-¿Cómo que desaparecieron?-

-Sí, a las 3:10 de la mañana me paré al baño, lo sé, porque al acostarme vi la hora.-

-Yo me acababa de dormir, más o menos dejé de ver la serie en el teléfono a las 2:30.-

-Me desperté creyendo que no había puesto la alarma y no encontré mi teléfono. Por eso te pregunté.-

-Yo lo dejé conectado.-

-La puerta del patio estaba abierta pero, sólo nuestros teléfonos no están.-

-¿Pero cómo puede pasar eso?-

-¿Seguramente fueron tus tías?-

-¡Vamos! Es más sencillo pensar que entraron a robarse nuestros teléfonos que pensar en que los fantasmas de mis tías los movieron de lugar.-

-No es primera vez que pasa.-

-Seguramente estuvimos distraídos.-

No era verdad, siempre dejo cargando mi teléfono, revisaba debajo de la cama aún sabiendo que era sumamente improbable que se cayera y se metiera debajo como si tuviera voluntad propia.

-Está la computadora y tu tableta. Ve en el localizador de dispositivos.-

Abrí la aplicación, el teléfono de M aparecía en la casa, el mío, en una calle enfrente de un hotel pero la hora marcaba 9:12 p.m. Y yo lo había usado hasta las 2:30 viendo la serie que no podía ver en la tele, primero porque no me dejaban mis hijos y segundo porque a M no le gustaban.

-Le voy a decir a R que nos marque… Que ambos la mandan a buzón.-

-No pueden desaparecer los teléfonos así nada más. Si alguien entró, se hubiera llevado la lap y la tableta.- Sentí como los vellos del brazo se me erizaban. No sabía si por la posibilidad de que unos espíritus desaparecieran los celulares o por la aún más aterradora posibilidad de que alguien hubiera entrado, hubiera paseado por el cuarto mientras dormíamos, hubiera agarrado en la oscuridad el teléfono de M, hubiera caminado alrededor de la cama, de la cuna de mi hijo menor, hubiera llegado a mi buró, desconectar el teléfono e irse tan campante como si estuviera en su propia casa.

Las implicaciones de esto último me ponían en un estado de angustia, más, sabiendo que hacía menos de una semana, habían entrado a casa de unos ancianos por el barrio, amarrándolos y robándoles y apenas hacía tres días, en un local comercial a dos casas de la nuestra, en plena avenida, bajo un brillante poste de luz, con una desfachatez increíble, desvalijaron todo el lugar.

Mis tres hijos suelen estar en las tardes con uno de nosotros, sin embargo, hay días en los que solo se quedan con la nana. Pensar en que cualquiera podía entrar me hacía temblar.

-Tenemos que irnos a trabajar, que busque R en la casa mientras no estamos.- M suele decir las cosas más pragmáticas mientras yo me lanzo boca abajo dentro del vaso de agua dejando atrapados los brazos y las piernas en las paredes de cristal mientras me ahogo en dos dedos de líquido.

-Vamos pues.-

Me subo al carro, sigo tratando de dilucidar como pudieron desaparecer los teléfonos, manejo en silencio, de manera automática. El mayor de mis hijos, al que llevamos al colegio nos pregunta una y otra vez, tratando de entender, lo que nosotros mismos no entendemos.

-Es muy poco improbable que entrara alguien.- Dice M, más pensando en voz alta que dirigiéndose a mí.

-¿Entonces fueron las tías?- Preguntó, sabiendo de antemano la respuesta que me dará. Ella no cree en esas ondas raras de energías que se impregnan a las piedras. Tampoco cree que alguna ánima se quede atorada en este limbo llamado tierra, por el contrario, cree que apenas pueda, saldrían volando.

-Pfff.-

Seguimos en silencio ante el interrogatorio constante de nuestro hijo. Siente nuestro anonadado silencio pero, está más preocupado por sus incontables juegos dentro de nuestros teléfonos.

