La ilusión viaja en metro todavía

Por Ana Clavel

(Ciudad de México, 1961)

Que la desmembren a una, que le corten la cabeza, que la pongan en una maleta y la abandonen en los andenes de una estación del Metro… pasa.
Pero que además le quiten el corazón condenándola a penar como alma sin rumbo, eso sí está de la chingada. Ni modo de preguntar a vivos y muertos: “Oiga, ¿no tiene por ahí un corazón que le sobre?”. Así comienza el peregrinar de una historia. Esta historia.

Llaménme Coyolxauhqui-reloaded desmembramiento; llámenme Mujer de Hojalata-descuajada por aquello otro del personaje del Mago de Oz al que partieron por la mitad y se le escapó el corazón; búrlense todo lo que quieran o compadézcanme. Da igual. Si eso pudiera ayudarme a recuperar lo que tenía. Condenada a vagar como alma en pena en esta ciudad, la más opaca y a veces, algunas veces, la más transparente del aire. Sé que de nada sirve lamentarse, salvo porque termina por dar sosiego. Una historia triste deja de serlo un poco si al menos puede ser contada, y termina por rescatarnos de la
desolación. Es como si Scherezada viviera en nuestra mente y para sobrevivir a la noche, nos alentara a contarnos una historia, nuestra historia: a acomodarla, recortarla, pegarla, ajustarla una y otra vez. El “Síndrome de Scherezada” le llamaba una de mis maestras de la universidad. Según ella, más que humanos por las palabras, somos humanos por nuestra necesidad de contarnos historias. Nuestra necesidad de encontrarle sentido al sinsentido de la vida a través de un relato.

(Sí, te contaremos una historia, tu cuento de tenga para que se entretenga. Cómo no, si en este reino somos más los muertos que los vivos. Mictlán a ras del suelo. Descorazonados unos por la metáfora y otros por la realidad. Haremos poesía del pedernal, adagios de la navaja, oda del cuchillo cebollero.)

Y todo por error. Cómo iba yo a saber lo que me deparaba esa mañana soleada y fría de diciembre. Cómo imaginar que el acto inusitado de generosidad de una viajera del metro derivaría en mi perdición. Mi total y completa perdición.

Que nos parecíamos no cabía duda: por eso debió de escogerme. No iguales pero a golpe de vista compartíamos lo esencial: color de cabello, complexión y estatura semejantes. Y las dos usábamos chamarra de mezclilla. Recuerdo que caminó por el vagón hasta pararse enfrente de mí. Me llamó la atención ese aire de inquietud con que iba buscando a uno y otro lado, como si se le hubiera perdido algo. Como todavía estábamos de vacaciones de invierno en la facultad, yo quería aprovechar para hacer unos trámites en Naucalpan, donde antes vivía, así que me dirigía al metro Toreo para de ahí tomar una pesera y seguir mi camino. A media mañana, el metro suele estar más tranquilo por lo que desde mi lugar en un extremo del vagón, avizoré sin dificultad a Priscila, aunque en aquel momento no supiera su nombre, o que así la llamaban quienes la andaban persiguiendo. Cuando se plantó frente a mí y me extendió su bolso rojo no pude hacer menos que sorprenderme.
Alcancé a oírle decir: “Te lo regalo. Está nuevo, acabo de comprarlo”, al tiempo que lo colocaba sobre mis piernas y se apresuraba a cruzar el umbral hacia el andén porque ya se activaba la señal del cierre de puertas y la miré perderse entre la gente que caminaba hacia la salida. No sé si reconocería su rostro si volviera a encontrármela. Como jirones de recuerdo, vuelven a aparecérseme su figura oscilante en el vagón, su mirada afiebrada, la chamarra de mezclilla con las mangas dobladas de tal modo que al tenderme el bolso rojo de charol me permitió ver un tatuaje en su antebrazo izquierdo con el mensaje “Soy tu peor pesadilla” en el interior de un corazón delineado en azul.

No pude reaccionar a tiempo: cuando me levanté para preguntarle por qué o al menos darle las gracias, ya las puertas se habían cerrado y no me quedó más remedio que mirar el bolso rojo como un regalo que no había pedido; extrañada, sí, pero también con una sonrisa por ese gesto imprevisto de generosidad que me puso de buen humor, contenta porque creí entender que la vida me mandaba un mensaje de buenaventura como galletita china de la suerte: “Hoy recibirá la recompensa a todos sus esfuerzos”. Así que tomé el bolso y me lo colgué del hombro al bajar en la siguiente estación. Pude meter ahí el libro que llevaba en la mano, con los papeles doblados para los trámites, descargar el contenido de los bolsillos de la chamarra: las monedas, la tarjeta del metro, las llaves de la casa. Pero ni siquiera se me ocurrió abrirlo. Me sentía feliz con ese amuleto de la fortuna tan cercano al golpe de mi corazón. Ignoraba que al salir del metro era para entonces yo la perseguida.

“¿Priscila?”, me dijo el hombre a mis espaldas. No caminaba nadie más en ese tramo de la calle, así que me volví curiosa. El hombre se me abalanzó como si me abrazara. Ante mi extrañamiento, con el abrazo me colocó una punta en el cuello. Dijo por lo bajo: “Si gritas, te lo clavo…”

Después todo fue vértigo y caída. Más jirones y trozos: una camioneta, el olor a creolina de la alfombra, un deshuesadero de autos, un caldero burbujeante hasta la asfixia. La confusión y retazos de piel y memoria desollada: atisbar el juego cruel de la suplantación, entender entre el aturdimiento y el horror que la vida no sólo no es muy seria en sus cosas, sino que la vida se divierte a nuestras costillas. El regalo de un bolso rojo de una desconocida en el metro como una señal para la muerte propiciatoria: un “mírenla, aquí les ofrezco su corderito expiatorio”.

No supe en qué momento surgió el cuchillo cebollero. Seguro para entonces ya estaba muerta. No sé cuánto tiempo me perdí en la inconsciencia.
Después desperté a punta de tropezones, contenida en un vientre oscuro que se movía de forma irregular. Después he visto los videos del hombre que me acarreaba en una maleta por las calles cercanas al metro San Antonio hasta abandonarme en un andén subterráneo. Después he leído los encabezados de los periódicos que anunciaron la noticia:

El crimen viaja en metro

Traslado del macabro maletero: el sujeto que abandonó el cuerpo decapitado de una mujer en la estación san antonio tuvo problemas en su recorrido; videovigilancia capta los pasos del hombre.

Después, con todo lo que he ido conociendo, todas las bromas postreras y todos los escarnios posibles, todo el humor de hollín negro que circula por estas calles defectuosas posterior a todas las tragedias siempre irresueltas, pero también esta ventaja de ser invisible y descarnada como sueño premonitorio, mejor me hubiera venido una incorrección bárbara pero no menos verdadera para describir mi estado. No un encabezado sino, para estar más a tono, un certero descabezado, una paradoja de galleta de la muerte, una contradicción muerde-la-cola, un oxímoron de agua y aceite, que hubiera hecho las delicias de mis maestros de análisis de textos literarios. Un tajo limpio y certero como epitafio imposible para una maleta abandonada en los andenes del inframundo:

“Pierde la vida y no muere”

Informamos a los lectores de El Cultural que este suplemento no aparecerá el próximo
sábado 31 de diciembre. Regresamos el 7 de enero próximo. Hasta entonces y feliz año nuevo.

Latest posts by Ana Clavel (see all)