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Foto: Especial

Un Borges juvenil consideró la disyuntiva entre la novela policial y la novela sicológica. Mientras los escritores maduros urdían vidas que eran casos clínicos, el iconoclasta Borges y sus deportivos amigos, como Adolfo Bioy Casares, apostaron por una literatura cimentada en la amenidad. Aceptando la célebre clasificación de Borges de la metafísica como una rama de la literatura fantástica, propongo completar la correspondencia postulando que la fantasía constituye la metafísica por antonomasia de nuestra época.

La ciencia ficción debe esta madurez en gran medida al alucinante narrador Philip K. Dick. Agobiado por prestigiarse como escritor serio, permanentemente acosado por la ruina, víctima de sus adicciones y de matrimonios desdichados, construyó un singular e ingente corpus narrativo cuya novela más conocida es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968).

La película que la retoma, Blade Runner (1982) de Ridley Scott, comenzó siendo de culto para imponerse como el hito fílmico más duradero del último tramo del siglo XX, comprobando fehacientemente que en gran medida la vigencia estética de una obra es intrínseca a la eficacia para comprender la sensibilidad de su época. Podrá haber cintas más propositivas formalmente pero si Blade Runner continúa fascinándonos es porque ofrece una imagen posible por fiel de nuestro universo, a la vez que cifra nuestras obsesiones y sentimientos.

Como constatamos al leer los ensayos concentrados en Blade Runner (Tusquets, Cuadernos Infimos, 1988), en una era desprovista de Grandes Relatos fundadores de sentido, según la
tesis de J. F. Lyotard que explicaría la posmodernidad, esta fábula dedicada a responder las preguntas esenciales del ser humano se ha convertido en nuestro Relato Fundador.

Mientras en México aún miramos con suspicacia la ciencia ficción y el horror —no así otros géneros ya aprobados como “maduros”: el policial y el thriller—, en ocasión del cincuenta
aniversario de la aparición del título emblemático de Dick se impone revisitar este indudable clásico de los suburbios literarios y plantear de nuevo la acuciante cuestión: ¿y si comenzamos a juzgarlo un clásico sin cortapisas?

EL FACTOR EMPÁTICO

El meollo de la trama, que acontece en un solo día, al modo de esas odiseas modernistas —La muerte de Ivan Illich de Lev Tolstoi, Ulises de James Joyce, con las que sabemos estaba perfectamente familiarizado—, es la fuga de un grupo de androides que llega a la Tierra para confundirse entre los humanos y su persecución por parte de un cazarrecompensas, Rick Deckard. Advertimos aquí ya una variante que será decisiva con respecto a la conversión cinematográfica: las criaturas mecánicas no pretenden extender su vida, el motivo por el que en la película viajan a la Tierra, sino liberarse de la servidumbre a que se encuentran sometidos en Marte, la principal colonia terrestre, y tomar el destino en sus manos. La trama se ubica en 1992 —hay ediciones posteriores al éxito de Blade Runner que alteran la fecha situándola en 2020—; tras una guerra atómica mundial, la Tierra se ha convertido en un planeta parcialmente habitado a causa de la radiación y del deterioro implícito en esta degradación. La mayor parte de la humanidad, amenazada por la polución y una eventual degeneración, ha emigrado a Marte y a otros planetas donde ha recibido un sirviente personal: un androide. De hecho, esta transacción es el principal acicate para promover la migración.

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Mientras que la cinta inspiró lecturas polivalentes que atendían desde las relaciones entre la narración —la manera de presentar la historia— y los géneros cinematográficos o su articulación visual, la crítica literaria ha reparado sobre todo en sus implicaciones filosóficas, al punto que el hoy célebre escritor Emmanuel Carrère, biógrafo de
Dick, la ha considerado “un tratado de teología”. Desde esta perspectiva el tema dominante, en apariencia, es la indagación sobre la peculiaridad humana; el atributo que nos define. Para Dick, una primera respuesta sería la capacidad de demostrar empatía, ausente en los androides, limitación que los delata y separa de la humanidad. Sin embargo, como pronto advertimos, el conflicto es más sutil y complejo que una sencilla oposición entre emoción/indiferencia, entre sensibilidad e impasibilidad. Deckard, el protagonista, padece un matrimonio en declive, con una esposa sumida en un marasmo, incapaz de interesarse en la relación. El principal interés de este melancólico cazador son los animales, aunque debamos acotar que podría deberse a que poseer un ejemplar viviente incita una estima social. En este aspecto, la veta emotiva y su identificación humana comienza a confundirse. A juzgar por los pocos especímenes de la ficción, los seres humanos, aunque dotados para las emociones y en especial la compasión, parecen reacios a experimentarlas sin un estímulo. La concatenación sólo se produce mediante un influjo artificial, sea el climatizador de ánimo marca Penfield, que provoca impulsos tan divergentes y radicales como una profunda depresión o la euforia; el omnipresente programa televisivo del Amigable Buster; o la caja de empatía con su ritual seudoreligioso que permite asumir el rol de Wilbur Mercer, un insólito héroe mártir.

