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Marcel Schwob (1867-1905). Foto: Especiaal

Queda mucho por escribir aún sobre Marcel Schwob (1867-1905), el escritor francés que de manera más contundente ha influido en las letras hispanoamericanas modernas y contemporáneas. Lo más importante a los 150 años de su nacimiento, celebrados el pasado 23 de agosto: aún queda mucho por leer y releer de su obra, un corpus en apariencia ya muy conocido en español, pero en realidad no explorado por completo y que, acaso, habría de abordarse ahora sí en forma más exhaustiva, con mayor rigor y profundidad, pues han venido recuperándose piezas de su bibliografía menor, por llamarle de algún modo —sus traducciones y prólogos— y van saliendo a la luz tanto obras inéditas como estudios puntuales sobre su repertorio, aunados a ensayos, monografías, estudios e incluso escritos de corte biográfico sobre el escritor o su entorno.

Tan sólo en nuestra lengua debe consignarse un doble acontecimiento editorial actual sin la atención crítica oportuna y justa, tratándose, sobre todo, de un autor a tal grado magistral como Schwob: la compilación de sus obras narrativas mayores más un puñado de relatos breves no recogidos en libro, publicados bajo el título Cuentos completos por Páginas de Espuma a fines de 2015 y puestos en circulación internacional hasta el año pasado; y la salida simultánea a librerías bajo el sello de Alianza Editorial, en este 2017, del ineludible quinteto El libro de Monelle, Vidas imaginarias, Corazón doble, y El rey de la máscara de oro junto a La cruzada de los niños, cuatro tomos que hubieran tenido como primeros compradores y lectores en México a José Emilio Pacheco —traductor en su momento de varios de ellos— y a Carlos Monsiváis quienes, no obstante casi sabérselos de memoria, los cursaban en todas las versiones posibles a su alcance.

Marcel Schwob (1867-1905). Foto: Especiaal

La parte fundamental de la obra de Schwob está más disponible y vital que nunca. No voy a demorarme más en decirlo: todo lo que debe aprender un lector salvaje e impaciente por convertirse en escritor está en sus obras. No falta casi nada. Para empezar, con Schwob se ahonda la pasión por los libros y la historia como si se tratara de una experiencia vital dura, extrema, una suerte de vitalismo de gabinete. La bibliofilia se vuelve algo más que una proclividad, una afición o un vicio. Se transforma en una especie de tara, una dependencia anímica, física, corporal, hacia el conocimiento libresco, hacia toda forma de saber proveniente de la lectura en apariencia distante de los sucesos de la vida cotidiana. Convertirse en erudito imitando a Schwob es, en buena medida, un ejercicio de acción directa. Mientras se lee un libro de piratas, uno termina por convertirse en pirata.

 

“Con Schwob, La bibliofilia se vuelve algo más que una proclividad, una afición o un vicio. Se transforma en una especie de tara, una dependencia anímica, física, corporal, hacia el conocimiento libresco.”

 

También se aprende, pero cómo no, a convertir esa erudición libresca en impulso épico, vale decir, a vivir entre libros como si se estuviera emprendiendo una aventura; uno se enseña a transformar lo leído en materia prima para construir situaciones y caracteres, las matrices de cualquier relato; cómo cincelar a un personaje y dotarlo de biografía, vale decir, de profundidad histórica, sea ésta documentable o no; se aprende a detectar la singularidad e irrepetibilidad de un episodio o un agonista para extraer de ahí algo inclasificable. La obra de Schwob muestra cómo funciona el orden simbólico de la creación literaria o, en otras palabras, cómo la imaginación interviene la memoria social “real” —personajes validados históricamente, episodios de la historia canonizados y sancionados como irrefutables— y la transforma en ficción, un metarrelato tanto o más real, más vívido, que su referente. Aprende, de manera mucho más clara y refinada que en decenas de armatostes novelísticos malhechos y chambones de nuestros días, a componer palimpsestos; es decir, aprende el principio de intervención aplicado a la narrativa. Con Schwob, el escritor en ciernes se instruye también a trasplantar el ritmo de la oralidad a la narración escrita; tiene todo para aprender a componer piezas para ser leídas en voz alta, llegado el caso; se enseña a modelar un fraseo y una respiración de acuerdo con su pulso interior, su tempo personal. Educa su oído, su capacidad expresiva, y queda expuesto a una lección de estilo cuyo fin muy evidente es lograr la perfección en cada página. Quizá lo más valioso: aprende a escribir poesía con la prosa.

