• Tamaño de fuente: A  A  A  A  
Foto: Especial

Una fábula de lo monstruoso y lo bello con una gran carga erótica, lo que a simple vista es La forma del agua, de Guillermo del Toro. Lo cierto es que nos encontramos ante la mejor película del tapatío. Fiel a sus santos patrones de le redención, el cineasta consigue una historia que no sólo  parece un cuento de hadas visualmente hermoso, sino que también es redondo en su discurso cinematográfico, pues trasciende la fantasía con un trasfondo político-social con un estilo más maduro de nuestro gordo favorito y mágico.

Inspirada en El monstruo de la laguna negra, de 1954, la trama, ambientada durante la Guerra Fría, presenta a Elisa (Sally Hawkins), una empleada de limpieza muda que trabaja en el turno de noche en unos laboratorios secretos que son propiedad del Gobierno de Estados Unidos. Una noche llega una cápsula rellena de agua con algo en su interior y descubre a una criatura mitad humano mitad pez, quien vive encadenado y es víctima de brutales golpes de Strickland (Michael Shannon) encargado del proyecto. Conmovida por su incapacidad para comunicarse —al igual que ella — Elisa ve en aquel hombre acuático un reflejo de la soledad con la que vive (con todo y que mantiene  una amistad con su vecino homosexual y dibujante en el ocaso). Pronto entabla amistad con el hombre acuático, compartiendo la comida que ingresa clandestinamente, y su gusto por el jazz.

Más allá de la anécdota al clásico del 54, Del Toro juega con los arquetipos de lo feo y lo bello. Si en sus anteriores filmes humaniza al monstruo, en La forma del agua lo humano se halla en un ser hermoso y espeluznante a la vez, donde debajo de sus escamas aguamarina y dorado, Elisa encuentra la calidez y el refugio que el mundo exterior le negó.

En cambio, la monstruosidad la halla en los humanos: la crueldad ligada al ego y al machismo exacerbados de Stricklan, quien además resulta un acosador sexual; el racismo hacia su amiga Zelda (estupenda Octavia Spencer) por ser negra… Porque quién establece que sólo por ser humanos somos humanos.

En términos visuales la cinta es un deleite. La paleta de colores del realizador realza la nostalgia hacia el cine de los 40, y la escena en la que los dos seres marginales se fusionan tiene una carga enorme de erotismo con elegantes movimientos de cámara. La visión deltoriana rompe la barrera de la incomunicación y el mexicano le hace el amor al amor y al cine.

El agua toma la forma del recipiente que la contiene, dijo el autor en una entrevista el año pasado. El amor se encuentra en los ojos de quien mira y es claro que del Toro se aferra a ello para trascender en un mundo de violencia.