Hoy no circulo

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De crisis en crisis y de contingencia en contingencia, los mexicanos ya nos conocemos las consecuencias: hay que aceptar los recortes, apretarse el cinturón, dejar de circular, leer lo que dicen al respecto las autoridades en turno, creerles o no creerles e intuir que detrás de todo hay corruptelas y mala administración. Ya sea que el dólar suba, el precio del petróleo baje o los índices de calidad del aire sean inaceptables —situaciones a las que ya estamos muy acostumbrados— el mexicano de a pie o de a coche lo resiente en su vida cotidiana y en sus bolsillos. Si pocos o muchos deciden instalar sus tiendas de campaña en el Zócalo, el Monumento a la Revolución o Paseo de la Reforma, los capitalinos, molestos al principio, terminamos asimilándolos al paisaje, como si allí hubieran estado desde siempre. Y si nos quitan el agua por tres o cuatro días para darle mantenimiento al sistema Cutzamala, encontramos la manera de prescindir de ella.

Cuando se hizo la alerta sanitaria por el descubrimiento en nuestro país de casos de H1N1 —que entonces se llamó “influenza porcina”—, nos resignamos a sus efectos: desde el uso de gel antibacterial y cubrebocas, hasta el cierre de escuelas, restaurantes y lugares concurridos. En el extranjero nos llegaron a poner en cuarentena y a tratarnos como bichos infectados
y contagiantes. En cuanto hubo vacunas que se administraban gratuitamente, había filas en el metro para recibir su inyección. No pocos se hicieron de Tamiflu solo por si las moscas. Luego le tocó el turno a dos mosquitos cuya picadura transmite un virus que provoca fiebres, dolores y, en el caso de las embarazadas, probable microcefalia en sus productos: el chikungunya y el zika. También se activa la alarma en cuestiones de salud pública cuando las mediciones de partículas en suspensión en el aire de la Ciudad de México rebasan los estándares aprobados por la OMS. Y a pagar sus efectos con un doble no circula, con el aumento en las tarifas de los taxis —con especial énfasis en los operados por Uber— y con la sobresaturación del por sí ya saturado transporte público. Sin embargo, los resultados no fueron tan alentadores ante la magnitud del sacrificio: apenas bajaron unos cuantos puntos los imecas medidos, los suficientes para levantar al día siguiente la contingencia, pero muy cerca de volver a ella.

Hacia principio de los noventas, Heberto Castillo propuso la construcción de grandes ventiladores que ayudaran a dispersar la contaminación, al menos del sur de la ciudad, hacia el Ajusco. Aunque la propuesta era seria y bien documentada, nunca fue vista como viable. Según informa el diario español La Razón, Beijing, una de las ciudades más contaminadas del mundo, ya ha iniciado la construcción de una red de ventilación que facilite la circulación del aire. Y eso que el problema de la capital china es mucho mayor que el nuestro: allá se emite la alerta roja cuando la calidad del aire supera las 500 unidades en un día, 300 en dos o 200 en tres días seguidos. Aquí lo hacemos al llegar a los 150 imecas. Allá se suspenden labores en fábricas y en el sector de la construcción y se cierran escuelas, además de limitar la circulación de automóviles. Aquí padecemos apenas un doble no circula. Allá, en épocas de alta contaminación, es raro ver en la calle a personas sin cubrebocas e incluso máscaras antigás. Aquí simplemente se invita a la población a no hacer actividades deportivas a la intemperie.

Ciertamente en los últimos años se han hecho esfuerzos por combatir la contaminación, desde la puesta en marcha de una línea más del metro y la creación del sistema de metrobuses, hasta el fomento del uso de la bicicleta gracias a las estaciones de ecobicis distribuidas en amplias zonas de la capital. Pero falta mucho más por hacer. ¿Será que nos quedaremos para siempre con la duda de si los ventiladores del ingeniero Castillo son, al menos, una solución parcial?

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