En lo alto del cerro una mujer vestida de negro acicala sus trenzas y sacude su larga enagua. Guiada por el olor de fragantes flores amarillas baja al camposanto, a cada paso se maravilla por el borlote que provoca cada 31 de octubre. Ella es la noche, que al ser descubierta por los habitantes de esta comunidad las velas se encienden, se expanden las ofrendas y la música suena en los panteones.

La fiesta empieza y decenas de pobladores se esmeran en sus sepulcros por montar decoraciones donde fusionan elementos existenciales, flores, fragancias, frutas, mezcal, tamales y una tradición ancestral.

Enlutada, la noche no para de bailar con los recuerdos y se refresca con las lágrimas que los presentes derraman al añorar al ser amado. Un torrente de mezcal y cerveza hurga el ayer para invocar a la malvada tristeza.

A tan sólo cinco kilómetros al sur de la capital del Estado de Oaxaca, el municipio de Santa Cruz Xoxocotlán resplandece con la última luna de octubre. Es en los panteones: antiguo y nuevo, donde este astro nocturno encuentra un fascinante espejo de luz, destello que une la vida y la muerte.

Durante la velada, algunas abuelas al terminar de rezar a sus difuntos, cuentan historias asombrosas. Una de ellas dice que la gente de Xoxo, desde tiempos prehispánicos, estaba consciente de que al morir se marchaba a un lugar llamado inframundo.

  • El Dato: Los primeros pobladores de Santa Cruz Xoxocotlán originalmente llamaban al lugar Nuunitatnohoyoo.

Por eso cuando alguien era enterrado se le depositaban los objetos que más apreciaba en vida y las representaciones de sus deidades. Además de complementar la ofrenda con raciones de semillas como: maíz, cacao y frijol.

La noche camina entre los cientos de velas que arden sin descanso, acaricia a los ángelitos de mármol, se recarga en un árbol para escuchar a los trovadores, canta con sentimiento el “Dios nunca muere” y se mancha su vestido de ese dulce prehispánico que le dicen nicuatole.

Los ramos de cempasúchitl que se reparten entre los sepulcros, guían con su color y aroma a las almas que llegan a visitar a sus deudos. Otras flores, como las rosas, las lilis y los nardos, complementan el adorno natural de cada tumba, según el gusto del difunto.

La velada es toda la noche, pero los minutos se van rápido, sobre todo cuando se usan de reloj las guitarras del trío o el acordeón del grupo norteño, que entre canción y canción forjan el brindis de los asistentes.

Entrada ya la madrugada del primero de noviembre, las mujeres en el panteón colocan dulces y juguetes en las tumbas de quienes murieron siendo niños, a quienes se les conoce como ‘angelitos’. Y en los altares que se montan en las casas, en su honor se sirven sendas tazas de  chocolate, y destacan los alimentos sin picante.

De las lágrimas vienen las carcajadas y viceversa, el olor a copal se impregna en las catrinas de cartón, se meten entre los ojos de las calacas de barro, sacuden el papel picado y se funde con el humo que nace de los faroles del transparente celofán.

La noche no quiere irse, se embriaga del ir y venir de la gente, se empacha de tlayudas y garnachas. Corre entre los tapetes de arena que se colocan a los nueve días de fallecida una persona. Con su larga falda apaga algunas ceras. Pide tiempo al sol y le promete que será la última vez que se demore en ir.

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