Serví la última copa de la noche, no obstante, tenía por delante dos horas más mientras esperaba a los que jugaban polo con sus bebidas intactas y que una vez que terminaran su partida, se las empinarían de un trago, los que aún no conseguían el “ligue” e insistían infructuosamente creyendo que el alcohol los hacía más interesantes o al menos les nublaba la vista a los que tenían enfrente, los que daban sorbos porque su cuerpo ya había sobrepasado la tolerancia máxima y aún así, introducín más alcohol a un hígado que gritaba ¡basta! No me molestaba, esas dos horas en las que el ajetreo de la barra terminaba y el griterío buscando mi atención para “una más” se sustituía por el murmullo de fondo que, en ocasiones, era más alto que la música de los altavoces. Esas dos horas eran mis favoritas, mis piernas ardían por el ácido láctico de estar parado por seis horas pero, si he de ser franco, me gustaba ver el proceso de intoxicación etílica de los comensales, como se iban transformando, dejando sus inhibiciones y como el dandi, terminaba hecho una piltrafa en el suelo, el tímido bailando sobre la mesa, el egocéntrico en un rincón con un hilo de saliva escurriendo por la comisura de sus labios y así, uno a uno se arrancaba todas las máscaras hasta dejar desnudo su yo real. A veces me preguntaba si no era ese strip-tease de nuestras simulaciones lo que hacía tan atractivo freírse el cerebro hasta la inconsciencia.

Mientras limpio la barra observo, analizo, contrasto las historias contadas pues, eso hacemos, escuchar la vida de los comensales y servirles un shot de valor, un old fashion de paz o un coctel de ambos. Escucho las decepciones, las ilusiones, la esperanza, al menos por esta noche de que todo cambie, de que su ego se distienda, de que puedan mentir y mentirse inventándose una vida que no es la suya, en la que el éxito es su norma y no esa efímera excepción que se les escurre entre los dedos. Yo solo escucho, no los juzgo, ni los cuestiono, los dejo fluir mientras la etílica bebida fluye dentro de ellos. Al final de la noche veo al desilusionado hombre engañado besándose apasionadamente con una mujer, ambos, seguro no recuerdan ni sus nombres o al que acaban de despedir y que en su desesperación utilizó buena parte de su liquidación en perderse esta noche y se levantará mañana, con la cruda del alcohol y de… la realidad.

La música se detiene y las luces se encienden, el encanto se termina de golpe, como suele suceder, el atractivo de la pareja se transforma en ojos vidriosos de mirada perdida, en habla pastosa, en hedor de boca. No, no hay más encanto, los solitarios se van como llegaron, los acompañados no tienen más ganas de compañía y la alegría se transforma en violencia, el empujón, el golpe tembloroso, el grito cargado de ira y de saliva, y no obstante, con la rapidez con que inicia, termina, el cuerpo está desgastado.

todos salen, el silencio se vuelve opresivo, no hay cosa mas deprimente que el bar vacío, la alfombra brillante en la oscuridad es, con luz, un conjunto de manchas de desagradable talante y salpicada de quemaduras de cigarro, los aromas son ahora, de sudores agrios y humedad acumulada. Recojo rápidamente y salgo a la frescura de l fin de la noche. El cielo aclara mientras camino, suelo caer en un estado melancólico al final de la jornada por lo que me espera adelante, una semana común, en horarios corrientes pero, es lo que hay, sufrirlo hasta que un nuevo fin se presente y siga.

Entró al bar como si lo conociera y no era así, yo había estado tras la desgastada barra desde el inicio y a pesar de la multitud de personas que cruzan esa puerta, mi memoria los recuerda a todos, a sus historias, reales e inventadas, conozco a los que van por olvidar su situación y a los que se reinventan en cada ocasión. Ella no encajaba en ninguno de los dos, se sentó en un banco al final de la barra, aún era temprano así que me acerqué a ofrecerle una bebida. Negó con la cabeza y dejó que su vista vagara por el lugar, la mirada de quien espera a alguien pero, no sabe si son nervios o ansias lo que corre por su sistema.

No insisto, esa no es mi función, si me necesita, solo tendrá que levantar la mano. Después de unos minutos me olvido de su presencia, empieza el movimiento, un mezcal, bourbon con cola, cola de gallo, paloma, martini seco, dulce, whisky derecho, cuba, pasión azul, red devil, vodka, tequila, ron y litros de cerveza, apenas me doy abasto, el ruido de las botellas y los vasos crean melodías tintineantes en las que bailo como experto. El tiempo pasa y empiezan las confesiones “me engañó”, “la engañé”, “me dejó”, “hoy la convenceré”, “es un idiota mi jefe”, “me las pagará”, “me debe hasta la risa y así me paga”. Cada historia lleva un deseo implícito, algunos de ellos aún no lo ven pero, yo ya lo sé, ya lo escuché, no una, decenas de veces y casi siempre terminan igual, en algo inmutable que solo necesita aceptarse y avanzar.

