La Invención Silenciosa

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A mediados del siglo xix, un muchacho intentaba subir a un tren en marcha, pero quedó colgado del estribo. Un empleado del tren, alarmado, sujetó al joven por las orejas y lo subió. Salvó su vida, pero provocó un traumatismo del oído y un estado permanente de sordera. Este individuo sordo fue el primer inventor capaz de “hacer que una máquina hablara”. Inventó el fonógrafo y abrió el camino al cinematógrafo, aunque se le conoce mejor como el mago de Menlo Park, inventor de la bombilla.

Hay versiones diferentes acerca de la sordera de Thomas Alva Edison. Algunos expertos piensan que el evento del tren es una leyenda, y afirman que padeció fiebre escarlatina durante su infancia, así como infecciones recurrentes del oído medio, las cuales habrían provocado sordera progresiva. Se le ofreció cirugía para corregir el defecto, durante la vida adulta, pero rechazó la oferta, ya que la recuperación del oído podría alterar sus procesos de pensamiento enfocados exclusivamente en la invención. Pero es imposible saber si esto es un hecho clínico o un capítulo más de una leyenda interminable. En su Libro de los sucesos, Isaac Asimov ofrece un apunte íntimo, según el cual “Thomas Alva Edison enseñó el código Morse a su futura esposa mientras la cortejaba. Cuando ella pudo enviar y recibir mensajes, Edison le propuso matrimonio mediante golpecitos en la mano. Ella le respondió en la misma forma. Una vez casados, se hablaban frecuentemente en clave Morse. Al asistir a una obra de teatro, la señora de Edison mantenía su mano sobre la rodilla de su esposo y le telegrafiaba las palabras del actor.”

La historia clínica del mago de Menlo Park es uno de los casos más espectaculares en el capítulo médico de la discapacidad sensorial. La paradoja de un hombre sordo que revoluciona la experiencia auditiva de toda la sociedad humana, a través del fonógrafo, pone en escena la relatividad de nuestros prejuicios en torno a la discapacidad. Pero hay casos menos célebres, más cercanos a la geografía cotidiana. Suceden aquí y allá, en el norte de nuestro país, en las últimas déca-
das del siglo xx. Mientras escribo este apunte busco en mi biblioteca un libro escondido entre otros más voluminosos: se
trata de un ejemplar delgado, con la fotografía de un vaquero a contraluz:
es la silueta de un hombre maduro, resistente a los efectos de la vejez, con la piel arrugada, seca, dura. Un sombrero, un cigarro, una sábana crepuscular que tapa la ventana de una casa: así luce el perfil existencial de este sujeto que espera con fuerza y serenidad la lectura del libro. Se trata de Un vaquero que cruza la frontera en silencio, un libro de difícil clasificación escrito por Diego Osorno y editado por el Consejo Nacional para la Prevención de la Discriminación. En las primeras páginas descubro la historia de una familia de Monterrey, dedicada a un negocio casero de alimentos, que no resiste la crisis económica mexicana de los años 1980 y queda expuesta a la avaricia inmisericorde de los banqueros. Las primeras páginas del libro están escritas en primera persona por Diego Osorno, en una extraña clave estilística: “La cocina de Casa es la cocina del barrio. Pero Casa es también otra cosa que nada tiene que ver con las paredes y los techos entre los que transcurrió mi infancia y adolescencia. Entonces, la palabra Casa remite a problema. Casa significa incertidumbre, banco, riesgo, mal, desempleo, pelea y, sobre todo, una extraña y muy agresiva palabra: Hipoteca. Hipoteca es la palabra que nadie quiere oír, decir, en Casa.” Providencialmente, cuando el banco está a punto de engullir el negocio familiar, un paquete de ayuda financiera viaja de Texas a Monterrey para rescatar a la familia. ¿Quién pudo enviar tanto dinero? Lo hizo un familiar discapacitado, Gerónimo González Garza, quien abandonó México algunas décadas antes, porque es sordomudo y la discriminación en México le canceló cualquier oportunidad de crecimiento laboral, a pesar de su inteligencia y la fuerza de sus instintos. La ironía elegante de un discapacitado que rescata a su familia de la crisis que estremece a una nación es, en resumen, el tono moral del libro: esta melodía o armonía reconoce dos facetas sobrepuestas: por una parte, un discapacitado puede rescatar a una familia mexicana muy capaz. Pero esta incapacidad de la familia para resolver sus deudas no es una consecuencia de la pereza o alguna falla técnica, o moral: resulta de un sistema económico transnacional, basado en la especulación financiera con gradientes flagrantes: este es el caso, ciertamente, de la frontera entre México y Estados Unidos, esa membrana que los coyotes y otras bestias desconocen pero que ejerce extraordinarios efectos de fuerza sobre las vidas humanas. Como las membranas biológicas, la línea imaginaria entre México y Estados Unidos es una barrera semipermeable. La genialidad cruel de la barrera radica en su conveniencia estratégica. Gerónimo González Garza, emigrante de México, inmigrante de Estados Unidos, encuentra los orificios de la barrera; por allí lanza una corriente numérica que derrota a la hipoteca de los banqueros, y salva a la familia de la ruina.

La historia de Gerónimo González
Garza, escrita con imaginación formal y audacia estilística, es la de un migrante discapacitado que descubre, como Thomas Alva Edison, las claves de la invención, aunque no se trata en este caso de una invención tecnológica sino social: la ampliación de un espacio humano donde el lenguaje de señas, esa escritura de
signos en el aire, puede unir a través de la frontera aquellos fragmentos de vida separados por vastos imperios de especulación financiera.

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