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Mario Kempes, figura del Mundial que Argentina ganó como país anfitrión en 1978. Fuente: elgrafico.com.ar

A la memoria de Rodolfo Ambriz,

mi abuelo, delantero del Necaxa.

 

Aguardamos cuatro años para que se escuche el silbatazo con el que da inicio el primer partido de la Copa del Mundo, hurgamos en las páginas de la ficción y la reflexión. Somos testigos de cómo un deporte reúne lo mejor de un clan alrededor de un balón. Nacen los héroes y en la memoria colectiva quedan las hazañas de antología. Como registra Jorge Valdano, “el jugador sale a correr un riesgo, a dar un concierto sin partitura”.

Al pensar en la literatura y el futbol resulta pertinente notar que de manera gradual se han tejido entramados, similares a las cuerdas entrelazadas en la portería que vigila el guardameta. Cuentos, poemas, novelas, ensayos y crónicas magistrales se han escrito gambeteando con la pluma, lanzando jugadas ofensivas y buscando la oportunidad de anotar un gol. Eduardo Galeano observa que el juego de pelota “busca la belleza, la gran jugada en que un destino resplandece”.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que la poesía llenaba estadios y la mayoría de los asistentes eran jóvenes. El Mundial de Rusia 2018 hace recordar que Yevgueni
Yevtushenko, en la cima de su fama, leyó sus obras en estadios de futbol y otros foros repletos, incluso ante 200 mil personas —en 1991— que acudieron a escucharlo durante un fallido intento de golpe en Rusia. ¿Yevtushenko acaso fue una especie de Pelé de la poesía rusa en los años y momentos ríspidos?

El poeta español Héctor Negro explora en la génesis del grito:

Cuando la G se agolpa en la garganta

como miles de GES que se atropellan,

para buscar la O, irse con ella

y alargarla en el aire que se exalta.

Y se sueltan las dos, diseminadas,

detrás de otras iguales que estallaron.

Y disiparon peñones que rodaron

y van por las distancias asombradas.

Y la L final, como un tañido.

No pocos autores se han dejado seducir por el delirante zigzagueo de la palabra. Los escritores convocados son, como refiere Valdano, “de izquierdas” y comulgan con los diez mandamientos futboleros. Que nadie dude que son expertos en el achique, zona, barrido, presión, rombo, toque, orden, espectáculo, talento y, sobre todo, ambición para soñar. “El futbol —nuestro futbol— pertenece a la clase obrera y posee la amplitud, la nobleza y la generosidad de permitir que todo el mundo disfrute de él como espectáculo”, afirma César Luis Menotti.

“Si se trata de hablar de los infortunios, resulta inevitable no mencionar aquel día en que Brasil estaba listo para celebrar un campeonato del mundo que nunca llegó. Fue 1950, cuando Brasil perdió 2-1 frente a Uruguay.”

Entre el Necaxa y el Boca

Derrota de México ante Uruguay por 1-0. Sudáfrica 2008. Fuente: lperu.com/futbol/internacional

Durante el Mundial de Sudáfrica 2010, un par de delanteros, Juan Villoro y Martín Caparrós, decidieron escribir unas cartas sobre lo que sucedió en esa Copa del Mundo. En dicha correspondencia, Ida y vuelta (Seix Barral, México, 2012) recuerdan una vieja costumbre rusa de intercambiar camisas, como en su momento lo hicieron los escritores Andrei Biely —autor de San Petersburgo, novela que se ha comparado con el Ulises de James Joyce— y Aleksandr Blok.

Villoro y Caparrós van más allá del papel de comentaristas deportivos, bajo una mirada retrospectiva, siguen el hilo de una conversación que a ratos parece inagotable, pues logran estupendos pases en una cancha que dominan: el artículo de opinión. Son dos jugadores, un mexicano aficionado al Necaxa y un argentino que le va al Boca.

El argentino confiesa que se pasa la vida tratando de reflexionar y de entender el mundo, pero cuando toca el turno de ver futbol es otro asunto. Es como si la vida estuviera en otra parte, “todo mi esfuerzo, todas mis emociones dependen de que ese cuero inflado pase o no una raya pintada en el suelo”. Caparrós invita a que Villoro imagine un mundo sin futbol. Y en ese momento le lanza un pase al jugador mexicano, tras confeccionar un breve repaso de cómo el futbol logró driblar al cricket, rugby, remo, tenis y hockey. Porque el futbol es un deporte colectivo, con la fuerza de la tribu y la energía para proyectar triunfos y derrotas. “Después de muchos años en que el mundo me ha permitido experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”, señala Albert Camus.

