Ignacio Iturria: los sueños y juegos poéticos

Sin duda, dos de las exposiciones más importantes en las últimas tres décadas en México fueron las que realizo el artista uruguayo Ignacio Iturria. La primera Iturria: soñar con los ojos abiertos, 1990 Ignacio Iturria (Montevideo, Uruguay, 1949) es uno de los pilares más sólidos del arte vanguardista de las últimas décadas. En su obra, Iturria va dando pautas no usuales en el tratamiento de la materia y el espacio. Parece existir siempre la intención de proyectarse desde y hacia dentro. Lo material suele aparecer ligero, flotante, aéreo; la lectura de lo mostrado tiende a estimular lo íntimo o poético de cada pieza que nos mira aferrada a su propio y complejo espacio. Las esencias parten de la materia vital y adoptan estructuras construidas a partir de la atmósfera que las genera.

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Iturria trabaja un proceso temporal de múltiples elementos cuyo eje central son formas simbólicas que tienen vida inherente en su esencia matérica. No se trata de oprimir lo creado al tiempo absoluto sino de dejarlo dentro de su misma evolución creativa.

El cordero, Noche feliz y Más allá volando son obras que comparten puntos surrealistas, sobre todo con Paul Delvauy (en lo poético-pictórico, más que en lo conceptual de su significado), en el impenetrable ensimismamiento roturado de indiferencia, convirtiendo estas piezas en realidades inalcanzables que mantienen el enigma como esencia significativa. Pero tal vez lo fundamental sea el proceso constante de configuraciones que admite en el rigor de su lógica la sorpresa y en la composición prevé la irrupción de lo turbador e intelectual dentro de cada atmósfera plástica. De los trabajos de Iturria se puede decir que no pertenecen al minimalismo, a pesar de su patente preferencia por las figuras elementales (rostros inconclusos, cuerpos sin identificar); no forman parte tampoco del programa conceptualista, aun cuando el concepto —y quizá la filosofía misma, o más bien el pensamiento conceptualista moderno— desempeñe en ellas un papel fundamental; no constituyen necesariamente instalaciones, aunque muchas veces adopten esa forma; no se trata de representaciones teatrales ni de requisitos para performances, aun cuando a Iturria no se deban propuestas diversas en ese ámbito y a pesar de la cuidadosa puesta en escena en la que se despliega cada una de sus piezas; y, en fin, no se adscriben al universo conceptual, aun cuando todas esas atmósferas que la envuelven (y aunque el propio artista, con su crítica inteligencia, las revista de modo genealógico) puedan remitir sin dificultad a cierta sensibilidad kitsch, irónicamente ubicada entre lo alucinatorio y lo sublime.

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En su propuesta escultórica, trabajos en torno a algunos de los temas favoritos de Iturria: la imaginación, el ser y los significados. Toda esa larga serie de esculturas-objetos imaginarios que a lo largo de los años ha venido construyendo deriva, en parte, de una posición meditada en la que se involucra no sólo una determinada interpretación del arte sino una quimera del mundo como el enigma principal al que el artista se debe enfrentar. De ahí su viejo proyecto interrogativo, un pensamiento donde lo importante sería la búsqueda de las sorpresas, no de respuestas imperfectas. Desde luego, tales ideas no tienen mucho que ver con nada auténtico sino más bien con la actitud de asombro cósmico, de pura contemplación de una totalidad sin discurso racional.

Se agita y se mezcla
al puño que lo apretaría,
un destino y los vientos;
ser otro.
Espíritu
para lanzarlo
en la tempestad;
refleja su división y pasa altivo
separado del secreto que detenta.

Estas líneas de Mallarmé se refieren a la nostalgia de un destino, de un tiempo mítico. Se explica, por tanto, el enfático hermetismo que domina todas las obras de Iturria. Más que los ecos desviados de los límites entre magia y fantasía, lo que en el arte de Iturria resuena con ironía es aquello que el pensamiento, quizá no del todo, ha decidido dejar atrás: cierta experiencia de perplejidad elemental, cierta voluntad de unicidad absoluta, de potencia estética incuestionable, cierto resplandor silencioso, desafiante, desde la opacidad de los objetos, o cierta pureza básica, como la que sólo imaginamos en la nada, como la de cualquiera de esas mesas con cabezas que están aún fatalmente indefinidas, enigmáticamente contradictorias, con las que Iturria nos sigue interrogando.

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La gestualidad teatral de expresionismo matérico le desagrada y paulatinamente se inclinó hacia la abstracción arte de los museos y disciplinado matizador de la tradición figurativa europea. Iturria siempre ha sido reacio a cualquier exceso teórico y reticente a la verbalización estética. No es casual que viera en la experimentación cromática de Torres García un estímulo para la reflexión sobre el espacio y las funciones de la luz y el color como formas protagonistas de una nueva notación constructiva de corte clásico. «El arte es control», dice el artista, «interiorización, retorno a una vieja tradición de pensamiento visual que aúna memoria y sentimiento. El arte como depurada intensificación de la experiencia».

A partir de la década de los ochenta, la pintura de Iturria adquiere un tono consolidado no sólo visualmente sino poéticamente. Se emancipa de influencias legitimadoras y ahonda en las raíces de sus percepciones formales, resueltamente retinianas y despreocupadas de enunciados intencionales. Adentro y afuera (1989) concentra en una isla de colores centrales la tensión constructiva del cuadro, acentuada por la luz que tamiza los tonos y personajes del contorno. De cuerpo y alma (1992) invierte el proceso y un potente foco central dramatiza el contraste de tonos saturados que lo circundan. La soberbia pintura de los noventa contrapone una sobria gama cromática a una luminosidad rotunda que la irá disolviendo en registros casi espectrales, sublimes en la acepción que suele establecerse al hablar de Rothko. Un apasionado de la luz, la materia, el espacio y la forma, que ha convertido en norma una aventurada proposición formal: las soledades del juego.

