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Foto: Especial

Lo aseveraron con tanta pasión que casi estuve a punto de creerlo. Dijeron que es el nuevo punk y que es revolucionario, incluso afirmaron que libera a las mujeres para expresar su sexualidad por medio del baile. Y, por más que leí este tipo de afirmaciones, sigo pensando que el reguetón no es la revelación musical del milenio ni el nuevo género que nos acompañará para transitar por este mundo globalizado.

Tengo mis argumentos y ninguno pasa por el tamiz de la moralidad. Porque muchos han apuntado con indignación hirviente que las letras del reguetón son misóginas e inmorales, especialmente los rockeros. Y no puedo con esas tonterías. Como si no existieran letras misóginas en todos los géneros musicales del mundo. Además, pienso que no estamos en ningún curso dominical religioso. Si los reguetoneros y productores desean escribir sobre su poderío fálico me da exactamente igual. Incluso a veces me causa gracia.

No me interesa convertirme en el censor moralino, eso se lo dejo a otros. Pero eso no implica que no tenga mis evidencias para criticar la letrística reguetonera.

Por otro lado, llegué a leer textos feministas explicando que este ritmo es una forma de liberación femenina. Estos argumentos corren por el mismo camino de los moralistas, pero en sentido inverso. Las letras no son misóginas, en todo caso hablan de mujeres que han decidido liberarse y vivir su sexualidad intensamente.

Si las mujeres desean liberar sus ataduras corporales al ritmo de Wisin y Yandel, es un problema que no me atañe. Cada quien encuentra la forma personal para sentirse libre.

En otro sentido, quienes ensalzan al reguetón y lo comparan con el punk, confunden la penetración comercial con un rompimiento, no sólo musical, que se expandió sobre todas las disciplinas del arte y cuyas ondas todavía siguen resonando en la cultura occidental. No, que el reguetón se escuche en casi todo el mundo no lo convierte en un arte transgresor.

Hay dos razones para esto, el discurso y la actitud de los reguetoneros no es original, está calcada de hiphop norteamericano, algo que los mismos protagonistas del género reconocen. Esto me lleva a la segunda razón: a pesar de que al principio el discurso de algunos raperos como Daddy Yankee o Tego Calderón tenía algún tipo de conciencia social, el género nace en los ochentas de mano de personajes como El General, quien jamás deseó arrancar la careta de la sociedad capitalista, sino que fue un producto más de esta.

Claro, el punk también terminó adaptándose al sistema, pero sus primeras intenciones fueron muchísimo más anárquicas que las canciones de los primeros reguetoneros.

Desmontados los argumentos a favor del reguetón que de forma más repetida he leído en los últimos meses, sólo me queda el género sin filtros ni discursos extramusicales a su alrededor.

No creo que sea necesario colocar al reguetón frente a otros géneros para demostrar su limitada calidad. No, debemos partir del hecho de que nació en las calles de Panamá y Puerto Rico, específicamente para ser bailado. En este sentido, su nacimiento es similar al de un montón de música popular en el mundo.

La diferencia es que el reguetón que se escucha ahora no tiene ya nada de aquello que lo vio nacer. En muy poco tiempo, desde principios de los noventas hasta ahora, el género alcanzó su máximo pico y ha comenzado, lentamente, a desaparecer.

Lo anterior parece aventurado, considerando que se escucha en tres cuartas parte del mundo, pero cuando afirmo que está desapareciendo me refiero a que lo que ahora se escucha conserva del reguetón original un pequeñísimo fragmento.

El reguetón, ahora llamado “música urbana” con absoluta soberbia e ignorancia, se ha convertido en una mezcla de géneros según el éxito que se busque. No existe ritmo latinoamericano que no pueda mezclarse con el reguetón. Desde la cumbia hasta el mambo, desde el tango hasta la samba, la fusión se ha encaminado a mantener las grabaciones reguetoneras en las primeras listas de Spotify y similares.

Esta versatilidad no es porque el reguetón sea superior, sino porque el ritmo básico del género se ha desgastado en muy poco tiempo y su venta constante requirió expandirse para abarcar todas las áreas posibles del mercado.

Sucedió así porque los clichés del género y su propio autorreciclaje no permiten mayor exploración. Con tan poco tiempo de existencia, el reguetón tuvo que reciclarse hasta el desgaste total. A eso debe agregarse que sus temas musicales, su ritmo, sus estructuras armónicas y letras son en exceso sencillos. A diferencia de otros géneros, ha encontrado que sus propias herramientas no le permiten evolucionar. Incluso lo que lo distinguía, que era el flow de los raperos, se ha desvanecido para dar lugar a melodías simples, medio cantadas, medio habladas, hechas para que nadie en el bar o en la pista de baile tenga que esforzarse demasiado en cantarlas. El mejor ejemplo de esto es su figura más mediática: Maluma.

En este sentido, el discurso se ha perdido en aras de la comercialización. Lejos, pero no tanto, quedaron las formas de Tego Calderón o el primer Daddy Yankee. La identidad del género se desvaneció, pero no surgió nada nuevo en su lugar. En todo caso, un pastiche sobreproducido que descansa más sobre los detalles creados en el estudio que sobre la composición. Por supuesto, los reyes Midas siguen aquí: Daddy Yankee, Pitbull o Urba & Rome que todo lo que tocan se convierte en éxito, incluso las melodías más insulsas y desechables. Pero eso está en el ADN de esta música. El siguiente éxito debe matar al anterior porque en la pista de baile se exigen nuevas canciones cada semana.

Si algo se le puede admirar a esta industria es su capacidad para producir cada día una canción intercambiable. El dinero mueve a compositores y productores en una lucha constante por alcanzar el éxito efímero. Algo que sucede en toda la industria discográfica pero que se vuelve fundamental en el reguetón.

Desde esta perspectiva y atendiendo a los procesos que suelen vivir los géneros musicales populares, es probable que el reguetón comience, en poco tiempo, a desvanecerse. Tal vez en veinte años, los jóvenes que ahora se menean cada fin de semana en la pista de baile mientras cantan los repetitivos coros, puedan encontrar reconfortante un renacimiento de las canciones de este momento, pero dudo mucho que la nostalgia por ese ritmo pueda llegar más lejos. El género está condenado a buscar con desesperación el foco de atención, algo que no sucede con muchos otros estilos. Como es efímero, me parece poco probable que tenga una legión de fans que puedan sentirse transformados por las canciones de Chino y Nacho. Esta no es música que cambie al mundo: en todo caso, sólo lo distrae de la vida diaria. No puedo explicar por qué miles de jóvenes y adultos deciden cada fin de semana soportar por varias horas el mismo ritmo. Eso sí, puedo afirmar que el reguetón tal vez gana todas las batallas musicales cada fin de semana, pero creo que perderá la guerra.

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