Un escritor latinoamericano

Como lo pudo constatar a fines del siglo XX Hugo Hiriart en una incursión por las librerías de viejo de París, al preguntar a los anticuarios por obras de Marcel Schwob el bibliófilo era identificado de inmediato como latinoamericano, más específicamente como mexicano. Así le sucedió a él en la librería de 9 Rue du Cardinal Lemoine, el local de Sylvain Goudemare, autor de Marcel Schwob ou les vies imaginaires (2000), prologuista de las Oeuvres schwobianas en la edición de bolsillo de la editorial Phébus (2002) y redactor de la introducción a Maua, relato inédito exhumado por las ediciones de La Table Ronde en 2009. Al preguntar por alguna edición antigua de Schwob, lo primero que le espetó Goudemare a nuestro curioso e infatigable polígrafo es si venía de México, pues algo sabía el librero de la enorme influencia de su compatriota entre nosotros, en América Latina, y sobre Jorge Luis Borges, a diferencia de Francia, donde era prácticamente un autor olvidado a quien él se empeñaba en rehabilitar dedicándole una biografía. Hugo le contó todo. Por ejemplo, de la experiencia inolvidable que era ver y oír a Juan José Arreola interpretar en voz alta algún cuento de Schwob en el original.

Entre la escrita por Goudemare y la primera biografía del autor de La cruzada de los niños, Marcel Schwob et son temps, de otro bibliófilo muy destacado, Pierre Champion, debieron transcurrir 73 años, pues ésta había sido editada por la casa Bernard Grasset en el lejano 1927. Es muy comprensible que, en una cultura literaria como la francesa, donde los autores más favorecidos por el canon gozan de una gran cantidad de aproximaciones biográficas y críticas, incluyendo ediciones integrales de sus correspondencias, diarios, escritos misceláneos y hasta álbumes especiales de fotografías, la figura y la obra de Schwob, carne de buquinistas, extraviadas para el mercado y el gusto masivo, hubieran quedado reservadas para muy pocos lectores, para devotos organizados en pequeñas sociedades secretas, como escribió Borges, o para los estudiosos del simbolismo y el decadentismo francés o los expertos en el fin de siècle parisino.

No me resisto a evocar el esclarecedor prólogo de José Emilio Pacheco a su edición y traducción de Vidas imaginarias y La cruzada de los niños en la colección “Sepan cuantos…” (Editorial Porrúa), de 1991:

Schwob fecundó de manera imprevisible la literatura de nuestros países […] La avidez intelectual y el don de sintetizar lo que en otras partes resulta inasimilable son la riqueza de nuestra pobreza. En este sentido Schwob parece un escritor latinoamericano. Casi olvidado en Francia, sigue presente hasta este fin de siglo entre nosotros y nutre dos tendencias ahora renovadas: la recreación de hechos históricos y el texto breve, a medio camino entre el cuento brevísimo y el poema en prosa.

De las entrañables semblanzas concebidas por Champion y Goudemare, sólo el empecinamiento del polígrafo belga Hubert Juin (1926-1987) salvó a Marcel Schwob del olvido total para los lectores franceses de la segunda mitad del siglo XX. Poeta, novelista y muy generoso ensayista, Juin fue un crítico erudito y sensible, dedicado sobre todo en los años 1970-1980 a impulsar la edición en libro de bolsillo de autores como Sâr Péladan, Remy de Gourmont, los hermanos Goncourt, Maurice Barrès y León Bloy, entre otros, en una serie dirigida por él para el editor Christian Bourgois —dentro de la colección 10-18. Allí aparecieron en tres volúmenes las obras más representativas de Schwob en 1979, con sendos prólogos del crítico.

Uno de los apuntes más interesantes de Juin en ellos es dar luz sobre el interés de Schwob por las variantes dialectales históricas del francés, en concreto por las lenguas marginales, como el habla de los Coquillards, un código entre ladrones y asesinos; el argot de los suburbios y las ciudades fortificadas de la Edad Media; o por las lenguas literarias aún en formación y no estandarizadas, como las empleadas con virtuosismo por François Villon, François Rabelais y Clément Marot. Schwob, se nos cuenta, fue un aventurero de la lengua y un traductor de una especie singular. Juin advierte que su método era historicista; o, si me permiten formularlo a mi manera, preterista: quiso dotar a sus traducciones de una pátina histórica mediante el uso de un léxico francés de la misma época que el léxico del texto de origen. Así tradujo Moll Flanders de Daniel Defoe y Hamlet de Shakespeare. Es lógico que de allí pasara a escribir Vidas imaginarias, ajusta el crítico.

 

“En El deseo de lo único. Teoría de la ficción, los españoles Cristián Crusat y Rocío Rosa presentan una serie de escritos de Schwob publicados originalmente entre 1889 y 1905 sobre la imaginación, el arte, la historia y la narrativa.”