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No es azar, así, que la economía constructiva de Zurbarán, la quietud que configura la armonía equidistante entre la luz y el color, convierta para Ignacio Iturria el retrato de Fray Francisco Zumel en el modelo pictórico de la tradición española. Un fondo oscuro en el que destaca la blanca figura del monje: el libro, también blanco, devuelve los haces de luz sobre el blanco, modulando así los volúmenes del hábito, que se perciben simultáneamente con los pliegues rojos del mantel.

Fruto de conocer esa tradición, ha llevado a Iturria a concretar sus ideas. Y de ello, sus magnas exposiciones individuales en los principales museos de América y Europa: Museo de Arte Moderno de Bogotá; Museo de Arte Moderno de Montevideo, Uruguay; Museo de Bellas Artes, Buenos Aires, Argentina; Museo de Arte de las Américas, Washington, D.C., y las excelentes muestras, casi retrospectivas —que marcaron un hito en su carrera— en la Bienal de Venecia XLVI, 1995, donde ganó el Premio Especial Casi di Risparmio; en el North Dakota Museum of Art, 1996, en Estados Unidos; en el Museo Rufino Tamayo de México en 1997; en el Museo de Bellas Artes de Valencia en 1999 y ese mismo año en la Fundación Telefónica de Madrid, en la Pinacoteca del Estado, Sâo Paulo, Brasil, 2004; en el Instituto Cervantes de París, en 2007, entre muchas otras. Dice Iturria: “Todo me significaba tema y gran entusiasmo, porque si no estás entusiasmado perdés la esencia. A mí la pintura me entusiasma siempre. Levantarme y saber que tengo una tela en blanco y que arranca el día es toda una ilusión, es como que podés empezar de vuelta. Esa es una de las cosas que más me gusta de esto, esa posibilidad de rectificación y de que cada día parezca como si fuera un domingo o una fiesta o tu cumpleaños. Hice que desaparecieran los lunes, los días feos, está todo bueno mientras tenga ese lugar, ese centro. Esa es una de las cosas que me gustaría pasarles a aquellas personas que dudan si meterse o no. No hay nada de lo que estoy planteando que tenga que ver con algo muy material, sino que uno tenga una ilusión para levantarse todos los días. A mí me pueden inventar cualquier programa que no me interesa tanto como pintar cuadros. A la vista de los demás puede resultar una cosa muy monotemática, pero no lo es porque encierra muchísimas más cosas. Del arte terminás aprendiendo hasta de geografía, de historia, de filosofía… ”.

Iturria, que es, con todo, un caso excepcional en América Latina, ha transitado con éxito los caminos vanguardistas del arte (no importa repetirlo varias veces), lo ha hecho porque posee una visión del mundo ligada a determinadas proyecciones y pulsiones estéticas, y porque su lenguaje poético-pictórico está en él trabajado por un sentido de la invención que no es lúdica sino trágica, y que se desvía, por tanto, de las estrategias del ingenio. Con dominio de las líneas paralelas, la pintura se vuelve lenguaje, se concreta en las atmósferas y se articula. Sinónimo inamovible. Traducción irremplazable. Universo inseparable: el que pinta y el que observa. La obra de arte debe crear de este modo el espacio sensible donde el espectador alcance la plenitud de la visión, esa profunda afinidad intelectual, pero sobre todo espiritual que constituye la manifestación última del gran arte. Y desde luego, Iturria lo crea.

Esta concepción literaria se plasma en la construcción, pero no necesariamente con claridad y soltura. Lo sorprendente de su obra son los múltiples temas que abarca: interiores domésticos, trenes, barcos, retratos diminutos, referencias propias y animales. El universo se convierte en almacén vasto de cosas heterogéneas. Es decir, cada objeto se forma y se transforma en diversas imágenes: él mismo es ritmo perpetuo. El sesgo plástico es siempre irónico, pero al mismo tiempo desencantado y anhelante. La pintura es distinta, metamorfosis, operación alquímica. Sueño inverso y simultáneo, memoria y juego que sugiere formas.

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Estupefacción, sorpresa, aparición que se abren tras cada mirada sobre la obra de Ignacio Iturria. Mi asombro es caída y ascensión; temor y sospecha. Movimiento contrario. Estas interpretaciones se van transformando ante el empleo de una paleta que sugiere movimientos contrarios: diálogo aparente, signo y tiempo, juego de la memoria. La ambivalencia de los cuadros de Iturria provocan arte, objetos únicos, imágenes que podemos transformar, traducir, invocar. Es verdad, nuestra mirada se descubre ante signos lingüísticos, síntomas de lo moderno y lo antiguo. Desconozco el mito de la modernidad, pero estoy cierto de que el arte es desplazamiento de valores más allá de su forma durable. Concepto intercambiable: transformación crítica y mágica.

Hay un principio estético que lo genera todo y su reflejo se repite en cada obra de Ignacio Iturria Ese fundamento se convierte en significados vacíos y silentes en los que la tela impoluta pasa a ser mero soporte de determinados contenidos a transformarse en espacios de emoción, gracias a líneas que, desde atrás, abomban la tela. Estos trazos, que se presentan como invisibles vértices geométricos, provocan una combinación de figuras o, mejor, unos caminos de luz sobre la superficie de la obra que, como consecuencia de este proceso, se convierten en auténticos acontecimientos pictóricos.

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