Caparrós le pregunta a Villoro, al que llama cariñosamente “caro güey”, por el enemigo jurado del Necaxa.

La respuesta es triste: el gobernador de Aguascalientes. Como tantos políticos de este país, ofreció recursos del erario para que mi equipo se fuera a esa ciudad. Si Boca Juniors tuviera un dueño mexicano, se mudaría a la Patagonia.

Del Boca, la narradora Liliana Heker describe en el relato “La música de los domingos”, el clásico encuentro entre el Boca y el River. Heker explora en la memoria de un abuelo que se enfada cuando escucha una tonadita
que reza:

Tenemos un arquero

que es una maravilla

ataja los penales

sentado en una silla

si la silla se rompe

le damos chocolate

arriba Boca Junior

abajo River Plate.

Una narración de Luisa Valenzuela detalla que viajó a Brasil para asistir al esperado encuentro entre el Boca vs. Cruzeiro por la Copa Libertadores de América. Aunque la escritora se confiesa neófita en menesteres futbolísticos, logra un sustancioso relato con los elementos esenciales del balompié: fuerza, compañerismo y pasión. La mirada escrutadora, ajena a la ficción, le permite reflexionar:

He sabido que al argentino más que la realidad lo mueve la expresión de deseo, la ilusión de un triunfo por remoto que parezca. Todos somos campeones, de alguna manera, de alguna contienda, de alguna apuesta, en algún rincón de
nuestra almita.

Pero en esa ocasión, Boca no corrió con suerte, ganó el equipo carioca. En el aeropuerto los fanáticos argentinos se toparon con los héroes, y lo que estuvo a punto de concluir en una trifulca, derivó en un momento festivo:

El goleador —Nelsinho— sonríe al igual que Dios, por unos instantes reina la paz entre los hombres, la hinchada de Boca, disfrazada de Boca, toda oro y azul y sudor y alguna lágrima, es decir, hecha un asco, le arrebata al capitán de Cruzeiro la enorme copa de plata y sale danzando por los pasillos.

Es el baile de los resucitados más allá de la derrota.

Cuando México pierde frente a Uruguay, en el Mundial de Sudáfrica, y como consecuencia debe enfrentarse con Argentina, Villoro reflexiona: “En el país de Rulfo los muertos juegan mejor”.

“En 1978, el régimen militar argentino del general Videla organizó la Copa del Mundo, como si en esos años Argentina no padeciera las desapariciones forzadas.”

El sabor de la derrota

Si se trata de hablar de los infortunios, resulta inevitable no mencionar aquel día en que Brasil estaba listo para celebrar un campeonato del mundo que nunca llegó. Fue 1950, cuando Brasil perdió 2-1 frente a Uruguay, el conocido Maracanazo. Desde ese entonces, refiere Ángel Cappa en ¿Y el futbol dónde está? (Ficticia, México, 2004), “los brasileños empezaron a sentir el trauma del carácter de sus jugadores, reconocidos como brillantes futbolistas, pero cuyo valor para afrontar compromisos difíciles se ponía en duda”.

En Hijos del futbol, Galder Reguera (Lince, Barcelona, 2017), recupera una anécdota de un novelista español, cuyas mejores páginas se refieren a la infancia y adolescencia de sus personajes:

Ignacio Martínez de Pisón escribió que de niño se conformaba con ser suplente, porque se sabía mal jugador, pero ansiaba ser uno más en el rito que rodea al juego y a la fiesta de la victoria. “Pero por el bien de mi propio equipo, siempre confiaba en que no faltara ninguno de los que jugaban bien”.

El narrador mexicano le lanza un reproche a Caparrós: “A ti te gusta que Brasil se joda”. El traductor de Lichtenberg que debutó en la televisión como cronista deportivo en el Mundial de Alemania 2006, trae a cuentow una palabra de origen alemán, Schadenfreude, que define el deleite que causa la desgracia ajena.

Los mexicanos tenemos a Brasil como equipo sustituto. Siguiendo una imaginaria Ley del Mango, pensamos que ser verde es una forma de llegar al amarillo. Nos vemos como un pre-Brasil. Sabemos que no ganaremos (o no mucho) y apostamos en segundo término a la camiseta canaria. En un partido España-Brasil, el célebre Ángel Fernández dijo por televisión: “De un lado está la Madre Patria; del otro, la magia del futbol. ¡Tengo el corazón totalmente dividido! ¡95% a favor de Brasil, 5% a favor de España!”

