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La escritora veracruzana antes de su participación en Hay Festival, de 2017. (Foto: Especial)

La joven narradora Fernanda Melchor (Veracruz, México, 1982) sorprende con la publicación de la novela Temporada de huracanes (Editorial Random House, 2017) por la muestra de una infalible prosa galopante y la edificación de una glosario de cadencias que revela sórdidas realidades. La escritora emergente del año 2015 –de acuerdo a la crítica especializada– crea una atmósfera de acritud sostenida en una espiral desgarradora de inclemente violencia erótica en una red de sombría atadura con el poder. Folios en los que la iniquidad es una presencia. El habla de Melchor humedece de incierta predestinación las acciones y trances de un grupo de personajes implicados en un crimen.

“Muchas mujeres son ejecutadas y se dice que perdieron la vida por estar vestida de manera no correcta o porque estaban locas o llevaban una vida disipada. La gente inventa mitos para justificar asesinatos de mujeres. Por ahí va el hilo central de mi novela”

Fernanda Melchor
Escritora

 

El descubrimiento por unos infantes del cuerpo de la Bruja, curandera del pueblo, que flota en las aguas sucias de un conducto de riego cercano a una ranchería, desata dudas y desconfianzas que recaen en unos muchachos, a quienes han visto, días anteriores al crimen, huyendo de la casa de la víctima. “Quería abordar el asunto del feminicidio. Muchas mujeres son ejecutadas y se dice que perdieron la vida por estar vestida de manera no correcta o porque estaban locas o llevaban una vida disipada. La gente inventa mitos para justificar asesinatos de mujeres. Por ahí va el hilo central de mi novela”, comentó para La Razón, la autora de Falsa liebre (2013).

¿Relato polifónico en sentido rulfiano? Rulfo es una referencia presente en todo lo que he publicado. Pero, yo diría que en esta novela fue para mí determinante releer a José Agustín, sobre todo Se está haciendo tarde con ese narrador que se ‘mete’ en cada personaje. Mi relato es coral, sinuoso en el trabajo con las voces narrativas y con los entrecruzamientos temporales y espaciales.

Fernanda Melchor

Un grupo de niños descubre el cadáver. ¿Quiso usted explorar la relación simbólica entre infancia y muerte?

Quise empezar con una escena fuerte, dura para el lector. El contraste aquí es que, mientras los niños juegan (actividad inocente) encuentran el cadáver. Eso marca el fin de la inocencia. Lo hice por intuición narrativa. Me obsesionaba que fueran unos niños los que hallaran a la Bruja.

Prosa trazada en dibujos espirales que me recuerdan a Daniel Sada… No soy gran lectora de Sada. Me interesa en Sada esos efectos del ‘habla narrativa’ a través del ritmo. Mi novela tiene eso. Me interesa, más que todo, edificar una cadencia. Pero, todo eso lo he aprendido con Rulfo.

¿Temporada de Huracanes nace de una nota roja?

Surge de un crimen pasional que sucedió en Veracruz: un hombre asesina a su examante, que era la curandera del pueblo, convencido de que ésta le hacía brujería para que regresara a sus brazos.

¿Hasta qué punto la nota era fidedigna?

Me dio curiosidad saber los motivos reales del crimen. Me valgo de la ficción para exponer la ‘verdad’ de ese feminicidio.

Temporada de huracanes
Autor: Fernanda
Melchor
Género: Novela
Editorial: Random House, 2017

¿Recurrió usted a lo oral?

Oralidad trepidante: yo quería que los lectores se sintieran atrapados a través del deseo, la ternura, la rabia, la envidia, la humillación y el miedo. Generé una suerte de ‘centrifuga discursiva’, como si fuera un huracán de voces, de situaciones. Son muchos los gestos desesperados de la novela.

La novela ha sido muy celebrada por la crítica y muy bien acogida por los lectores. Este diario la incluyó en los mejores libros del año. ¿Qué significan para usted estos reconocimientos?

Más que todo es un reconocimiento a la narrativa mexicana escrita por jóvenes emergentes. Creo que hay buenos ejemplos de una propuesta novedosa en el panorama de la literatura mexicana contemporánea. Me da satisfacción que La Razón haya incluido en su rigurosa lista de los mejores libros de 2017 a Temporada de huracanes.

 

