La deshumanización del migrante

La condición del migrante hispano está criminalizada en el discurso de Trump desde la campaña presidencial de 2016. La retórica presidencial ha sido consistente en esa deshumanización de los latinos “indocumentados” o “ilegales”.

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Por muchas salvedades que se hagan, el sentido de la frase de Donald Trump en la Casa Blanca, en una reunión con los sheriffs de California, el pasado miércoles, se refiere a los migrantes que cruzan la frontera de Estados Unidos y no, específicamente, a los miembros de las pandillas de la Mara Salvatrucha. En todo caso, lo que Trump quiso decir es que los Maras forman parte de un grupo más amplio de migrantes que, por su violencia y su criminalidad, se comportan como animales.

La condición del migrante hispano está criminalizada en el discurso de Trump desde la campaña presidencial de 2016. La retórica presidencial ha sido consistente en esa deshumanización de los latinos “indocumentados” o “ilegales”, que son asumidos como extranjeros indeseados, incapaces de respetar las leyes de Estados Unidos. Migrantes que se perciben como “violadores, ladrones y asesinos” por provenir de naciones y razas “inferiores”.

La historia del racismo es elocuente en ese instinto de animalización del otro. Lo hicieron los colonizadores europeos cuando presentaban a los indios americanos como caníbales y bárbaros o como “buenos salvajes”. Los blancos americanos cuando hablaban de la “ferocidad” y la “lujuria” de los negros. Y los nazis y los fascistas cuando se referían a los judíos como “gusanos” o “cerdos”. La animalización forma parte del ABC del racismo.

 

La historia del racismo es elocuente en ese instinto de animalización del otro. Lo hicieron los colonizadores europeos cuando presentaban a los indios americanos como caníbales y bárbaros

 

Que un presidente de Estados Unidos no sólo recurra a ese lenguaje sino que defienda su derecho a hacerlo, aún refiriéndose a los miembros de pandillas criminales, tiene un efecto reproductor del racismo a una escala inimaginable. Todo el funcionariado del país, en materia de migración, por ejemplo, se siente autorizado para tratar como animales a ciudadanos en plenitud de sus derechos. El racismo, que mayormente es una práctica sometida al control de la moral y el derecho, se normaliza.

Hay algo peligrosamente temerario en esa actitud hobbesiana, resuelta a tentar el estado de naturaleza y a instalar la guerra de razas en la política nacional. Lo hemos visto en los últimos años, con las constantes noticias de maltratos raciales en la vida cotidiana de Estados Unidos. Desde un cliente que se queja porque los trabajadores de un negocio hablan español hasta las masivas deportaciones de centroamericanos y mexicanos, que el gobierno exhibe como una estadística virtuosa.

Manifestantes en EU contra medidas xenófobas de Donald Trump.

Un grafiti en el Harlem hispano, el viejo barrio puertorriqueño de Manhattan, presenta a Barack Obama como “Dic” (Deporter in Chief). Y es cierto, durante sus dos administraciones, Obama deportó a más de dos millones 700 mil migrantes. Pero hay una diferencia clara entre Obama y Trump y es que este último presenta las deportaciones como un éxito de su gobierno, lo que refuerza la xenofobia y el nacionalismo de su electorado conservador.

No basta con que el gobierno mexicano o los gobiernos centroamericanos reaccionen verbalmente contra las expresiones racistas de Trump. Es preciso desarrollar políticas dentro de las propias comunidades latinas de Estados Unidos, a través de los servicios consulares, para ofrecer protección jurídica contra el racismo, de acuerdo con las propias leyes de ese país.

Todo el funcionariado del país, en materia de migración, por ejemplo, se siente autorizado para tratar como animales a ciudadanos en plenitud de sus derechos. El racismo, que mayormente es una práctica sometida al control de la moral y el derecho, se normaliza

 

Hizo bien Chuck Schumer, el líder demócrata del Senado, en recordar a Trump que su abuelo alemán, Frederick Trump, llegó a los Estados Unidos, como un pobre inmigrante que no hablaba inglés, y que declaró en Castle Garden en Battery Park, en 1885, que no tenía empleo. El nieto de ese pobre alemán del siglo XIX, que fue tratado como una persona y no como un animal, es ahora presidente de los Estados Unidos.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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