La geografía cerebral del self

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En su ambición ilimitada, las neurociencias buscan respuestas para problemas que han sido propiedad de filósofos, psicólogos, críticos literarios, incluso teólogos. Una búsqueda tan amplia no está exenta de cometer errores de principiante, aunque también se corre el riesgo, como diría Jean Pierre Changeaux, de realizar descubrimientos inesperados. En su libro The Lost Self, el neurólogo Todd Feinberg utiliza casos neuropsiquiátricos para incursionar en un campo enigmático: la investigación de eso que en inglés se llama el self, en alemán el selbst, y para lo cual no hay traducciones
satisfactorias al español: ¿el Yo? ¿el Sí mismo? ¿O simplemente el Sí?
Parafraseando a Paul Ricoeur, ¿cuál es el Sí de la reflexión acerca de Sí mismo?

En su artículo Where In The Brain Is The Self? Feinberg describe individuos sometidos a la prueba de Wada, mediante la cual es posible anestesiar primero un hemisferio cerebral, y luego el otro. En tales condiciones, el sujeto observa fotografías de su propia imagen o de otras personas, pero es incapaz de reconocerse cuando el hemisferio derecho duerme, lo cual apoya la hipótesis de una lateralización hemisférica en el procesamiento del self. El hemisferio derecho sería dominante para esta función. Pero al hacer afirmaciones semejantes, ¿no pisa el neurólogo un terreno quebradizo? ¿Podemos saltar desde el auto-reconocimiento visual hacia una neuropsicología de la identidad personal? Con su lucidez habitual, los psiquiatras británicos Ivana Marková y German Berrios han escrito que el self no es un objeto físico, como el corazón o los pulmones: si no se trata de una estructura visible, con peso y volumen, ¿cómo podemos atribuirle un lugar preciso en la anatomía cerebral? Haríamos mal en subestimar de un manotazo los atractivos planteamientos de Feinberg, pero es evidente que, sin una definición precisa y válida del self, las neurociencias cognitivas están en riesgo de reducir el problema a un mero fetiche. ¿Nos referimos al self trascendente de Carl Gustav Jung, o al self narrativo del psicoanálisis posmoderno? ¿Hablamos del Sí reflexivo de la filosofía hermenéutica, o bien del Sí planteado por la teología cristiana como un espacio de conversación íntima con la divinidad? Sin una definición conceptual, la investigación científica desemboca en un estado de confusión, en una torre de Babel neurofilosófica.

Una lectura antropológica enriquece la discusión: La intimidad como espectáculo (FCE, 2008) es un libro de Paula Sibila que estudia las transformaciones históricas de la subjetividad. La autora estudia una dimensión del self que evoluciona en función de los cambios culturales, arquitectónicos y tecnológicos de los siglos recientes: registra el proceso mediante el cual la noción de intimidad dio cimientos para construir un sentido privado de la identidad personal, en los entornos burgueses de los siglos XVII y XVIII. Pero la intimidad se ha transformado en un espacio para el espectáculo público. La trayectoria hacia la ciudadanización masiva de las redes digitales plantea escenarios inéditos en la formación de la individualidad. Paula Sibila parte de temas milenarios,
como la idea del “yo narrador y la vida como
relato”, o del “yo autor y el culto a la personalidad”, y desemboca en problemas actuales como “el show del yo”, “el yo visible y el eclipse de la interioridad”, o el “yo espectacular y la gestión de sí como una marca”. El riesgo de esta transición es que “las subjetividades pueden volverse un tipo más de mercancía, un producto de los más requeridos, como marcas que hay que poner en circulación, comprar y vender, descartar y recrear siguiendo los volátiles ritmos de las modas. Eso explicaría la fragilidad y la inestabilidad de ese yo visible, exteriorizado y alterdirigido; de ahí los peligros que también acechan a esas subjetividades construidas en la deslumbrante espectacularización de las vidrieras mediáticas.”

La elegante investigación de Paula Sibila nos muestra un self sujeto al modelamiento histórico y tecnológico, que parece difícil de ser capturado como un objeto mental estable en las redes neuroanatómicas. Las preocupaciones de Sibila se acercan, por otra parte, a los fascinantes planteamientos de otro ensayo reciente: me refiero a Retrato involuntario (Tusquets, 2014), de Marina Azahua, quien evoca escenas de personas que anhelan la invisibilidad como un estado ideal (seguramente mitificado) de la privacidad, pero son sometidos a la violencia de actos fotográficos involuntarios. Marina abre su itinerario (una suerte de contraexposición fotográfica) con el caso del escritor J. D. Salinger, quien buscó por todos los medios evadir la popularidad generada por sus obras clásicas, El guardián en el centeno y Franny y Zoey. Salinger escapó a los 34 años de edad hacia los bosques de New Hampshire, para nunca más volver a los escaparates sociales. Retrato involuntario hace un estudio cuidadoso de la cacería fotográfica a la cual se vio sometido mientras su aislamiento alcanzaba rangos míticos, y en los capítulos subsecuentes se detiene en la semiología y la historia de imágenes que capturan momentos de aislamiento interrumpido, de privacidad violada. Un lector escéptico podría creer que el ensayo utiliza tesis exageradas para añorar estados de soledad inalcanzables, pero el discurso es altamente persuasivo. El capítulo “Souvenir de un linchamiento” relata un linchamiento racial en Estados Unidos, contra una mujer negra “salvaje” y su hijo adolescente. Durante décadas, nos informa Marina, un hombre blanco que iba de paso por cualquier ciudad del sur de Estados Unidos, podía sacarse una foto posando junto a la persona linchada, “y después enviarla a su mamá en Alabama como correspondencia. Las fotografías de linchamientos rápidamente se convertían en postales para ser vendidas como recuerditos o souvenirs del evento”. Es inevitable pensar en las escalofriantes noticias actuales de violaciones masivas en América Latina, documentadas y compartidas por los criminales en las redes digitales, donde alcanzan repugnantes índices de popularidad.

Retrato involuntario plantea la incómoda articulación de la fotografía como ritual predatorio, y la imposibilidad de escapar (en escenarios particularmente siniestros) a la publicidad analizada en La intimidad como espectáculo. Ambos ensayos nos conducen por territorios reflexivos donde la imagen de sí, voluntaria o involuntaria, pierde su inocencia. Por una parte, resulta difícil asimilar en el esquema de las neurociencias la versión del self como un espacio interactivo para las narrativas de la identidad personal, con sus respectivas transformaciones históricas y su modulación tecnológica. Pero es más urgente reconocer las advertencias de estos ensayos. Según Paula Sibila, el modelamiento de la identidad personal está sometido a presiones de mercado capaces de formatear nuestra subjetividad. En el escenario más oscuro revelado por Marina Azahua, estas mismas presiones pueden arrancarle a un sujeto su propia imagen. La economía del deseo exige sus rituales de cosificación fetichista, y los anhelos de aislamiento privado no gozan de privilegios frente al hambre de los consumidores. ¿En qué parte del cerebro se encuentra el self?, se pregunta el neurólogo Todd Feinberg. Al parecer, la defensa
de la identidad personal como un espacio de
autonomía y libertad responsable es más urgente que su localización cerebral.

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