La impotencia afectiva no es exclusiva de los androides. De hecho, comparten la torpeza para responder adecuadamente al examen Voight-Kampff con los humanos esquizoides, en quienes disminuye la facultad empática, por lo cual existe siempre el peligro de que el mercenario devenga en asesino.

Esta deficiencia impide a los androides concebirse como una colectividad. La identidad permite la solidaridad y sustenta la supervivencia humana, parece apuntar el aristotélico Dick. En gran medida el fracaso de los androides rebeldes reside en su nulidad para reconocerse en otro, aunque sea un semejante. Egoístas recalcitrantes, parecen no intuir la relación intrínseca con sus pares, pues su elevada inteligencia es puramente intelectual y no sensible; para reducir esta singularidad, los nuevos modelos han sido dotados de memorias artificiales, otra de las constantes en la obra de Dick, que aquí sólo se insinúa. Merced a estas anomalías, los androides son asociados con los animales, incapaces de comprender que coexisten con otros órdenes de existencia; con los sicópatas, en quienes predomina el pensamiento abstracto y el autismo sentimental; con los seres especiales, cuyas facultades ha trastornado la radiación, como John Isidore, quien sin embargo posee una sensibilidad que le permite entender a los otros; y los cazarrecompensas, para quienes la compasión obstaculizaría su labor de “retiro”. Tres personajes representan esta curiosa profesión: Dave Holden, especie de decano; Rick Deckard y Phil Resch, un tipo cínico y despreciable, quien se desempeña con talante verdaderamente mercenario. El propio Rick llega a dudar de su humanidad.

LA GRAN CADENA DEL SER

Si el tema de la novela es la incapacidad de expresar los sentimientos y al identificarnos admitirnos como parte de una comunidad, el primer indicio de que se habita una sociedad alienada se nos ofrece cuando nos enteramos de que las emociones preferidas no son genuinas sino inducidas. El climatizador, capaz de estimular el ánimo que el usuario elija, es un acierto del paranoico Dick; además de mostrarnos cómo nuestros más íntimos y peculiares atributos, los recuerdos, pueden tener un origen poco natural —ser implantes—, las emociones obedecen a estímulos eléctricos. No preciso añadir que el artilugio se antoja una metáfora para la alteración mental que inducen las drogas.

La experiencia religiosa, por otra parte, se encuentra cercana a la realidad virtual. Los seres humanos emplean un artilugio, no casualmente llamado caja de empatía, para integrarse a un escenario en que ocurre una fábula primordial donde un anciano llamado Wilbur Mercer asciende una cuesta mientras lo persigue una turba de enigmáticos lapidarios que reciben el nombre de Asesinos. Finalmente cae derrotado en el mundo-muerte del que al cabo retorna proclamando su triunfo e inmortalidad. Gracias a este simulacro, que retoma elementos del mito de Osiris, el calvario crístico y el mito de Prometeo, los humanos acceden a una experiencia mística, confundiéndose con Mercer, compartiendo su pena y recibiendo sus dones. Si bien el uso de la caja es un evento individual, en tanto su empleo entabla una suerte de red, los usuarios comparten su catábasis: “El murmullo de los demás seres que participaban de la fusión rompió la impresión de soledad”, se nos dice.