Teniendo en mente la guerra de los aranceles que inició el gobierno de Trump, no son pocos los que coinciden con Villoro: “Nuestro sueño compensatorio es que Estados Unidos pierda. En tal caso, la Schadenfreude equivale a reconquistar Texas por unas horas.” Sin embargo, este año Estados Unidos no irá al Mundial de Rusia 2018. ¿Hay otro equipo por el que los aficionados en México podrían experimentar Schadenfreude?

Tarjeta roja

Mario Kempes, figura del Mundial que Argentina ganó como país anfitrión
en 1978. Fuente: elgrafico.com.ar

Hubo una época en que los intelectuales desdeñaban el futbol, le decían “el opio de los pueblos”, rememora Caparrós. En El rey Lear, Shakespeare lanza una tarjeta roja: “¡Tú, despreciable jugador de futbol!”. Para Umberto Eco lo reprochable no es el futbol sino sus seguidores: “No amo al hincha porque tiene una extraña característica: no entiende por qué tú no lo eres, e insiste en hablar contigo como si tú lo fueras”.

Durante el Mundial de Sudáfrica, el 19 de junio de 2010, falleció Carlos Monsiváis. Villoro relata que Monsiváis odiaba el futbol y que es célebre la anécdota cuando un reportero lo aborda para que comente sobre la crisis de los penales. A lo que el cronista reviró: “En los penales hay demasiado hacinamiento y eso provoca motines”. Asegura Villoro que durante un tiempo esa frase circuló en la radio como una especie de aforismo futbolístico que nadie comprendió pero que se consideraba una reflexión profunda.

A Monsi —añade— le divertía la posibilidad de confundir al enemigo. […] La influencia de Monsiváis en la cultura mexicana era como la de Cruyff. Estaba en todas partes de la cancha. Aunque lo vieras en un sitio, determinaba los demás lugares. Su última enseñanza fue pinchar la ilusión de que estábamos al margen discutiendo cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler o qué efecto tiene el balón Jabulani en la manos de un portero.

En 1978, el régimen militar argentino del general Videla, en lo que muchos han denominado el silencio cómplice de la FIFA, organizó la Copa del Mundo, como si en esos años Argentina no padeciera las desapariciones forzadas. Borges dijo de la manipulación del sentimiento nacional: “Déjense de pavadas. La patria no es el futbol, sino la milonga y el dulce de leche”.

El futbol sirve también para entender la identidad del mexicano: sus raíces, preferencias, pasiones, mentadas de madre y fobias. Varias de las actitudes que Octavio Paz retrata en El laberinto de la soledad están a la vista en los partidos. Anota Villoro en su intercambio epistolar:

Hace años, cuando Menotti llegó a entrenar a la selección, pidió que alguien le explicara la mentalidad del mexicano. Como Octavio Paz estaba muy ocupado, se contentó con Javier Aguirre, que entonces tenía 33 años y empezaba a perder fuerzas para patear contrarios. El Vasco siempre ha sido el más inteligente del grupo, el que entiende las debilidades psicológicas del vestidor. Fue el intérprete cultural del Flaco hasta que se pelearon.

Dos poetas en la cancha

Además de Juan Villoro, otros seguidores del Necaxa son José Woldenberg, Fernando Mejía Barquera y Antonio Deltoro. En días previos al Mundial de 2002 celebrado en Japón y en Corea del Sur tuve la oportunidad de entrevistar a Deltoro y a David Huerta sobre su afición al balompié. He aquí el resultado de ese singular encuentro.

Los poetas salieron a la cancha a dar todo por su equipo: mientras uno se colocaba la camiseta necaxista, el otro jugador se puso la del Atlante. Hoy son rivales, aunque en ellos prevalece la camaradería. Para Deltoro, “la amistad no es un club, ni un partido, ni una secta, ni incluso un techo común: es la simpatía más pura y sutil, es más una curiosidad misteriosa y cordial”, anota en Rumiantes y fieras (Era, México, 2017).

Por su sentido del humor y porque comparten el gusto por la poesía, ambos se definen como la “dupla perfecta”. Así como cada uno tiene a su equipo favorito, mantienen preferencias distintas relacionadas con la lírica: Huerta opta por Góngora y Quevedo, en tanto que Deltoro prefiere el verso libre al estilo de Borges y Machado.