Volteo y veo a la dama, sigue sentada en la misma postura de hace horas, si esperaba a alguien, ese alguien la dejó plantada y eso, para una bella mujer, debe ser peor que una patada en la ingle para un hombre. Es raro que emita juicios pero, siento cierta compasión, sin preguntarle nada, le alcanzo un vaso con hielo y una botella de agua “cortesía de la casa” digo y ella esboza la sombra de una sonrisa.

Termina la noche, quedan los de siempre, los que nadan en alcohol, los que se comen a besos, los que no saben si seguir o parar pero que definitivamente no pueden pararse y, al final de la barra, ella sigue ahí, el vaso tiene el hielo derretido y la botella continua cerrada, podría haber sido un mueble más sino fuera por la decena de acercamientos tan productivos como suave brisa ante indiferente mar. Me dejo llevar por la curiosidad.

-¿Puedo ayudarte? Ya cerraremos la barra.-

-No, gracias.-

-Llevas toda la noche sin moverte ¿Algún patán te dejó mal?-

-No.-

Las respuestas monosilábicas son indicadores de rechazo pero no tengo intención de hacer un acercamiento, solo quiero satisfacer la curiosidad de la soledad.

-¿Entonces? ¿Sólo viniste a pasar el rato?-

-Sí.-

Titubea en la afirmación así que no, no vino a pasar el rato. Me encojo de hombros y sigo con la rutina de limpieza, la música para, las luces se encienden, la alfombra se transforma y los violentos dejan salir a sus demonios. Un insistente parroquiano se le tira encima cual perro en celo, lo esquiva hábilmente y el sujeto termina con la frente abierta con la madera de la barra y mi pie encima de su espalda.

-¿Estás bien?-

Esta vez ni siquiera hay monosílabo, solo un escueto asentimiento.

-Vamos, te acompaño a la salida.-

Niega, mientras recupera la respiración.

-¡No! Necesito estar aquí.-

Su respuesta, abrupta, directa y emocional, me tomó por sorpresa. No era algo que esperara, pero aún, que entendiera, solo quedábamos el guardia que acababa de sacar al herido y de paso a todos los rezagados, ella y yo.

-¿Por qué necesitas estar aquí?- Al preguntar, me salió un deje de exigencia que hasta a mí me hizo respingar.

-Por ti… por mí.-

Di un paso atrás, después de cerrarse, que te suelten eso, me provocó un rechazo inmediato. Cierto, en mi lugar suelo recibir propuestas dos o tres veces por semana pero suelen estar más allá de la coordinación motora y lingüística.

-¿Disculpa?- No pude decir otra cosa.

-El día de hoy es 16 de junio ¿no?-

-Sí.- Ahora era mi turno del “monologuísmo”.

-No sé la hora pero, hoy debes de morir.-

Imaginen que alguien te suelte eso. He escuchado cientos de historias pero, nunca algo así. No lo sentía como amenaza, hubiera sido más tolerable, era la certeza y el dejo de tristeza lo que me provocaba escalofríos. Llamé al guardia con un gesto, no tenía que tolerar esto y ni toda la curiosidad del mundo sería suficiente.

-No, espera, necesito estar contigo. ¡Necesito evitarlo!-

Detuve al guardia que me puso una cara de hastío y levantó una ceja en exigencia muda de que terminara con lo que estuviera haciendo para que se fuera a casa.

-Disculpe señorita. Eso es lo más absurdo del planeta. ¿Acaso espera que crea la barrabasada que acaba de decirme?-

-Si mueres, muero yo.-

Era suficiente, había escuchado locuras de toda índole y esta aunque no sonaba a invento, suficientes mitómanos había servido tras la barra para saber que se creían cada cosa que saliera de su boca.

-Lo siento.-

-Espera, he estado observándote toda la noche. No me preguntes cómo lo sé, si de por sí, no crees esto, menos si te dijera el resto.-

-Inténtalo.-

-En un mes aproximadamente, conocerás a una mujer, ambos se caerán bien, ella se convertirá en asidua solo para verte y se darán cuenta de que tienen más en común de lo que pareciera a simple vista, ella será una psicóloga que cambiará toda la praxis y lo hará gracias a tus observaciones empíricas pero, ese no es el punto, ella es mi madre y tú… mi padre.-

Solté una carcajada como hacía mucho no soltaba, prácticamente, me doblé de la risa.

-Sé que no me crees.-

-¿En serio?-

-No me creas, solo cuídate. Averigüé que hoy es el día clave y tampoco preguntes cómo estoy aquí pues es aún más difícil de explicar. Te he dicho la verdad.-

Cabizbaja se levantó, retorciéndose los dedos y visiblemente angustiada. En algún lugar había leído que hay que no hay que romper la fantasía de un demente así que, quizá por generosidad aunque, también por una pizca de miedo le aseguré que lo haría. Más tranquila la vi partir y empecé a seguirla con la mirada mientras dejábamos el bar, hasta que sucedió algo increíble, se dobló en dos y se desvaneció frente a mis ojos… justo antes de que viera las luces del vehículo que se venía contra mí… Que ironía, creerle justo antes de que fallara en su intento y ser, justo ese intento, lo que me hiciera retrasarme, tomar otro camino y estar aquí a punto de…

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