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Foto: Especial

Cuando Julio Scherer invitó a Jorge Ibargüengoitia a escribir un artículo semanal sobre cualquier cosa que le interesara, el escritor pensó que duraría como un mes. “Cuatro artículos —creía yo— bastaban para poner todo lo que yo tenía que decir.” En total escribió más de seiscientos artículos, donde quedó plasmado no sólo lo mucho que tenía que decir, sino una muy particular manera de ver las barbaridades que acontecían en el país, desde los que se llaman “grandes acontecimientos” hasta las minucias de la vida cotidiana de cualquier coyoacanense que se respete.

Así, desde 1969, Jorge Ibargüengoitia publicó en Excélsior y más tarde en Vuelta más de seiscientas columnas que abarcaban temas políticos como los discursos del presidente Echeverría (“No entendí nada”, decía su mamá cuando los escuchaba) o incluso el halconazo de 1971, sobre cuyos perpetradores físicos, por decirles de alguna manera, pues el autor intelectual despachaba en Los Pinos y no se le podía tocar, hace un análisis detallado para concluir que son tan perniciosos que no se les puede incorporar a ningún cuerpo de seguridad. “Al llegar a este punto del razonamiento […] se me ocurre que la solución más viable consiste en dotarlos de becas y mandarlos a estudiar arte, en una isla del Mar Egeo.” Con ese talante ácido y claridoso trataba los grandes problemas nacionales, por ejemplo la Conquista —los españoles, decía, “no sólo nos conquistaron, sino que, además, nos dejaron irreconocibles”—, o el sempiterno cáncer de la mordida, sobre la que afirmaba después de un sesudo análisis: “Hemos llegado a la tercera conclusión: la única solución de la mordida es cancelar las leyes y disolver las autoridades”. También trataba el tema clásico de la identidad del mexicano con frases, de tan contundentes, maravillosas y aterradoras. Por ejemplo, después de hablar de nuestro variado paisaje y sus encantos, matizaba: “Nomás que tiene defectos. El principal de ellos es estar poblado por mexicanos, muchos de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes. Ah, y muy habladores”. Claro que no siempre era tan crítico, pues en otra crónica afirmaba: “Pero lo que me interesa subrayar es la dignidad y compostura con que el mexicano mete la pata”. Así, con una flema envidiable, Ibargüengoitia hacía trizas nuestra buena educación y compostura: “Nuestra incapacidad para actuar en forma comunal se pone de manifiesto cuando cantamos”.

Hace poco me encontraba yo indagando sobre el golpe militar de 1973 en Chile. El Excélsior de aquel año estaba repleto de artículos explicativos, sesudos editoriales, dolorosas explicaciones y, de repente, en plena página editorial, aparecía una crónica de Jorge Ibargüengoitia sobre el pleito que había sostenido con una señora cuya hija extrajo de su compra una charola de apetitosos chamorritos para añadirlos a la bolsa de la madre. El texto desarrollaba una serie de combates pugilísticos imaginarios con la señora y sus posibles consecuencias en las que, alternadamente uno u otra perdían los dientes. Me quedé pensando en qué pensarían los lectores de aquella época de esas crónicas que no perdonaban a nadie. En tiempos del absolutismo priista debían de ser una liberación y en la del relativismo priista también lo son. Ibargüengoitia hablaba de todo, por ejemplo de la mujer. Decía: “Hojear un catálogo de bellezas pasadas de moda o de otra parte del mundo es, por lo general, tan estimulante como ver fotografías de presidentes municipales”; o “La gran mayoría de las mujeres no son consideradas objetos sexuales más que a ratos”. Y no se le escapaban ni la gastronomía ni la decoración de interiores. Sobre las lámparas horrendas que la gente hacía con cualquier botella, contaba del afán decorativo que llevó a un sargento a fabricar una lámpara con una granada de mortero y sus funestas consecuencias. Procedía a analizar todo lo que, de una u otra manera, funcionara mal, pues era ingeniero, y este análisis pormenorizado lo llevaba a unos absurdos geniales, como cuando al considerar el problema del tránsito y de los que instalaban en las bocinas de sus cláxones la canción mixteca, terminaba proponiendo que en vez de claxon era más práctico instalar una ametralladora. En otros temas era claridoso de tan certero, sobre todo en lo que se refería a la historia patria y la paradoja chestertoniana no lo abandonaba, como cuando, pensando en la guerrilla que secuestra al suegro del presidente piensa en El hombre que fue jueves. Las crónicas de Ibargüengoitia retratan el México de los años setenta sin piedad. Desde los títulos anuncian el sesgo de la mirada inmune a la cursilería, el patriotismo y la estupidez. Son títulos de enciclopedia juvenil o de novela policiaca: “Historia de las grandes fortunas”, “Misterios de la vida diaria”, “Homenaje al comercio”, “Vidas de gángsters”, y lo que les sigue es una suculenta, deliciosa carnicería.

Las entrevistas que le hacen a uno sobre Ibargüengoitia suelen comenzar con la pregunta de por qué hay que leerlo, como si pidieran al entrevistado argumentos para admirar al gran guanajuatense sin resquemores. Y quienes respondemos a las preguntas sobre Ibargüengoitia parecemos nutriólogos asegurando a los lectores que ese platillo delicioso no sólo no engorda, sino que realmente alimenta, o que ese jarabe que nos hace ver visiones es muy curativo. ¿Pero cómo me estoy divirtiendo tanto?, se pregunta uno a la mitad de la lectura, ¿no será que me haga mal, que me enferme o peor aún, me tilden de superficial? Esto sucede especialmente con las crónicas de Ibargüengoitia. Uno tiene que explicar al entrevistador que el gran escritor guanajuatense era colérico, cáustico, crítico y otro montón de esdrújulas para que no se vaya a pensar que si uno se encierra a leerlas no es sino por su gran interés sociológico y cultural. En realidad, leemos a Ibargüengoitia por la felicidad que nos proporciona su mala leche, que es inversamente proporcional a la depresión que este país tiende a provocar en sus habitantes, si lo consideramos con seriedad.

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