El chasquido de la vara de madera sobre la mano izquierda quedó ahogado por el grito que se le escapó ante el dolor intenso, antes de que, por pura fuerza de voluntad trabara los dientes y se lo guardara junto con la enorme gama de sentimientos reprimidos en su instrucción. De un tiempo para acá, el predominante, era el odio, un odio ardiente hacia el anciano de genio pronto que le había clavado una espina de maguey en la lengua por atreverse a cuestionarle una de sus lecciones que era totalmente diferente a las recibidas en la escuela tradicional y, su padre, parado en la puerta del estudio vio, impávido, el severo castigo entre caladas de su pipa. En ese momento no supo si dolía más la afilada protuberancia del maguey o saberse abandonado a su suerte por quien hasta ese momento, había sido su ídolo más grande. Cierto, no volvió a hablar son contrastar y saber, no volvió a mentir, no dijo nada que fuera sólo por ofender. Esa espina de maguey perforó su lengua y la idílica burbuja de protección que hasta ese momento había tenido.

-¡No te distraigas!-

Apretó el puño hasta dejar los nudillos blancos y recibió el golpe de la maldita vara de madera. Esta vez no gritó, la piel se enrojeció sobre el morado que aún se veía de la semana pasada.

-Con todo respeto maestro, no vuelva a azotarme o quebraré esa vara en miles de astillas y pasaré horas reconstruyéndola dentro de su piel.-

El silencio posterior fue espeso, largo, tenso y se acabó con el crujido de la vara al ser rota. Frente al niño se plantaba el maestro, con un pedazo de vara en cada mano y una sonrisa de orgullo atravesaba su rostro.

-Estás Listo.-

Esa fue la última vez que vio al anciano maestro.

 

-Buenas noches papá.-

-Pasa Juan.- La voz de su padre sonaba cansada, su escritorio, generalmente impoluto, estaba en estos momentos lleno de documentos que a simple vista le parecían antiguos pero que no tenían la menor importancia ante el imponente Códice en piel de venado entre pesados cristales que le había fascinado desde que descubrió a su papá hablándole como lo haría con un amigo íntimo para después quebrarse en llanto.

-Me dijo Don Fernando que ya estabas listo para iniciar tu aprendizaje.-

-¿No hacía eso ya?-

-Seguro escuchaste en la escuela o leíste o viste an algún lado la frase “la historia es escrita por los vencedores”. Eso es lo que nos enseñan, la visión desde un solo lado que, magnifica sus virtudes y minimiza sus defectos mientras, hace lo contrario con los vencidos. Pues bien, los “vencidos”, también tienen su historia, lamentablemente, el simple hecho de usar la palabra “vencido” nos hace bajar la cabeza, nos destroza, nos vulnera y, lo peor, es que empezamos a creernos que ese es nuestro destino, que hagamos lo que hagamos, estamos condenados a fracasar y que, si por casualidad alcanzamos el éxito, es atribuida a la suerte, nunca por nuestra capacidad. Don Fernando te confrontaba con una verdad distinta pero, además, con un exceso de celo en sus sanciones y correctivos y, si bien, nunca fue injusto, la sanción no era acorde a la falta y debíamos averiguar si lograbas romper el condicionamiento ante una figura de autoridad.-

Sus palabras, aunque graves, estaban matizadas por un tono que pocas veces le había escuchado a su padre, una mezcla entre satisfacción, orgullo y quizá lo imaginaba, pero creía haber escuchado una nota de alivio.

Sin saber que responder, sólo atinó a preguntar.

-¿Qué debo hacer?-

-Ven aquí.-

Mientras se acercaba, su padre le hizo espacio entre la silla y el escritorio, acarició con una mano el Códice mientras con la otra se daba unas palmadas en la pierna invitándolo a subirse.

Juan, emocionado, se acomodó encima de su padre como cuando era un niño y la historia, su historia, empezó.

-Este Códice es único, quizá no sea el más valioso del mundo pero lo es para nuestra familia y si todo sale bien, lo será para nuestro país. Frente a ti tienes el linaje de Moctezuma, sus obras y su destino, el tlahculio que lo realizó, murió defendiéndolo y no porque fuera su mejor obra, o la más valiosa, o especialmente bella, lo hizo porque era la última, querían borrar su existir y ponerlo como nota al pie de página del libro de los vencedores.

Moctezuma, el crédulo emperador que abrió las puertas de Tenochtitlán y aunque no fuera su intención… Nos entregó.

Nosotros somos descendientes de su vástago oculto, que creció en exilio, huyendo y que apenas tuvo voz, juró ante los dioses redimir el nombre de su sangre. Desde entonces, hemos tratado de cambiar ese desdichada decisión que nos hundió como nación.-

Juan solo veía los brillantes colores de los pictogramas, escuchaba la historia y aunque la veía tan lejana como para que le fuera indistinta, la voz de su padre vibraba de emoción contenida, de destino manifiesto, de una convicción que le daba miedo.

-Mira Juan, hemos ocultado nuestro nombre, hemos vagado por todo el planeta buscando acrecentar nuestra fortuna e influencia pero siempre dejando a uno de nosotros pegado a nuestra tierra, esperando el momento de cumplir esa promesa echa, una que también ha evolucionado pues ya no es la redención lo que buscamos, es sacudirnos esa sensación de derrota, esa esperanza del vencido de extender la mano esperando las migajas que tengan a bien soltarnos mientras el desdén se dibuja en el rostro del que nos escupe en el orgullo. Es nuestra obligación enseñarle a nuestros hermanos como se vence, como se aprende y se es magnánimo en la cumbre, como puedes caminar entre espinas sin sufrir un rasguño, como despertar la justa cólera de la verdad y ya sabiendo que caer duele pero, no mata y levantarnos cuesta pero, vale,  entonces tendremos la suavidad del perdón.-

La mirada, la voz, el ánimo de su padre crecía conforme hablaba, incluso él, a su corta edad sentía como la adrenalina le corría por el cuerpo y su pecho se inflaba.

-Este es tu destino Juan, debes estar preparado para cuando sea el momento justo, nunca serás líder, eso nos está vedado, ese es el precio que debemos pagar por los errores de nuestro ancestros pero, debes ser capaz de orientar, influir, sacarnos del marasmo en el que nos hundimos pues si la historia la hacen los vencedores, nosotros, conociendo la de los “vencidos” somos el fiel de la balanza y, hablando de fiel, nuestra única lealtad es y será con nuestra tierra, nuestras sangre y la reposición de nuestro futuro. Hoy inicia tu instrucción, hoy puedes, por derecho, llamarte… Juan Moctezuma.-

Latest posts by Raúl Sales (see all)

Compartir