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Jim Goad. Fuente: elsaltodiario.com

Jim Goad tiene claros los tres motivos por los que escribe: el rencor, el resentimiento y el odio. Su Manifiesto Redneck puede leerse como la racionalización de estos sentimientos, pero no con el afán de neutralizarlos o de explicarlos en busca de una justificación exculpatoria, sino de identificar a sus enemigos y jurar venganza. Y sus enemigos, el progresista blanco y el blanco rico, son los dos grandes triunfadores del neoliberalismo en Estados Unidos, uno en el plano cultural y el otro en el económico. Una vez identificados, resulta imposible acusar a Goad de parcialidad o de pecar de favoritismo: odia a ambos por igual. Y ahora viene lo relevante: a lo largo de trescientas páginas sarcásticas e iracundas, Goad contextualiza, desarrolla y justifica su odio, lo que da por resultado un ensayo que cuestiona de tal forma varios de los preceptos de la identidad estadunidense que, tras su lectura, nos vemos obligados a darle la razón en todo y pasar a otra cosa, a tirarlo a loco o a cambiar drásticamente nuestra visión de la realidad. Sea cual sea la opción que elijamos, lo que queda claro es que muy pocos tienen el talento de odiar tan virtuosamente como Goad.

El manifiesto (supongo que Goad consideraría insultante llamarle libro, texto o ensayo, como hicimos en el párrafo anterior) tiene la virtud de exponer histórica y sociológicamente varios aspectos del concepto redneck, de narrar las observaciones del propio autor sobre este fascinante universo cuya vulgaridad y sordidez parecen nunca agotarse y de intercalar fragmentos autobiográficos del irremediablemente redneck Jim Goad. Si ya esta mezcla entre ensayo, crónica y autobiografía (y manifiesto, claro) hacen del texto algo relativamente novedoso, considerando que fue escrito hace veinte años, el lenguaje del que se vale —incorrecto y soez, pero también erudito y reflexivo—, hace de él un texto tremendamente actual, sobre todo porque Goad, en sus predicciones, parece haber acertado y haberse equivocado con igual exactitud.

Pero antes de llegar al futuro imaginado de Goad —que sólo en parte es nuestro presente— hace falta puntualizarde qué habla. Goad se detiene en el origen y la evolución del término redneck, asociado a muchos otros con leves diferencias semánticas, como crackers, shit-kickers y hillbillies, cuyo hiperónimo, que no requiere mayor explicación, es white trash (“basura blanca”), que incluye también al blanco pobre urbano, obrero, incluso neoyorquino, si bien los rednecks por antonomasia son los campesinos blancos, trabajadores y pobres, que tienen la nuca roja por trabajar el campo de sol a sol. Sobra decir que se trata de un término despectivo, al que se asocian estereotipos profundamente negativos: una ignorancia de proporciones enciclopédicas; un rudimentario uso del idioma, confirmado por su acento rural; una vocación de incesto irrefrenable, que constituiría un rasgo de identidad y un dispositivo imparable de reproducción de pequeños rednecks; un amor —a saber si carnal o romántico— por la posesión de armas; un aspecto desaliñado, una dentadura incompleta o putrefacta, y unos zapatos rotosos (si los hay); un espíritu emprendedor que se limita a la elaboración de whiskey casero para autoconsumo; una desconfianza irracional frente al Estado, las ciudades, la ciencia y cualquier ser humano que tenga la nuca pálida o morena, y, por último y sobre todo, una “merecida” pobreza, pues el único culpable de ella, para el enemigo, es por supuesto el propio redneck.

Una vez que sabemos de lo que hablamos, o más bien, de quiénes hablamos, Goad repara en el hecho, para él indignante, de que el desprecio al redneck esté tan extendido y tan naturalizado en Estados Unidos, al grado de que este colectivo constituye el último del que está permitido burlarse en el mundo de lo políticamente correcto (de hecho, hacerlo está bien visto). Al denigrar al redneck mediante chistes de razonable mal gusto, el gracioso estaría confirmando su progresismo; una vez censurados los chistes racistas y sexistas, no le queda más humor al buen progresista que burlarse de la pobreza, siempre y cuando sea blanca, por supuesto. No escapa a Goad la paradoja de que su lector más probable no sea un obrero metalúrgico de Minnesota, sino un progresista de San Francisco; de ahí que las interpelaciones más provocadoras estén dirigidas al lector, al grado de proponer la esclavización de todos los progresistas blancos.

