La Casa

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Encima del achaparrado librero están sus llaves, descansan cubiertas del oportunista polvo que se asienta aprovechando su ausencia. Los libros debajo, yacen deprimidos por no cumplir su función y sus personajes, inmóviles esperan que alguien más lea sus historias para poder vivir y retozar nuevamente.

El librero, al lado de una puerta de madera que aún se empeña en aparentar solidez aunque por dentro sienta que la putrefacción va subiendo por sus vetas milímetro a milímetro, constante, angustiante, imparable. La casa no es nueva, por el contrario, sus cientos de años se ven en pedazos de mampostería caídos y grietas que antes eran tratadas con amor pero que ahora se ensanchan por dolor. Los pisos de pasta pierden su brillo a cada minuto que pasa, se apagan en el olvido, los techos de vigas crujen como crujían las articulaciones de la última persona que los veía y contaba al dormir.

Un día, no pregunten cuál pues ya no hay nadie a quien le importe, una de las grandes puertas de la única ventana cedió con un estruendo y se entreabrió, esa misma noche unos jóvenes que se saltaban las clases del turno vespertino la patearon, la tiraron y el viento y la lluvia hasta ese momento impedidos, entraron creando pequeñas turbonadas de polvo haciéndose lodo para celebrar la victoria.

La casa, extrañaba entre sueños de juegos, risas, comidas y siestas que ya no se escuchaban, que ya no olían, que ya no se sentían. La casa había sido oasis de vida en una calle que se fue vaciando poco a poco, que se fue apagando de luz en luz, casas que se transformaron en oficinas burocráticas de rentas pagables solo por los gobiernos pero que nadie cuidaba pues sólo eran lugares de trabajo, esas casas murieron entre trabajos de tablaroca húmeda y mal hecha, entre plafones amarillos que tapaban las vigas, entre huecos nefastos en las paredes centenarias para poner aires acondicionados ruidosos y baratos que goteaban por toda la acera empedrada. La casa había sido la última y ahora estaba agonizante.

En algún momento se dieron cuenta del valor y con bombo y platillo anunciaron el rescate de fachadas, ahora la calle presenta colores que se descascaran una vez más pero que solo fueron fachada; mientras por dentro, las vigas del techo se dejaban vencer, que dieron su último crujido acogedor y se perdieron en el estruendo del desplome. Una tras otra salvo aquellas que aún eran queridas, que aún tenían familia, que aún eran visitadas aunque fueran bodega, oficina, o propiedad especulativa.

La casa, ahora con ventanas rotas y piso de pasta opaco, con paredes que dejan ver sus piedras de esqueleto y su sangre de argamasa, con llaves que ahí siguen bajo años de polvo y libros que fueron la delicia de una culta familia de ratones, de un achaparrado librero enmohecido y roto, de una puerta que aún muestra solidez pero que ya sólo falta que alguien le de un último toque para que se deshaga en putrefactas astillas.

La casa ahora solitaria, en una calle solitaria de fachadas coloridas siente gente pasar y añora, extraña, se ahoga en una perpetua oscuridad y silencio. La casa se deja ir, se despide al fin y lo que quedaba en pie, en una última exhalación sonora se vuelve escombro de piedras, yeso, madera y unas baldosas de pasta que en algún momento hicieron juego con tejas francesas de barro hace mucho saqueadas.

El hombre pasaba todos los días por esa casa derruida, pero de fachada impoluta, el barrio se había vuelto a llenar de cafés, bares, restaurantes, de tiendas de souvenirs y de hostales. El hombre quería poner un pequeño café y la casa era del tamaño adecuado, lo sabía porque a través de las rotas puertas de la ventana, el sol pasaba a través de un inexistente techo permitiéndole ver a pesar de la vegetación exuberante y vigas rotas los lienzos aún de pie de las paredes, un bello piso de pasta y un enorme arco que aún sostenía cristales de colores en su parte superior.

Esa casa había sido bella y ahora, sería un bello café de paredes de piedra y candiles de cristal, de mesas de madera y libros para intercambiar.
La casa despertó… nuevamente era querida.

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