hay que decir de ellos, intentaron vivir y no competir contra nosotros, no por bondad digan lo que digan, seguramente su bondad no la entenderíamos así como ellos jamás nos entenderán y ese fue el segundo de la larga lista de errores que cometimos, el primero, fue nuestra soberbia.

Ilustración: Norberto Carrasco

Las historias de muertes y desapariciones se repetían por todo el mundo, el mar se había convertido en zona prohibida, una frontera que después de cientos de intentos fallidos entendimos que no nos sería posible reconquistar. Las especies costeras desaparecieron y las playas se llenaron de toneladas de basura putrefactas arrastradas desde todo rincón del océano. No, no estábamos en guerra, no éramos atacados a menos que pusiéramos un dedo en el agua, no, no éramos amenazados, no era necesario, dispositivo, buque, bote, boya era arrojado a la playa, algunos helicópteros reportaban haber visto todo tipo de animal marino en el proceso de expulsión. No lo entendíamos o quizá, no lo aceptábamos, durante toda nuestra historia el planeta fue nuestro patio trasero, nuestra sala de juegos y ahora, nos había arrebatado algo que creíamos poseer.

El precio de los productos del mar se dispararon hasta las nubes, en un inicio usamos los congelados y enlatados pero, al terminarse hubo algunos valientes que intentaron si éxito obtenerlos hasta que nos dimos por vencidos.

Japón, el Reino Unido, Australia, Islandia, Groenlandia, Hawaii, Puerto Rico, Cuba, Tahití, Madagascar, Bora Bora, Taiwan, Filipinas, Nueva Zelanda, toda isla quedó aislada, en un principio surtíamos vía aérea hasta que el combustible, también, empezó a escasear, los principales yacimientos eran marítimos, y esos, estaban fuera de nuestro alcance. Decidimos trasladarlos y no pudimos, poblaciones enteras quedaron aisladas, agradecimos de haber puesto satélites en el cielo pues nos permitía comunicarnos hasta que vimos como el hambre, el rencor, la soledad los sumía en la barbarie. Cortamos la comunicación.

Es doloroso saber que no eres la especie más inteligente de tu planeta, que te confinen al 20% de lo que alguna vez consideraste tuyo y es peor saber que no hay una maldita cosa que podamos hacer. Tenemos a nuestras mejores mentes dedicadas a tratar de comprender su lenguaje, hemos aprendido más en el último año de lo que hicimos en toda nuestra historia, nos pasamos siglos viendo al cielo, pensando que algún día conoceríamos vida inteligente y nunca nos pusimos a pensar en si nosotros lo éramos verdaderamente, si había alguna compartiendo nuestro hogar… Ya es muy tarde, ahora sabemos que no somos, que nunca fuimos y que probablemente nunca seamos… la especie dominante.

El viejo pescador sabía de la prohibición decretada sobre su profesión, también sabía la razón aunque no creía ni por un momento que los delfines tuvieran la inteligencia como para poder vencer a la humanidad en lo que estaba seguro había sido un invento publicitario para que alguna compañía en contubernio con los políticos les robaran el mar de debajo de los botes, ya lo habían conseguido en parte pues toda su ciudad, dependiente del mar, era ahora un pueblo fantasma y decadente. Había acatado la veda pero era lo único que sabía hacer, era lo único en lo que era bueno, él no podía estar en tierra mucho tiempo, lo volvía loco, para suplir el vaivén de las olas terminaba empinándose botellas completas de aguardiente, hoy llevaba ya una respetable cantidad ingerida pero se había quedado sin una moneda para la siguiente ronda, sabía que aún podía hacerse a la mar y si echaba las redes y sacaba dos o tres pescados que antes hubiera considerado un terrible día, ahora, tendría en sus manos una pequeña fortuna si sabía colocarlos bien. Con dificultad, arrastró su barca por la desierta playa hasta la orilla, con un último empujón la arrojó al océano y agotado se tiró dentro dejándose mecer hasta que cayó en un sopor etílico, no sintió los golpes en el casco, no sintió que se volteaba, solo salió de la bruma alcohólica al sentir el contacto del agua helada mientras un par de sombras lo arrastraban al fondo de lo que fue y nunca sería más… su amado mar.

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