La española Benita Gil García apunto de cumplir 100 años

A partir de mañana se convierte en Centeañera; envejece, sí, pero lo hace con dignidad e independencia

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Benita Gil mañana cumple 100 años. Foto: La Razón de España

Buen apetito en la mesa, templanza en la vida y sosiego en la mente para conciliar bien el sueño. Así de sencilla es la fórmula magistral de Benita Gil García para llegar a los 100 años.

Septiembre es el mes de la ancianidad en Japón y España encabeza junto al país nipón los índices de longevidad más altos. Benita vive en el pueblo abulense de Becedas, donde la mujer que es madre, abuela y bisabuela envejece de forma activa y saludable.

Envejece, sí, pero lo hace con dignidad e independencia. Con arrugas y canas, pero sin alzhéimer, diabetes, insuficiencia cardiaca u otras patologías asociadas al envejecimiento. Tampoco sus huesos presentan la fragilidad de un anciano y exhibe ante la cámara su flexibilidad alzando una pierna a la altura casi del hombro.

Hace años que no visita al médico. Su hija Isabel cuenta que “el invierno pasado, especialmente crudo en esta región, no sufrió ni un mínimo resfriado. Su único achaque, la tensión y una artrosis incipiente, aunque esto tampoco le preocupa mucho. No padece ningún dolor y se preocupa de estar siempre bien depilada y aseada. Prepara delicadamente sus cosas y todos los días hace su cama. Desde hace un tiempo, no perdona su cervecita sin alcohol al mediodía”.

Admirable, casi milagroso en un país donde el 20% de la población jubilada vive en condiciones deficientes. Por si fuera poco, Benita nos deleita con el Romance de la condesita: “Lloraba la condesita, no se puede consolar; acaban de ser casados y se tienen que apartar…” También recita otros poemas de Gabriel y Galán que aprendió de pequeña y guarda intactos en su memoria.

Becedas no aparece en lista alguna que mencione los lugares más longevos del mundo, pero son muchos los que van cumpliendo años con plenas facultades físicas y mentales y disfrutando de calidad de vida. Igual que en la región de Barbagia, en Cerdeña, donde una de cada 169 personas es centenaria, o la Isla de Okinawa, en Japón, uno de los puntos con mayor longevidad del mundo, se advierte en Becedas un sentimiento de comunidad que proporciona a sus mayores suficiente respaldo emocional.

Tomás, el cartero, murió recientemente con 104 años. Aun echan de menos sus paseos por el pueblo con la misma agilidad que cuando tenía 60.

El profesor de Stanford, Robert Pogue Harrison, denomina como juvenescentes a las personas que disfrutan de su longevidad y dice que “no serán viejos más tiempo, sino jóvenes durante más años”.

¿Cuál es el secreto para vivir más y mejor que la media de los habitantes de este planeta? Benita no necesita suplementos porque su dieta rica en legumbres, frutas, verduras, carne y pescado ya contiene de forma natural los antioxidantes, vitaminas y minerales, grasas saludables u omega 3 que su cuerpo necesita para seguir funcionando. Le gusta leer y apaga la tele para evitar que todo ese revoltijo de personajes e imágenes empañen sus anécdotas gentiles y recuerdos, unas veces desdichados, otras deliciosos. “Les podría contar todo tipo de chascarrillos”, bromea.

 “Creer en Dios me permitió perdonar a quien, por accidente, segó la vida de mi hijo cuando yo solo tenía 26 años y él 20 meses”

Una a una, nos muestra el inventario de sus cicatrices, las que ve en su rostro cada mañana al mirarse en el espejo. Sus palabras vienen a ser una réplica del pensamiento del escritor Paul Auster: “Rara vez piensas en ellas, pero cuando lo haces, entiendes que son marcas que deja la vida, que el surtido de líneas irregulares grabadas en la piel son letras del alfabeto secreto que narra la historia de quien eres, porque cada cicatriz es la huella de una herida curada y cada herida es el resultado de una inesperada colisión con el mundo”.

¿Qué espera usted para los próximos años, Benita? “Que no haya habitaciones grandes para niños mientras otros duermen en cartones“, responde con un tono compasivo mientras sus ojos grises se humedecen.

Educados para vivir más

Estudios del Instituto de Gerontología de Tokio concluyeron que los factores para la longevidad van desde la propia genética, la crianza, el desenvolvimiento social y el ejercicio físico, hasta el clima y la calidad de los servicios sanitarios.

El ejemplo de nuestra protagonista invita a reflexionar a los gobiernos y también a los ciudadanos. Habría que educar a la sociedad en una vida longeva. Ella es solo el primer indicio de la longevidad que se avecina.

¿Estamos listos para vivir más de 100 años? La ciencia no flaquea en su empeño. Está dispuesta a curar el envejecimiento, frenarlo y revertir el proceso de deterioro, aunque aún no se sabe de ningún ser humano que haya conseguido burlar la sentencia programada.

Envejecer es una imposición de la naturaleza por mucho que nos duela mirarnos al espejo y descubrir nuestra vitalidad menguada, el músculo caído, la piel frágil, torpeza física o la falta de esa libido que tantas alegrías le dio al cuerpo. De ahí el desafío, casi obsesivo, de médicos, biólogos y científicos de cualquier rama.

Los laboratorios estudian unos 200 compuestos geroprotectores que actuarán en el organismo antes de que se inicie su declive. Ya no suena descabellada la idea de reparar, casi de forma rutinaria, aquellas partes del cuerpo que van sufriendo el desgaste del tiempo mediante órganos de bioreemplazo a partir de nuestras propias células.

Las posibilidades de abolir el envejecimiento son muy amplias. El desafío es asombroso, pero polémico. ¿Puede nuestra sociedad permitirse una generación extensa que supera los cien años? ¿Los tratamientos que requieren serán accesibles para todos? ¿Será capaz nuestro cerebro de almacenar recuerdos de una vida de 100 años o más? ¿Nos hará esto mejores personas?

 Aubrey de Grey, un científico excéntrico, asegura que viviremos mil años: “Entre morir de cáncer y aburrirme durante siglos, prefiero lo segundo”, anunció.

Quizá debería conocer a Titono, ese personaje mortal de la mitología griega, de una belleza deslumbrante, a quien Zeus le concedió la inmortalidad, pero olvidó darle también juventud eterna. Cada vez más viejo, encogido y arrugado, acabó convirtiéndose en cigarra con un único deseo: Mori, mori, mori (morir).

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