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Foto: Especial

Más que autobiografía (1972), la del Búfalo Pardo se lee como una novela con suficiente material para una road movie. Zeta Acosta empieza a recordar cuando su mente hace plop!, abandona el trabajo como abogado en Oakland, y se monta en su fiel Plymouth verde para ir a buscarse en un viaje veloz y atrabancado. Una estampida. Mientras consume kilómetros, sustancias y gasolina por las carreteras, pierde la cordura en los tramos sinuosos de su vida desde que era un niño de El Paso, Texas, avecindado en Riverbank, California. Es 1967 y del radio brotan “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club  Band” y “Like a Rolling Stone”, pero son dos canciones blanquecinas las que le llenan el oído a lo largo de sus andanzas: “A Whiter Shade of Pale” de Procol Harum, que revela su estado de ánimo en blanco y negro, y “White Rabbit” de Jefferson Airplane, cuando le atora con singular alegría durante semanas enteras a las sustancias psicoactivas que sintetiza de manera impecable: “Electricidad y química. Microondas y microgramos para el coco”.

Mientras pisa el acelerador, el hijo de Manuel Mercado y Juana Fierro Acosta afirma que los dioses lo enviaron a buscarse de Riverbank a Panamá, a California, a Colorado y de vuelta a Ciudad Juárez y El Paso porque “seguía deseando averiguar quién cojones era realmente yo”. En eso fue lavaplatos, plomero, peón ferroviario, jugador de futbol, militar, músico de banda de jazz, misionero y predicador, matemático, abogado y activista, preso en Juárez, prófugo en Colorado y candidato a sheriff de Los Ángeles, pero siempre un Búfalo Pardo. Un personaje y escritor de intensidad, no de cantidad.

Fue también un Búfalo Pardo atormentado por carecer de origen y parecer un indígena gordo, feo y moreno. Fue un perseguido por su condición que oscilaba entre “mexicano”, “negro”, “samoano”, “grasiento” y “frijolero”. Como fuera padeció el racismo y la discriminación aquí, allá y acullá. “Que un hijo de puta me dijo que yo no era mexicano y otro que no era estadunidense. No tengo raíces en ninguna parte”. De ahí la ferocidad como activista y abogado decidido a detonar la revolución chicana.

Con problemas de salud por los excesos, acosado por su comecoco que se le aparece a cada paso, perseguido por sus problemas con las mujeres y el recuerdo de un intento de suicidio en Nueva Orleans, El Búfalo Pardo no detiene su estampida hasta llegar a Alpine, Colorado, y toparse con Hunter S. Thompson, más loco y paranoico que una cabra de montaña. Ninguno de los dos se percató de que nacía una amistad y sendos ciclos de vidas disparatadas en espiral. Había admiración mutua: “El tipo que vivía en aquella cámara de la muerte era un mecánico”, pensaba Zeta Acosta de Thompson, quien a su vez describió a El Búfalo Pardo como “uno de los prototipos de Dios jamás considerado para su producción masiva”. Juntos realizarían aquel viaje quirúrgico a las entrañas de Estados Unidos.

Para Acosta, California era “la tierra de los pochos”, los mexicanos que preferían el inglés y comportarse como gringos. Aunque desde niño peleó contra ellos (y los oakies) y escupió sobre la bandera gringa, tuvo que interpretar el inglés a su manera. Pero se llevó la deuda que adquirió con el escritor angelino José Antonio Villarreal y su novela Pocho (1959), una matriz de la literatura chicana. Pocho es la historia de Ricardo Rubio, el hijo de Juan Manuel y Consuelo Rubio, que nació y creció en Brawley, Santa Clara, California. Ambos autores tienen mucho en común, fueron hijos de inmigrantes, crecieron en condiciones de pobreza, estuvieron en el ejército gringo y fueron a la universidad. Los temas que tratan se tocan: la inmigración, el choque cultural, la discriminación, la búsqueda del origen, la modernización, su paso del mundo rural a uno urbano-industrial. Parece que Ricardo Rubio (1924-2010) y el Búfalo Pardo (1935…) fueron vecinos, quizá la diferencia es que una década más tarde El Búfalo Pardo atravesó la contracultura de los años sesenta, incluso convivió con Timothy Leary y los Grateful Dead en San Francisco. Villarreal se borró de la vida pública en las montañas californianas después de publicar The Fifth Horseman y Clemente Chacon. El Búfalo Pardo desapareció en Mazatlán en 1974, luego de afanarse en un barco cargado de navideath y personas indeseables.

“Yo siempre he sido un artista”, clamó El Búfalo Pardo en el filo de la locura. Lo cierto es que por intuición era un escritor modernista y naturalista que se sometió al tratamiento literario psicozoológico que desarrolló el guatemalteco Rafael Arévalo Martínez en El hombre que parecía un caballo y otros cuentos, y en La signatura de la Esfinge. Los personajes se asocian física y psicológicamente con algún animal, un equino, una leona. Sucede en la literatura de vampiros, licántropos y en la saga de Carlos Castaneda, Las enseñanzas de don Juan, donde pululan los nahuales. Al Búfalo Pardo también lo acompaña un personaje memorable llamado El Búho, más otros incidentales como gallinas, zorras, gorilas y cerdos. Por eso no extraña que su segundo libro se titule La revuelta del Pueblo Cucaracha (1973). Eligió al búfalo como su animal personal porque estaba grabado en las monedas de cinco centavos de su infancia, con esas monedas iba al cine, compraba palomitas, refresco y helado. A manera de tributo, el escritor Floyd Salas, delincuente y boxeador que corrió con la misma suerte chicana de Colorado a California, tituló su autobiografía así, Buffalo Nickel (1992).

Buscó por todas partes, pero no encontró las respuestas. Eso sí, tuvo una revelación durante su estancia en Ciudad Juárez en 1968, bajo los influjos del tequila, luces de colores y mujeres voluptuosas que bailaban a Country Joe and The Fish. “Lo que entiendo, después de todo este periplo, es que no soy mexicano ni estadunidense. No soy católico ni protestante, soy chicano por ascendencia y Búfalo Pardo por elección”. Una embestida de bisonte lisérgico.

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