No hay un árbitro. A ellos les habría gustado convocar a Arturo Brizio, Edgardo Codesal, Bonifacio Núñez o, en el terreno de las palabras, otro poeta para que juzgue a los de su estirpe, Rubén Bonifaz Nuño. Pese a la ausencia del silbante, los poetas se dejan seducir por la no menos delirante espiral de la palabra.

Comienza el primer tiempo, David Huerta toma la pelota y lo primero que hace es contar su fidelidad a los Potros de Hierro:

Soy atlantista aun antes de nacer. Mi padre, Efraín Huerta, fue toda su vida un ferviente y leal seguidor del equipo. Me heredó esa afición; no quiero decir que me la impuso: la asumí con gusto y diría que incluso con devoción. Curiosamente me tocó ver en Campeche, en tierra beisbolera, el triunfo de mi equipo, en 1993, que estuvo a las órdenes de Ricardo Antonio Lavolpe. Ese triunfo me llenó de júbilo, pero es una lástima que el equipo haya ido declinando. Sin embargo, yo sigo siendo azulgrana de corazón al igual que mis hermanas.

Toca el turno de Antonio Deltoro. Se queda con el esférico y apunta:

Soy necaxista desde que era niño. Una ocasión fui al cine y pasaron unos cortos donde el Toluca goleaba al Necaxa. La alevosía del equipo triunfador me molestó mucho y desde entonces se me quedó grabado en la memoria que el Necaxa era y es mejor que el Toluca. Al Necaxa le han sucedido cosas curiosas, desde que le cambiaron de nombre y le llamaron Atlético Español, luego lo compró Televisa y, no obstante, la esencia del equipo sigue intacta. En cuestión
de equipos uno debe tener fidelidad, no es posible estar cambiando. Aunque hay ocasiones que no sigo la liga con detenimiento, siempre le voy al Necaxa. El América es un equipo de la burguesía más ramplona y vulgar, es tan sospechoso irle al América como apoyar siempre al ganador o que siempre te guste una mujer guapa muy arquetípica. En cambio, irle al Necaxa es algo misterioso y raro. El Atlante es el equipo del pueblo, pero los Rayos nunca han estado tan definidos como los Potros. El Necaxa ha tenido malas y buenas rachas, también ha pasado por segunda división, y ha contado con partidos memorables como cuando le ganó, en una forma histórica, 4-3 al Santos de Brasil.

Ya lo dijo Eduardo Galeano, “en su vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo”.

Los evocaciones, la risa, la ironía, los versos de Rafael Alberti y Miguel Hernández, la generosidad de Alfredo Di Stefano —por aquello de Gracias, vieja— son citados en el césped; en la banca se quedaron la formalidad, los malos comentaristas deportivos de la televisión, el amateur que no sabe distinguir entre una buena jugada y otra, entre un verso afortunado y el que está fuera de lugar.

¿En la poesía también hay versos fuera de lugar? Apunta el necaxista: “Sí, porque cuando no se usan las palabras justas, precisas, se adelantan a la acción como sucede en el juego”.

“Fue Hugo Sánchez, cuando fue director técnico de la selección mexicana, quien dijo que el color verde se confundía con el verde del pasto.”

2 de febrero de 1961. El Necaxa que venció 4-3 al Santos de Brasil con Pelé. Foto: Especial

La alineación ideal

En este punto se les pide un ejercicio: ¿cuál sería para ustedes su alineación ideal? Huerta se enfila hacia la portería: “Sería utópica. Yo haría una alineación con jugadores a los que nunca vi en la cancha, sobre los que he oído hablar y he leído: en la portería… Ricardo Zamora”. “La Araña Negra”, interviene Deltoro. Huerta recupera el esférico:

No, a La Araña sí lo vi jugar. También estarían El Pirata Fuente, Horacio Casarín. Y bueno, para tomar en cuenta el talento de futbolistas de otros tiempos como Zinadine Zidane, Khan —que fue gran portero de Alemania—, a Rivaldo, Ronaldo, Roberto Carlos.

La formación que propone Deltoro está encabezada por Maradona, Garrincha, Pelé, Di Stefano, Puskas, Zinedine Zidane, Ronaldo y Johann Cruyff. Puntualiza: “Valderrama me gustaba mucho, pero como imagen de un jugador que no se mueve y que simplemente roza la pelota, con una delicadeza absoluta”. Se adueña de la bola y da un toque:

El futbol me atrae, entre otras cosas, porque no hay jugadores magníficos, porque no dan la imagen de atletas. Garrincha, por ejemplo, era zambo. Lo que distingue al futbol de otros deportes es que la misma distancia que hay entre el pie y el pasto, la hay para un alto que para un bajo, para un gordo que para un flaco. Por eso el futbol es universal, más por la poesía que exista en las jugadas, lo que importa es que se trata de un lenguaje universal: lo mismo lo habla un holandés, senegalés o un chino.