El noticiero radial empieza con sus malas noticias matutinas, así que instintivamente busco mi teléfono para conectarlo y lo recuerdo. -¡Xiales!- Apago el radio, aún es pequeño y si puedo mantenerlo dentro de una burbuja rosa un rato más, que mejor.

-Estoy angustiado.-

-Es tu abstinencia al celular, estás pegado todo el tiempo al aparato ese.-

-¿Cuál abstinencia? Cualquiera de las dos opciones… ¡Qué miedo!- No digo nada del calvario que nos espera. Denunciar, ir a la compañía de teléfonos, buscar el IMEI, mandar el borrado desde la aplicación, antes de que revisen todos los contactos, en fin… Un verdadero calvario. Y sí, hasta cierto punto, tengo síndrome de abstinencia… Aunque no pretendo decirlo en voz alta.

Dejamos a mi hijo en la escuela y me lleva a mi lugar de trabajo. No puedo dejar de darle vueltas al asunto ¿Si entraron, por qué sólo los teléfonos? ¿Pasaron a nuestro lado? ¿A lado de mis bebés? Estoy medio paranoico.

Intentó concentrarme pero no puedo, reviso el localizador de la tableta cada 10 minutos, marco una y otra vez e invariablemente me mandan a buzón los dos números. No puedo, simplemente no se me está dando el enfocarme en mis labores. Me sirvo otro café, entre la mala noche y la ansiedad, estoy volviéndome loco, así que salgo a fumar, un cigarro, dos cigarros, tres… La nicotina no ayuda pero, distrae.

Estar incomunicado empieza a pesar. No sé qué sucede en el mundo, no sé qué hacen mis amigos, no sé dónde, cuándo, cómo y por qué. Estoy limitado a lo que mis ojos ven, mis manos tocan y mis oídos escuchan. ¿Exagero? Quizá, y no obstante, tener todo el mundo en la palma de tu mano es embriagador. Todo el día… Todo el día pensando y buscando lo que es casi imposible que se recupere.

En la tarde se confirma, las huellas aparecen por la barda, un sujeto entró a la casa mientras dormíamos, nos vio, en silencio tomó un teléfono, rodeó la cuna, llegó a mi lado, desconectó el mío, seguro sonrió ante la confianza que se llevaba junto con los aparatos, quizá hasta tuvo el descaro de mover la cuna y arrullar a mi bebé. Sólo de pensarlo me hervía la sangre para luego, congelarse en el acto por simple y llano terror. ¿Y sí hubiera llorado? ¿Le habrían hecho algo para callarlo? ¿Si nos hubiéramos despertado, nos habrían hecho algo?

Los trámites son un engorro, la compañía de teléfono nos dice que debemos pagar el financiamiento. En pocas palabras, les vale un pepino, “business are business” y lo entiendo pero la falta de empatía es un reflejo maravilloso de nuestra sociedad.

En fin, dormir el día de hoy será un acto de valentía, le doy un beso a mis hijos, a mi mujer y ruego que no regresen. Sí, dormir será un acto de valentía y no, no podré hacerlo bien. La confianza en mi hogar está rota y yo, sufro de ansiedad por una cosa, por otra y mientras mi sociedad se despedaza, se pulveriza y se vuelca en un yo-yo-yo-yo, en donde pareciera que trabajar más, es exponerte más… ante los que no lo hacen.

-Despierta.-

-¿Qué?-

-Escuché ruidos en la terraza.-

Me levanto de golpe, busco algo con que defender mi casa, a mi familia, seguro vieron lo sencillo que era violar mi hogar. Estamos solos, no tenemos posibilidad de avisarle a nadie, estamos incomunicados en un mundo en que estarlo, es equivalente a la inexistencia. Los ruidos se hacen más intensos, no podemos escapar, ya saben dónde, y cómo, ya no necesitan el silencio. Encierro a mi familia en la habitación. Ahora, sólo me queda esperar y… rezar… Ojalá pudiera hablar para pedir ayuda… Ojalá, tuviera el teléfono a la mano… Ojalá no estuviera… incomunicado.

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