La industria de la violencia y el crimen

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Febril y acatarrado, víctima de una inclemente resfrío de estornudos seriados y dolores entre pecho y espalda, el escorpión yacía al fondo de su resquicio en lo alto del muro en la pared cuando fue asaltado por el delirio. Y deliró sobre un país donde la industria de la violencia y el crimen eran boyantes.
Donde los medios de comunicación se disputaban la transmisión de la balacera más sangrienta mientras los niños soñaban con ser narcotraficantes y las niñas con ser novias de los narcos. Un país donde las novelas sobre la violencia y el crimen se vendían como bolillos recién horneados y la música del narcotráfico invadía el espacio sonoro con sus historias de camionetas blindadas, avionetas, armas recubiertas de pedrería y muchachas rubicundas en ropa mínima.

Entre las toses y la neblina del vaporizador de eucalipto, el arácnido barruntó a los antihéroes de ese país: hombres arrogantes, inestables y de ignorancia supina, pero armados hasta el cogote con instrumentos sofisticados de muerte y destrucción comprados a precio de baratillo en la frontera del territorio. Traficantes, sicarios, torturadores, verdugos a quienes el país protagonista de este delirio sólo les ofrecía el camino rápido del crimen, el dinero efímero y la muerte joven, merecida; además, claro está, de fama, admiración inicua, entrevistas, programas de televisión, series de acción y hasta películas donde esparcir su visión criminal y “empresarial”
del mundo.

Entre los picos de la fiebre, el venenoso vislumbró a la violencia y el crimen como inherentes al hombre. Desde el primer día de su conciencia hasta el sol de hoy, violencia y crimen siempre han acompañado al hombre. En Grecia y Roma, en la Edad Media, en tiempos prehispánicos, en conquistas y colonialismos, durante las guerras independentistas y mundiales, en el asesinato masivo e industrioso de la solución final, las explosiones nucleares y los terrorismos políticos o religiosos de hoy.

Pero en el país de su alucinación, la industria de la violencia y el crimen florecía y boyaba acaso por la enorme cantidad de personas viviendo alrededor del fenómeno. Desde músicos hasta escritores y periodistas. Desde políticos hasta empresarios y policías. ¿Un reflejo de la banalidad del mal, como escribió Arendt?, se preguntó el rastrero antes de controlar la fiebre, asimilar su resfrío y volver a la realidad tras la delirante visita a la nada última detrás de tanta barbarie.

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