Arranca el segundo tiempo. David Huerta recuerda una narración de Fernando Marcos:

Era muy buen locutor, excelente cronista y, sobre todo, muy apasionado. Cuando México perdía por enésima vez, tengo muy presente lo que decía: “¿Por qué nos tiene que pasar esto?”. Y lo comentaba con un nudo en la garganta. Marcos fue entrenador de la selección y del América. Era muy conmovedor escucharlo.

Deltoro, por su parte, rescata el nombre del periodista que bautizó a la selección mexicana como los ratones verdes: “Manuel Seyde lo escribió en Excélsior. Y así se les quedó para los momentos de disgusto en que los vemos perder: espero que no sean muchos en este Mundial. No hay nada que a ningún pueblo le impida hacer buen futbol”.

Fue nada menos que Hugo Sánchez, cuando fue director técnico de la selección mexicana, quien dijo que el color verde se confundía con el verde del pasto; luego surgió la idea de que los jugadores contaran con un color de vestimenta alternativo, por eso se les recuerda con uniforme blanco, vino tinto y negro, como el que usaron durante la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010.

La pregunta está en el aire: ¿Brasil hace poesía cuando juega? Deltoro toma la delantera:

Nunca le he ido a Brasil porque no me gusta irle a los ganadores, aunque sí me agrada el futbol brasileño, me parece que es de lo mejor y precisamente es por el baile, esa cadencia que no se puede medir. Ese talento que, por cierto, Holanda también posee […] El juego es justamente donde está el ángel, la poesía. No es lo mismo hablar de un versificador que de un poeta. El futbol, como la inspiración, es imprevisible. Ahí también radica su belleza.

¿Quiénes han escrito poesía sobre futbol? Antonio Deltoro aprovecha una distracción del atlantista y arremete:

Rafael Alberti, Miguel Hernández y yo aparecemos antologados en una recopilación de textos relacionados con el futbol realizada por Juan José Reyes e Ignacio Trejo Fuentes: Hambre de gol [Cal y arena, 1998]. Pero debe de haber más poemas; lo que sí es cierto, el futbol ha tenido más acercamientos prosísticos que poéticos, pero éstos últimos han sido notables.

Remata Huerta: “Alberti le escribió una oda al portero de Hungría, Platko, que es un gran elogio al guardameta. Lo nombra ‘oso rubio de Hungría’ y le dice que nadie puede olvidarlo”.

Y, en verdad, como dice un título de Peter Handke, ¿se puede hablar de El miedo del portero al penalty? Continua David Huerta:

Un amigo portero, llanero, Diego García del Gállego, no está de acuerdo con eso. Dice que el portero no tiene nada que perder, que nadie le va a reclamar si le anotan o no el gol en
penalty. Y me parece muy lógico,
en todo caso, el miedo lo debe de sentir el delantero, el jugador que puede tirar un penal y fallarlo.

Del fantasma que ronda a la selección mexicana en los mundiales, Antonio Deltoro señala: “Es peor tirar un penalty que dar una conferencia de poesía”. En relación al papel del guardameta, observa:

En la vida normal lo fundamental son las manos y en el futbol ocurre a la inversa, lo importante son los pies. En este juego los pies ocupan el lugar de la mano, y el caso del portero ya es el colmo de lo inverso: la mano hace el papel de los pies.

Escribe Deltoro:

Nació la pelota con una piedra o

[con la vejiga hinchada de una

[presa abatida.

No la inventó un anciano, ni una

[mujer, ni un niño;

la inventó la tribu en la

[celebración, en el descanso,

[en el claro del bosque.

Contra el hacer, contra la dictadura

[de la mano,

yo canto al pie emancipado por el

[balón y el césped,

al pie que se despierta de su servil

[letargo,

a la pierna artesana que vestida de

[gala va de fiesta,

al corazón del pie, a su cabeza, a su

[vuelo aliado de Mercurio,

[…] Yo canto a los pies que

[fatigados de trabajar las sierras

[llegaron al llano e inventaron

[el futbol.

Con esos versos dedicados a la génesis del balompié logra una espléndida jugada. El poema convertido en gol, el gol hecho poesía. Porque como reconoce Pier Paolo Pasolini, hincha del Bolonia, el goleador es siempre el mejor poeta del año.

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