La encrucijada del PRD

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Mauricio I. Ibarra


La aparición del Partido de la Revolución Democrática (PRD) hace 25 años está íntimamente ligada al reñido proceso electoral de 1988.

A partir de éste, tuvo lugar la unidad de diversos grupos que, a pesar de tener en común una cierta identificación con las causas de la izquierda, mantenían al mismo tiempo posturas divergentes respecto a cuestiones como la democracia, la legalidad y los procesos electorales. A fin de integrar la pluralidad de grupos que lo formaron, sus fundadores estuvieron de acuerdo en repartir las posiciones de poder entre las distintas fracciones. Este rasgo ha marcado desde su inicio la vida partidista. La fórmula para conservar su endeble unidad ha sido la de coaligarse en torno a un caudillo que ha sido el árbitro entre las diferentes fracciones: Cuauhtémoc Cárdenas durante los primeros 10 años de vida y Andrés Manuel López Obrador hasta julio de 2012.

Es indudable que la transición política del país, especialmente en lo relativo a la integración y el funcionamiento de las instituciones políticas y electorales que nos rigen, se explica por la participación del PRD. Dicha transición tuvo un mayor grado de dificultad debido a la falta de cohesión interna de la izquierda, pues lo acordado con la dirigencia frecuentemente fue desconocido por una o varias de sus tribus, obligando la intervención del caudillo. Esta situación, sin embargo, se ha modificado después de las elecciones de julio de 2012.

La segunda derrota consecutiva de la candidatura presidencial de López Obrador, así como su salida voluntaria para crear un nuevo partido, ha permitido mayor margen de maniobra al liderazgo de la corriente Nueva Izquierda (NI). Sin caudillo, NI estuvo dispuesta a participar con el gobierno recién electo en un esquema de negociación diseñado para concretar las urgentes reformas estructurales. Más aún, fueron los integrantes de esta corriente quienes dieron los primeros pasos para firmar el Pacto por México. La apertura de NI ha encontrado una oposición constante en especial de Izquierda Democrática Nacional (IDN), corriente con presencia en el Distrito Federal, caracterizada por sus prácticas patrimonialistas y clientelistas, así como por su apoyo a movimientos antigubernamentales como los del SME, la CNTE y los grupos anarquistas.

Debemos estar atentos a la próxima renovación de la dirigencia perredista. Por primera vez, desde su fundación, los militantes de este partido tienen la posibilidad de fortalecer una tendencia que ha mostrado una actitud tolerante a la diversidad de puntos de vista (propia de una sociedad plural), y que, sin rechazar a priori los mecanismos de mercado, reconoce la necesidad de corregirlos. Este proceso no se podrá llevar a cabo sin fisuras. El establecimiento del partido de López Obrador crea una salida natural a quienes han utilizado las siglas del PRD como una franquicia para ejercer prácticas ilegales y clientelares. Ojalá la mayoría perredista comprenda que la posibilidad de convertirse en opción de gobierno a nivel nacional pasa necesariamente por una negociación con los demás actores políticos.

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