 

En aquella obsesión por las lenguas en formación también había una búsqueda implacable de la exactitud y la pureza del lenguaje. Pero es muy distinta esa obsesión al fanatismo crítico de, digamos, un Karl Kraus. En Schwob tenemos al esteta empeñado no sólo en escribir bien, con absoluta destreza en el conocimiento de su materia verbal, dispuesto a extraer de ella los artefactos más depurados, sino en escribir con todo el preciosismo posible. Eso lo llevó a elegir para sus primeros textos, explica por su parte Juin, un vocabulario exotizante, argótico, arcaico, dejado atrás poco a poco al percatarse de que las antiguallas verbales resultarían ilegibles para sus contemporáneos.

San Marcel Crisoglota, el de la lengua de oro

Schwob fue un lingüista muy curioso, apasionado y lúcido. Es muy sabido que asistió a cursos de sánscrito, de fonética del indoeuropeo y tal vez de lingüística histórica con el suizo Ferdinand de Sau-ssure y con Michel Bréal en la École des Hautes Études en Sciences Sociales y en el Collège de France, entre 1887 y 1888. Bréal, considerado como uno de los padres fundadores de la moderna semántica en Francia, fue quien dirigió la primera publicación científica de Schwob, un reporte sobre las lenguas vivas en la
enseñanza primaria de su época; y fue conAuguste Bréal, hijo de su profesor, con quien Schwob realizó una de sus primeras traducciones notables, en este caso del latín al francés:
Los juegos de los griegos y los romanos, de Wilhelm Richter, obra publicada por el editor Émile Bouillon en 1891.

Desde 1889 el joven Marcel pasó a formar parte de la Sociedad de Lingüística parisina, ante la cual presentó una interesante comunicación sobre las lenguas artificiales, su primer gran ensayo personal sobre un tema decisivo para su formación como escritor, el Estudio sobre el argot francés, documentado y redactado junto a su amigo Georges Guiyesse, quien trágicamente se suicidaría el 12 de mayo de aquel año disparándose al corazón. Es muy posible que a raíz de esto Schwob decidiera abandonar una carrera universitaria promisoria para dedicarse únicamente al periodismo y la literatura.

No obstante su renuncia a la vida académica, el autor de La cruzada de los niños tuvo en ese breve periodo como filólogo una aproximación muy intensa a la historia social de Francia. En un volumen que nadie debe perderse, muchísimo menos los schwobianos —El deseo de lo único. Teoría de la ficción, aparecido bajo el sello Páginas de espuma en 2012—, los españoles Cristián Crusat y Rocío Rosa presentan una serie de escritos de Schwob publicados originalmente entre 1889 y 1905 sobre la imaginación, el arte, la historia y la narrativa. Varios ya habían sido traducidos a nuestra lengua al menos una o dos ocasiones, como “El terror y la piedad”, celebérrimo prólogo a Corazón doble, incluido también en Espicilegio, pero leídos en conjunto forman un mosaico ensayístico en efecto muy cercano al tipo de teorizaciones que habría de emprender un Paul Valéry decenios más tarde.

Uno de los rescates invaluables de esta antología, nunca presentado antes en español, es el fragmento de una obra mítica para los iniciados, extremadamente difícil de encontrar: Un Hollandais a Paris en 1891. Sensations de littérature et d’art, de W. G. C. Byvanck, mezcla de entrevistas, reportajes, crónicas y memorias literarias de Geertrudus Cornelis Willem Byvanck, bibliotecario y erudito escritor neerlandés, muy experto en temas caros a Schwob y quien, después de la incursión parisina que dio pie a su obra más conocida, sería nombrado director de la Biblioteca Nacional de La Haya en 1895.

El deseo de lo único contiene pasajes de una conversación entre Byvanck y Schwob como el siguiente, donde se plasma la profundidad y los alcances de la inteligencia del autor francés. Cuenta el bibliotecario holandés:

[Schwob] agitó frente a mí el fajo de papeles como si se tratara del cebo para… tiburones. Luego, dejó el sobre sobre la mesa, y —con una voz solemnemente cómica que mal disimulaba la satisfacción que sentía— me dijo:

“Son los documentos del proceso contra los Coquillards, una banda de malhechores que fue juzgada en Dijon a mediados del siglo XV: interrogatorios, confesiones, delaciones y, además, dese cuenta, una lista de palabras de su jerga, redactada a partir del testimonio de un miembro de la asociación. ¡Qué tesoro!, ¿verdad? Con la ayuda de estos documentos y de otros datos que he recogido en los Archivos Nacionales voy a poder hacerme de una idea precisa de la manera de vivir de las clases peligrosas en el momento en que se estableció en Francia un poder central, a la hora exacta en que acababa de nacer el estado político y social de los tiempos modernos. En esos bajos fondos se encontraba gente de todos los órdenes sociales. Soldados sin medios de existencia confesables (toda vez que la gran guerra de los Cien Años tocaba a su fin), nobles, granjeros, obreros arruinados por la espantosa miseria que tantos estragos causaba, jóvenes que habían cometido un crimen en un momento de locura, clérigos que habían colgado sus hábitos y estudiantes huidos de la escuela. Todo esto lo hallamos en estas clases inferiores. Y es una imagen en miniatura de la sociedad; una nueva sociedad, en verdad, pero que extiende sus ramificaciones por todos los lugares de los que es desterrada, pues los sabe penetrar gracias a sus comediantes, sus artistas, sus mancebas y sus timadores de categoría”.