La motivación de Goad no es la empatía con un grupo marginado; si de algo no puede acusarse al manifiesto es de sus buenas intenciones: “¿Y por qué me perturbaba tanto toda esta insidia contra la basura? Porque están hablando de ”, afirma Goad sin tapujos, aunque caer en la cuenta de que él forma parte de la basura humana de su país no le resultó sencillo. Nacido en un suburbio de Filadelfia, Goad pasó su infancia y adolescencia convencido de la superioridad de su comunidad de origen irlandés frente a la italiana, la otra que poblaba el barrio. Fue al llegar a la universidad cuando cayó en la cuenta de que esas diferencias importaban poco, pues distaba mucho de ser un auténtico WASP (White Anglo-Saxon Protestant, término que designa a la auténtica élite de EUA; tres de las cuatro palabras que lo forman están pensadas justamente para excluir a irlandeses e italianos). Al enfrentarse al progresismo universitario y jamás lograr integrarse en él, y harto de que sus compañeros ricos, cuyas familias jamás habían tocado una hoz o un martillo, le explicaran cómo debía comportarse la clase trabajadora, Goad comprende que el linaje al que pertenece y al que siempre pertenecerá es el de la basura blanca. Ante la evidencia, decide emprender una revisión de las raíces de esta basura, y, más que reivindicarla, sueña con un contrataque.

Según Goad, en una visión tan delirante como fundamentada con citas y cifras históricas, la basura blanca, y con ella la respetable familia Goad, proviene de los siervos de cumplimiento forzoso y de los trabajadores convictos que emigraron a Estados Unidos durante la Colonia y hasta la Guerra Civil. En otras palabras, los ancestros de los rednecks serían ni más ni menos que “los esclavos blancos”, a quienes se borró de la historia. El dogma de que Estados Unidos, salvo por la esclavitud negra y por el genocidio indígena, fue poblado por inmigrantes ansiosos de libertad es rebatido con contundencia por Goad: la mayoría de los blancos que llegaron al país lo hicieron secuestrados, vendidos o engañados para servir como siervos, o bien como convictos que debían purgar sus penas como trabajadores forzados en el Nuevo Mundo. Sus condiciones muchas veces fueron peores que las de los esclavos negros, siempre según Goad, ya que estos últimos al menos eran una posesión de su dueño, por lo que se les cuidaba, mientras que los blancos sólo servían por unos años, tras los cuales eran liberados; de ahí la idea de que el patrón debía aprovecharlos lo más posible, o, dicho en otras palabras, explotarlos hasta la muerte antes de que venciera el contrato firmado por sólo una de las partes.

Tras cuestionar las raíces del origen nacional de Estados Unidos, Goad emprende un nuevo ataque, ahora contra el mito que justifica al país: el sueño americano. En este sentido, requiere muchos menos argumentos para convencernos de que el ascenso social y la meritocracia son una invención con más o menos la misma entidad de realidad que Pie Grande (criatura, por cierto, cuya existencia un buen redneck nunca pondría en duda): “Aunque raramente se reconozca, la riqueza heredada (al igual que la pobreza heredada) constituye un sistema de exclusión muy similar al de la supremacía blanca”.

Para Goad, el racismo en Estados Unidos no es tan grave como se cree; es, más bien, una percepción fomentada por los medios de comunicación y por Hollywood, en una inmensa campaña de propaganda con dos objetivos claros: esconder el verdadero problema, que es el clasismo, y fomentar la separación de los pobres según su raza para que no puedan formar un solo bloque de poder.

“La raza se menciona diez mil veces por cada vez que se oye la palabra ‘clase’. Las diferencias culturales ahogan las similitudes económicas”, afirma Goad, recordando el viejo adagio de que ser paranoico no significa no ser perseguido.