“Los androides son asociados con los animales, incapaces de comprender que coexisten con otros órdenes de existencia; con los sicópatas, en quienes predomina el pensamiento abstracto y el autismo sentimental”

En una ocasión había pensado que la empatía estaba reservada a los herbívoros o a los omnívoros capaces de prescindir de la carne. En última instancia, la empatía borraba las fronteras entre el cazador y la víctima, el vencedor y el derrotado. Como en el caso de la fusión con Mercer, todos ascendían juntos y una vez terminado el ciclo, juntos caían en el abismo del mundo-tumba. Curiosamente, esto parecía una especie de seguro biológico, aunque no de doble filo. Si alguna criatura experimentaba alegría, la condición de todas las demás incluía un fragmento de alegría. Y si algún ser humano sufría, ningún otro podía eludir enteramente el dolor. De este modo, un animal gregario como el hombre podía adquirir un factor de supervivencia más elevado; un búho o una cobra sólo podían destruirse.

Hay un momento en que se nos dice que a través de la caja de empatía, John Isidore, el chofer “especial” —eufemismo para retardado— siente la cadena de otros seres. Si en el filme es muy acusada la manera en que los replicantes adoptan emociones humanas, como corrobora el memorable desenlace, cuando Roy Batty salva la vida de su verdugo, en la novela esta transformación se produce en Deckard, quien comienza sintiendo atracción física hacia Rachel, una androide, compadeciendo el destino de la desdichada Luba Luft, cantante de ópera, y lamentando su papel de ejecutor; al punto que Rachel le predice que será incapaz de continuar desempeñando esa labor.

La ausencia de empatía, que permite discernir entre androides y humanos instaurando una barrera que permite su ponderación como objetos y por ello excusa a los humanos de asesinato, no se erigirá más como una inmarcesible frontera ética: incluso el verdugo puede compadecerse de su víctima. Es por ello que además de admitir la latencia de un instinto criminal, Deckard decide sumarse al mercerismo. De este modo el reconocimiento de una sensación negativa se combina con la asunción de la necesidad de religamiento con los otros. Es una aceptación de que la salvación sólo se encuentra en la colectividad.

Se había preguntado, como casi todos en un momento u otro, por qué precisamente sólo se encontraba en la comunidad humana, en tanto que se podía hallar cierto grado de inteligencia en todas las especies, hasta en los arácnidos. Probablemente la facultad empática exigía un instinto de grupo sin cortapisas. A un organismo solitario, como una araña, de nada podía servirle. Incluso podía limitar su capacidad de supervivencia, al tomarla consciente del deseo de vivir de su presa. Y en ese caso, todos los animales de presa, incluso los mamíferos muy desarrollados, morirían de hambre.

Deckard intuye que la empatía es un atributo biológico. Los depredadores no pueden apreciarla pues de hacerlo perecerían. La carencia caracteriza a los cazadores solitarios, como la araña; por el contrario, la atribución distingue a los herbívoros y a las víctimas, quienes de ese modo pueden enfrentar a sus depredadores como conjunto unitario. Acaso por ello en la mente humana se prioriza el sacrificio primordial como pacto social fundador, como atestigua el neoculto de Mercer, quien recicla la fábula del chivo expiatorio. Aquí se abre otro cauce: la conciencia de la soledad. Junto a la capacidad para la empatía, el hombre se reconoce solitario. Aislados entre sí por la despoblación y la amenaza radiactiva, los humanos terrestres se enfrentan al deterioro eventual, la basugre, mientras lidian con un entorno hostil donde la mayoría de los animales ha desaparecido y los congéneres parecen poco interesados en entablar relaciones. De ahí que el recurso de una comunidad virtual se antoje la solución tanto para enfrentar a la latente amenaza de los androides como de la muerte afectiva de quien vive en soledad.

Asimismo se aborda la esencia del mal. Para Dick ésta se encuentra arraigada en el ciclo vital, tramado por la depredación. Los lanzadores de piedras son presentados como Asesinos porque en el universo de Dick esta cualidad es asociada con el mal y de hecho, para considerarse dentro de los límites, sólo se permite matar a quien asesina. La novela resulta una suerte de camino de iniciación. A pesar de que se descubre que Mercer es un anciano actor alcohólico y el suplicio, un episodio montado, Deckard comprenderá la necesidad de la fe. Y con ello accede a su humanidad pues si en el filme la peripecia nos conducía a la transformación de los replicantes en seres sensibles, en la novela esa metamorfosis es del cazador solitario.

Bienvenido a la humanidad, hermano Deckard. C

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