Al acercarse íntimamente al habla del hampa medieval, el lingüista se transfiguró en un indomable creador de mundos, desarrolló un imaginario hipersensible a las excentricidades y perversiones y encontró su mejor método, proporcionarles biografías ficticias pero muy verosímiles a personajes documentados en registros históricos. En ese momento apareció en la literatura francesa, como una epifanía, el narrador chrysoglotte —diría Agnès Lhermitte, usando el neologismo del propio Schwob para evocar a San Juan Crisóstomo—: San Marcel Crisoglota, el hombre de la lengua de oro.

 

Juan José Arreola y Jorge Luis Borges en México. Diciembre de 1973. Foto: Especial

Alfonsinos, borgesianos y bolañistas

 

Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
“Consejos sobre
el arte de escribir cuentos”
Roberto Bolaño

 

A no pocos lectores contemporáneos les resultará familiar el octavo inciso del socarrón dodecálogo de Roberto Bolaño inscrito aquí arriba. El sentido real de la sugerencia de Bolaño es que al leer Vidas imaginarias o El libro de Monelle, uno no puede dejar de leer, ya con ese antecedente, a todos los miembros de una familia literaria que se ensanchó y dejó un número no sólo amplio sino muy destacado de legatarios. La impronta dejada por Schwob en las letras hispánicas a lo largo del siglo XX es soberbia, por supuesto. Toca en las entrañas a escritores considerables por sí solos un continente literario, como Arreola, Borges y Reyes; está muy presente en las cada vez menos frecuentadas obras de Julio Torri, Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Francisco Monterde y Martín Luis Guzmán; alcanza a magistrales autores excluidos del gran mercado como Julio Rodolfo Wilcock; le resulta esencial a la obra del propio Roberto Bolaño, por supuesto, sobre todo en La literatura nazi en América. Escritores mexicanos más recientes, como Álvaro Uribe, Javier García-Galiano, Pablo Soler Frost y Álvaro Enrigue no desestimarán un parentesco cercano con Schwob. En España, además de en los textos del mencionado Cristian Crusat, en la obra de Enrique Vila-Matas también puede percibirse un trato prolongado con la obra del escritor simbolista.

 

“Tengo para mí que quien ha recobrado de mejor manera la figura de Marcel Schwob como personaje apto para una biografía imaginaria es la narradora suiza en lengua italiana Fleur Jaeggy, autora de Vidas conjeturales.”

 

En francés, la genealogía schwobiana, a pesar de haber quedado trunca desde la segunda posguerra mundial hasta bien entrados los años 1980, llega a nuestros días con especial garra. Hoy somos capaces de leer a ciertos descendientes históricos del Crisoglota con otros ojos e identificamos a prosistas recientes como indudables familiares suyos; desde ciertos libros de André Gide como Hojas de otoño, pasando por varios de los mejores libros de relatos de Pierre MacOrlan —sobre todo las Chroniques des jours désespérés, de 1927— hasta escritores muy celebrados y hoy representativos en Francia, como Pierre Michon, con sus Vidas minúsculas, de 1996, y Michel Schneider, autor de Muertes imaginarias, de 2005.

Tengo para mí que quien ha recobrado de mejor manera la figura de Marcel Schwob como personaje apto para una biografía imaginaria, y ya no sólo como el dueño de una inagotable matriz de influencias, es la narradora suiza en lengua italiana Fleur Jaeggy, autora de un tríptico fascinante reunido bajo el título Vidas conjeturales (Alpha Decay, 2013), con semblanzas ficcionalizadas —no puede frasearse de otro modo— de Thomas de Quincey, John Keats y Schwob. Traductora de las Vidas imaginarias al italiano, Jaeggy es una narradora dotadísima en el espacio corto y sus tres historias de vida lo demuestran con creces. Su aproximación hace mucho énfasis en el conflicto inevitable que significó para nuestro escritor haber llevado una existencia escindida entre una pasión libresca totalitaria y un espíritu de aventura que bien poco pudo echar al vuelo. Ante la mirada piadosa de Jaeggy, el prematuro anciano Mayer André Marcel Schwob encamina sus pasos por el sendero de la morfina, entregándose a los infinitos meandros de su inteligencia literaria y su poderosa imaginación; agoniza como un viajero frustrado, un hombre de acción sedentario, condenado por un padecimiento incurable a permanecer aislado durante sus últimos días y a morir en absoluta soledad.

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