No pasarán muchas páginas para que Goad defienda la existencia y la vaga ideología de las milicias de civiles armados listos para luchar contra la red de conspiraciones que gobiernan de hecho Estados Unidos: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti. Tampoco te preguntes qué puedes hacer tú por tu país. Empieza a preguntarte qué es lo que te está haciendo tu país a TI”. Muchas de sus afirmaciones, por supuesto, conviene tomarlas como piruetas retóricas, pródigas en falacias y en comparaciones históricas forzadísimas, como cuando defiende la portación de armas o a los predicadores que invocan a Jesús al tiempo que juegan con víboras venenosas, y que bien podrían ser personajes de Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, acaso quien mejor ha escrito sobre los rednecks desde la ficción.

Siguiendo este relato, los rednecks, más sumisos de lo que pudiera pensarse si tomamos en cuenta su gusto por los rifles de asalto, años atrás se resignaron a ser basura, pero al menos les quedaba el consuelo de ser trabajadores, y poder vivir de ello. Sin embargo, la odiada élite blanca de Washington, durante los años ochenta, descubrió que mediante la globalización podía reducir costos y multiplicar las ganancias, lo que lleva a Goad a decretar que “la clase obrera estadunidense ha muerto”.

Goad expone su propia situación para ejemplificar la de toda la clase obrera, esa que, según la mitología divulgada hasta el cansancio, construyó un Ford para cada familia del país y produjo armas suficientes para derrotar a Hitler:

Recuerdo haber ganado sólo diez dólares por hora en 1995, sin prestaciones ni vacaciones, por hacer el mismo trabajo que en 1987 me proporcionaba dieciséis dólares con todas las prestaciones. Aunque mi mujer y yo tenemos títulos universitarios y no tenemos hijos, trabajamos a jornada completa y las pasamos putas. Mi padre no terminó el instituto y pudo mantener a su esposa y cuatro hijos sin ayuda de nadie.

El lamento de Goad puede parecer injustificado, pero no lo está si se relaciona con los estudios del economista serbio Branko Milanovic (Desigualdad mundial. Nuevas aproximaciones para la era de la globalización, FCE, 2017), que arrojan que el segmento de la población mundial más perjudicado por la globalización es, precisamente, el de la clase baja de los países desarrollados, lo que explicaría patadas de ahogado o decisiones demenciales como la elección de Trump o el Brexit (Chavs: La demonización de la clase obrera, de Owen Jones, puede leerse en cierta manera como el correlato británico del Manifiesto Redneck).

Jim Goad.
Fuente: elsaltodiario.com

Goad traslada su situación personal al resto de los rednecks y amenaza:

A medida que se desvanecen las oportunidades para la mano de obra no calificada, la basura blanca puede que se vuelva desagradable. Y se politizará de un modo que te hará retorcerte […]. A la basura blanca no le quedan sueños. Pero toda esta endogamia, mala nutrición, cerveza barata y anfetaminas de banda motera nos ha proporcionado una ventaja evolutiva. Todos esos trabajos revienta-almas y toda esa condescendencia de los blancos ricos nos ha arrinconado en una esquina. Y, como las ratas suburbiales que siempre habéis dicho que somos, solo nos queda la opción del contraataque. Cuesta mucho despertar nuestra furia, pero no nos presionéis. La siguiente escaramuza étnica a gran escala de Estados Unidos puede que sea interracial: basura blanca vs. dinero blanco.

Y sí, no cabe duda de que Goad tuvo razón, en parte: nunca como en 2016, casi veinte años después de publicado el Manifiesto, los rednecks se movilizaron tanto políticamente, pero no para hacer la revolución, sino para votar por Trump. Y nunca como en 2017, los rednecks, ya sin sueños, han emprendido una especie de suicidio colectivo, culpados como nunca de su propio fracaso: cada día mueren doscientos gringos (la mayoría rednecks) por sobredosis de opiáceos legales e ilegales. Éste no era el desenlace soñado por Goad, sobra decirlo. Para él, algo marxistamente, no será sino hasta que los negros y los rednecks (“hermanos que luchan por las mismas prendas andrajosas”) se unan contra la élite cuando pueda hablarse del advenimiento del auténtico sueño americano.

Seguimos esperando ese día, querido Jim, y créenos que, cuando llegue, brindaremos por ti con un Jack Daniels destilado en Tennessee, mientras escuchamos una canción de Elvis o de Jimmy Cash, el rey y el príncipe indiscutibles del reino perpetuamente agonizante de los rednecks.



Jim Goad: Manifiesto Redneck, traducción de Javier Lucini, Dirty Works, Madrid, 2017.

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