 TEMPORADA DE HURACANES

Fernanda Melchor

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Fragmento

II

Le decían la Bruja, igual que a su madre: la Bruja Chica cuando la vieja empezó el negocio de las curaciones y los maleficios, y la Bruja a secas cuando se quedó sola, allá por el año del deslave. Si acaso tuvo otro nombre, inscrito en un papel ajado por el paso del tiempo y los gusanos, oculto tal vez en uno de esos armarios que la vieja atiborraba de bolsas y trapos mugrientos y mechones de cabello arrancado y huesos y restos de comida, si alguna vez llegó a tener un nombre de pila y apellidos como el resto de la gente del pueblo fue algo que nadie supo nunca, ni siquiera las mujeres que visitaban la casa los viernes oyeron nunca que la llamara de otra manera. Era siempre tú, zonza, o tú, cabrona, o tú, pinche jija del diablo cuando quería que la Chica fuera a su lado, o que se callara, o simplemente para que se estuviera quieta debajo de la mesa y la dejara escuchar las quejas de las mujeres, los gimoteos con los que salpimentaban sus cuitas, achaques y desvelos, los sueños de parientes muertos, las broncas con aquellos aún vivos y el dinero, casi siempre era el dinero, pero también el marido, y las putas esas de la carretera, y que yo no sé por qué me abandonan justo cuando más ilusionada me siento, le lloraban, y todo para qué, gemían, mejor era morirse ya, de una vez, que nadie nunca sepa que existieron, y con la esquina del rebozo se limpiaban la cara que de todos modos se cubrían al salir de la cocina de la Bruja, porque no fuera a ser que luego dijeran, una nunca sabía, con lo chismosa que era la gente del pueblo, de que una iba con la Bruja porque se tramaba una venganza contra alguien, un maleficio contra la cusca que andaba sonsacando al marido, porque no faltaba la que inventaba falsos cuando una inocentemente lo que nomás andaba buscando era un remedio para el empacho deste pinche chamaco atascado que se zampó solito un kilo de papas, o un té que sirviera para espantarse el cansancio o una pomada para los desarreglos del vientre, pues, o nomás sentarse ahí un rato en la cocina a desahogar el pecho, liberar la pena, el dolor que aleteaba sin esperanza en sus gañotes. Porque la Bruja escuchaba, y la Bruja no se espantaba al parecer de nada, si hasta decían que había matado a su marido, ni más ni menos que el cabrón de Manolo Conde, y por dinero, el dinero y la casa y las tierras del viejo, un centenar de hectáreas de siembra y de ordeña que le dejó su padre, lo que quedaba después de haber ido vendiéndolo todo por cachos al líder del Sindicato del Ingenio para no tener que trabajar nunca, para vivir de sus rentas y dizque de los negocios que siempre se le malograban, y era tan grande aquel latifundio que cuando don Manolo murió todavía quedaba un buen trozo que daba una renta interesante, tan así que los hijos del viejo, dos chamacos ya grandes, con las carreras terminadas, que don Manolo tuvo con la que era su esposa legítima allá en Montiel Sosa, se dejaron caer al pueblo tan pronto supieron la noticia: un infarto fulminante, fue lo que les dijo el médico de Villa cuando los muchachos llegaron a la casa aquella en medio de los cañaverales donde estaban velando el cadáver, y ahí mismo en frente de todo el mundo le dijeron a la Bruja que tenía hasta el día siguiente para largarse de la casa y del pueblo, que estaba loca si creía que ellos permitirían que una furcia se quedara con los bienes de su padre: las tierras, la casa, aquella casa que después de tantos años aún seguía en obra negra, grandiosa y malhecha como eran los sueños de don Manolo, con su escalinata y su barandal de querubines de yeso y los techos altísimos en donde anidaban los murciélagos, y el dinero que según estaba escondido en algún lugar de esa casa, un chingo de centenarios que don Manolo heredó de su padre y que nunca metió al banco, y el diamante, el anillo de diamantes que nadie había visto nunca, ni siquiera los hijos, pero que decían que tenía una piedra tan grande que parecía falsa, una auténtica reliquia que había pertenecido a la abuela de don Manolo, la señora Chucita Villagarbosa de los Monteros de Conde, y que por derecho legal y hasta divino le correspondía a la madre de los muchachos, la esposa legítima de don Manolo ante Dios y ante los hombres, no a la suripanta advenediza rastrera y asesina de la tal Bruja, que se daba los grandes aires de señora pero no era más que una güila que don Manolo sacó de un bohío en la selva para tener con quién desahogar sus más bajos instintos en la soledad de la llanura. Una mala mujer a fin de cuentas, porque quién sabe cómo, tal vez aconsejada por el diablo pensaban algunos, se enteró que había unas yerbas que crecían en el cerro, casi en la punta, entre las viejas ruinas que según los del gobierno eran las tumbas de los antiguos, los que habitaron antes estas tierras, los que llegaron primero, antes incluso que los gachupines, que desde sus barcos vieron todo aquello y dijeron matanga, estas tierras son de nosotros y del reino de Castilla, y los antiguos, los pocos que quedaban, tuvieron que agarrar pa’ la sierra y lo perdieron todo, hasta las piedras de sus templos, que terminaron enterradas debajo del cerro cuando lo del huracán del setenta y ocho, cuando el deslave, la avalancha de lodo que sepultó a más de cien vecinos de La Matosa y a las ruinas esas donde se decía que crecían esas yerbas que la Bruja cocinó para convertirlas en un veneno que no tenía color ni sabor ni dejó rastro alguno porque hasta el médico de Villa dijo que don Manolo había muerto de un infarto, pero los hijos necios con que había sido un veneno, y la gente luego culpó también a la Bruja de la muerte de los hijos de don Manolo, pues el mismo día del entierro se los llevó pifas en la carretera, cuando iban de camino al cementerio de Villa, encabezando el cortejo…

 

 

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró

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